La ropa que nadie podía usar tras el terremoto en Venezuela encontró una segunda vida gracias al reciclaje

Los llamados de los centros de acopio para donar prendas acordes con la emergencia generaron un intenso debate en redes sociales.

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Bloomberg Línea — Cuando el terremoto del 24 de junio sacudió el centro-norte costero de Venezuela, la respuesta solidaria no tardó en llegar. Con un balance oficial de 3.811 fallecidos, 16.740 heridos, miles de desaparecidos y personas desplazadas, ciudadanos, empresas y organizaciones dentro y fuera del país se movilizaron para reunir alimentos, medicinas, agua, artículos de higiene y ropa para las familias afectadas.

La respuesta trascendió las fronteras venezolanas. Asociaciones de migrantes, universidades, iglesias, organizaciones sociales y empresas organizaron campañas de recolección en ciudades de España, Colombia, Estados Unidos, Chile, Argentina y Panamá, mientras organismos internacionales y fundaciones coordinaban el envío de ayuda hacia las comunidades afectadas.

Con el paso de los días, la ayuda comenzó a llegar por miles. Los centros de acopio tuvieron que clasificar no solo alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad, sino también enormes volúmenes de ropa. Fue durante ese proceso cuando apareció un problema que pocos habían previsto.

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Junto a la ropa apta para atender la emergencia también llegaban prendas rotas, manchadas, descosidas, ropa interior usada, tacones, vestidos de gala, trajes de baño y otros artículos poco útiles para personas que, en muchos casos, ahora viven en refugios temporales tras perderlo todo.

Los llamados de los centros de acopio para donar prendas acordes con la emergencia generaron un intenso debate en redes sociales. Mientras los voluntarios insistían en la importancia de preservar la dignidad de quienes recibirían la ayuda, algunos usuarios respondieron acusando a los venezolanos de ser “malagradecidos” por cuestionar parte de las donaciones.

Sin embargo, para quienes hoy lideran dos de las principales iniciativas de recuperación textil surgidas tras el desastre, ese nunca fue el punto.

“La necesidad era ayudar”, resume Gabriel Santana, fundador de Taller Neo.

Tanto Neo como Manos y Retazos, un proyecto impulsado por estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, nacieron de la misma pregunta: ¿cómo podían ser útiles frente a una tragedia de esta magnitud? La respuesta apareció cuando ambos equipos descubrieron que miles de prendas descartadas aún podían convertirse en artículos para las personas afectadas.

Una segunda oportunidad

En la UCV, uno de los principales centros de acopio de la emergencia, Fabiola Lizardo, estudiante de Sociología e integrante del voluntariado estudiantil, comenzó a notar la cantidad de bolsas que eran apartadas porque contenían ropa que no podía distribuirse de inmediato.

La idea era sencilla: rescatar aquello que todavía podía aprovecharse.

Para hacerlo sumó al estudiante de Artes Nilson Ávila y a Victory Abi, diseñadora vinculada a proyectos de moda sostenible. Entre los tres pusieron en marcha Manos y Retazos, un programa de recuperación textil que hoy funciona en la Facultad de Humanidades de la UCV.

“Queríamos aprovechar esta ropa que estaba siendo catalogada como ropa inútil y darle una segunda oportunidad”, explica Abi.

Aclara, sin embargo, que esa clasificación responde únicamente a las necesidades de la emergencia.

“Estaba llegando ropa deteriorada, ropa descosida, ropa manchada, incluso zapatos rotos. Todos merecemos vivir con prendas acordes; todos merecemos vivir con dignidad”.

Para aprovechar al máximo el material, el equipo diseñó un sistema de clasificación.

Las prendas que permanecen en buen estado, aunque no sean útiles para quienes hoy viven en refugios, se reservan para entregarlas más adelante, cuando las familias comiencen a reconstruir su vida cotidiana, o para otras comunidades vulnerables.

Los retazos y telas deterioradas se convierten en relleno, sábanas o almohadillas mediante técnicas como el patchwork, mientras que los jeans y las camisas sirven para fabricar bolsos reutilizables. Incluso los zapatos rotos son desarmados para reutilizar sus correas como asas.

Lo que comenzó como una idea improvisada terminó convirtiéndose en una red de producción organizada.

El equipo elaboró manuales para enseñar a los voluntarios cómo abrir las prendas, separar los materiales y aprovechar cada pieza. Hoy más de 100 personas, entre estudiantes, profesores, activistas de la moda y miembros de la comunidad cultural caraqueña, han pasado por el proyecto.

