Cómo la economía del comportamiento analiza la obligación de usar mascarillas

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Bloomberg — Justo cuando creíamos estábamos del otro lado, los casos de covid están incrementando. El mundo puede tener una de las vacunas más eficaces jamás desarrolladas, pero no todo el mundo está obteniéndola, por lo que permanecemos susceptibles a la variante delta. No es sorprendente que esto haya reiterado las exhortaciones para traer de vuelta una respuesta que logre que algunos se sientan seguros y bajo control: las normas de uso de cubrebocas. Y no solo para las personas no vacunadas; Los Ángeles, St. Louis y Savannah, Georgia, requieren nuevamente que todos utilicen cubrebocas en espacios cerrados. Y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) también están reforzando su guía sobre el uso de cubrebocas, lo que proporcionará respaldo para que otros gobiernos locales emitan mandatos similares.

Se trata de un error. La disponibilidad de la vacuna significa que nos enfrentamos a un problema de riesgo diferente al que enfrentamos hace un año, o inclusive hace algunos meses. Generalmente, los gobiernos dejan la mayoría de la toma de decisiones de riesgo en manos de las personas. Pero la naturaleza de una nueva pandemia significa que no conocemos el alcance de aquella a lo que nos enfrentamos y el cálculo del riesgo de una persona afectará a otras. Antes de que tuviéramos una vacuna, esta incertidumbre justificaba políticas extremas como confinamientos y reglas del uso de cubrebocas para prevenir todas las infecciones que pudiéramos.

Pero la vacuna principalmente reduce el riesgo a la persona. El objetivo de ahora es lograr que la vacuna llegue a tantos brazos como sea posible. Y por lo que sabemos, la economía del comportamiento sugiere que los requisitos del uso universal del cubrebocas socavarán este esfuerzo (y con pocos beneficios a cambio) ya que los cubrebocas mal puestos y de mala calidad que la mayoría de la gente utiiza no ofrecen mucha protección de todos modos.

Los rechazos a las vacunas se dan por una variedad de razones. Algunos no se dejarán persuadir sin importar el argumento. Pero otros son indiferentes, escépticos, simplemente no se interesan o tienen miedo. En el mejor de los casos, las personas suelen tener dificultades para tomar decisiones de riesgo sensatas. Sobreestimamos los resultados extremos e improbables, subestimamos los riesgos más probables o, a veces, simplemente somos demasiado indolentes para tomar una decisión prudente.

La economía del comportamiento nos dice que si quieres lograr que las personas hagan algo, tienes que hacerlo a través de un camino de menor resistencia. Por tanto, nuestros gobiernos deberían hacer que la vacunación sea más sencilla que la alternativa. Políticas como el nuevo requisito de la ciudad de Nueva York de que todos los empleados municipales estén vacunados o se sometan a pruebas frecuentes es un buen ejemplo de ello. Pero exigir el uso de cubrebocas para todos elimina un gran incentivo para vacunarse.

Si se analizan los datos, los beneficios de vacunarse son obvios. Elimina casi cualquier posibilidad de enfermedad grave y de muerte. Reduce en gran medida el riesgo de enfermarse y, si se enferma, es probable que sea leve y no contagie a otras personas. Eso no elimina todo el riesgo de vivir su vida vacunado y sin cubrebocas, pero corremos riesgos similares todos los días, al conducir, nadar o andar en bicicleta.

El gobierno debe comunicar los niveles de riesgo actuales de covid con una mayor claridad. La forma en que comunicamos el riesgo es la herramienta más poderosa que tenemos para ayudar a las personas a tomar buenas decisiones. Más allá de que los gobiernos locales renueven las reglas del uso de cubrebocas o los CDC fortalezcan sus pautas, la gente está escuchando un mensaje que supera a los otros: que deberían volver a usar cubrebocas, estén vacunados o no.

Y ese mensaje socava la comunicación de riesgos porque sugiere que las vacunas no son lo suficientemente buenas para mantenernos a salvo y que no habrá vuelta a la normalidad. Los constantes informes del incremento en contagios tampoco ayudan, porque influyen en las inclinaciones de las personas a concentrarse en las posibilidades más inverosímiles. Algunos opositores ven la vacuna en sí misma como un riesgo, y necesitan que se les demuestre que hay un beneficio tangible al dar el salto.

El año pasado, el uso de cubrebocas y el distanciamiento social se presentaron como una solución a corto plazo mientras esperábamos una vacuna. A medida que aprendimos más sobre el virus, tuvo sentido prolongar estas medidas. Pero traerlas de vuelta cuando tenemos vacunas disponibles sugiere que estas precauciones se quedarán para siempre, como podría ser que el virus también. Ya estamos viendo una nueva norma social: utilizar cubrebocas en público ya no se considera extraño para quienes quieren hacerlo. Pero exigir que todos lo hagan no solo socava el trabajo de aplicar las vacunas en brazos, sino que también puede socavar la confianza en la próxima pandemia, potencialmente más mortal.

El uso universal de cubrebocas tiene como objetivo proteger a tres grupos: a los inmunodeprimidos que no pueden recibir una vacuna o para quienes las vacunas no funcionan tan bien, niños menores de doce años que actualmente no pueden vacunarse y a las personas que optan por no vacunarse. Pero el covid endémica significa que debemos comenzar a tratar la enfermedad como otro de los muchos riesgos con los que vivimos habitualmente, como conducir un auto.

Nuestra sociedad no fue construida para intentar erradicar los riesgos para todos, ni debería hacerlo. Los gobiernos aplican regulaciones para lograr que las personas imprudentes sean más responsables, tales como los límites de velocidad y el uso de los cinturones de seguridad, ofrecen advertencias y brindan ayuda adicional a los más vulnerables. Todos los demás deben decidir cuáles son las precauciones que creen que tiene sentido tomar.