Cada jornada participan entre 10 y 15 costureras en los espacios de la universidad, mientras otras 20 personas confeccionan bolsos, cojines, almohadillas y sábanas desde sus hogares.

Hasta ahora el grupo ha elaborado más de 70 bolsos y comenzó la fabricación de peluches, cartucheras y otros artículos. Paralelamente trabaja en un mapa de refugios para que las entregas lleguen directamente a las comunidades afectadas.

Reciclaje textil

A pocos kilómetros de allí, Gabriel Santana atravesaba una frustración similar.

Después de colaborar en centros de acopio y viajar a las zonas afectadas, regresó a Taller Neo con la sensación de que todavía podía hacer más.

El taller, fundado en 2023 bajo la filosofía de transformar residuos en objetos de valor, estaba acostumbrado a trabajar con plástico reciclado, vidrio, pendones publicitarios, mangueras de bomberos, lonas de camiones y otros materiales, pero nunca con textiles.

“Creo que todos los venezolanos teníamos esa necesidad de ayudar, de colaborar y de ser útiles”, recuerda.

La idea apareció cuando distintos centros de acopio comenzaron a escribirle preguntándole si podía aprovechar la ropa descartada.

“Al principio respondí que no, porque nunca habíamos trabajado con desechos textiles. Ya la tercera persona que me escribió me hizo pensar que quizá ese era nuestro rol”.

Así nació un proyecto que hoy transforma esas prendas en cojines para personas que permanecen en refugios y, próximamente, en camas para mascotas, peluches y otros artículos.

“Todo esto nace para ser útiles. No nace para reciclar. El reciclaje es un agregado; el foco tiene que estar en ser útiles”.

Aunque el equipo permanente de Neo está formado por apenas cuatro personas, alrededor de 160 voluntarios han participado en la iniciativa desde que comenzó.

El primer día fabricaron 140 cojines. La meta de la primera semana era producir entre 500 y 600 unidades y el objetivo del primer mes es alcanzar los 2.000 cojines, suficientes para recuperar cerca de una tonelada de residuos textiles.

El proceso comienza con una segunda clasificación de la ropa recibida. Si alguna prenda todavía puede usarse, vuelve a los canales de ayuda humanitaria.

El resto pasa por una cadena de transformación: los voluntarios retiran botones y cierres, cortan las telas y las envían a una trituradora facilitada por la Universidad Católica Andrés Bello. El material triturado se convierte luego en el relleno de los cojines, elaborados junto a la Fundación Vístete de Sueños, que trabaja con mujeres en situación de vulnerabilidad.

Los primeros lotes ya comenzaron a distribuirse a través de organizaciones que trabajan directamente con las comunidades afectadas, entre ellas Alimenta la Solidaridad.

Una misma causa

Aunque surgieron de forma independiente, Manos y Retazos y Taller Neo comenzaron a intercambiar experiencias pocos días después del terremoto. Gabriel Santana visitó el taller instalado en la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela (UCV) para conocer el trabajo que allí realizaban los voluntarios y, desde entonces, ambos equipos mantienen comunicación para compartir aprendizajes sobre el aprovechamiento de residuos textiles y explorar formas de apoyarse mutuamente.

Santana explica que el equipo de la UCV incluso le ofreció parte del material que había sido clasificado como no apto para atender la emergencia inmediata, para que pudiera transformarlo en nuevos productos. Paralelamente, busca alianzas con empresas que permitan aumentar la capacidad para procesar el gran volumen de textiles que se acumula en la universidad.

Para Santana, el proyecto ha terminado generando un impacto inesperado.

Además del componente social y ambiental, habla de un efecto “terapéutico” entre los voluntarios.

“Muchos me dicen que se van contentos porque sienten que están siendo útiles. Pasan horas trabajando con otras personas, compartiendo y ayudando.”

Abi coincide en que el crecimiento del proyecto ha sido posible gracias al trabajo colectivo.

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“Ha sido un proceso de ensayo y error. Empezamos con una idea muy pequeña y después vimos que la gente se seguía sumando. Entonces entendimos que teníamos que organizarnos, fijarnos metas y crear una estructura.”

Ambos coinciden también en el mensaje que deja esta experiencia para futuras emergencias.

“No solo se trata de donar”, dice Santana. “Se trata de pensar a quién le va a llegar esa ayuda y en qué momento. Donar también es un acto de empatía.”

Y cuando aquello que ya no puede cumplir esa función encuentra otra utilidad, concluye Abi, también puede convertirse en una forma de dignificar la solidaridad.