Para Israel, la guerra con Irán culmina la batalla iniciada por el ataque de Hamás

El conflicto con Teherán es leído por el gobierno israelí como la fase final de la respuesta al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, que abrió un ciclo de guerra regional.

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Bloomberg — Al amanecer del sábado 7 de octubre de 2023, mientras cohetes y combatientes irrumpían en Israel desde Gaza, el jefe militar de Hamás, Mohammad Deif, proclamó que el Estado judío estaba acabado: “A nuestros hermanos de la resistencia islámica en Líbano, Irán, Yemen, Irak y Siria, el día ha llegado”.

El día llegó, aunque no como Deif lo imaginaba.

Hoy está muerto, al igual que una generación de dirigentes islamistas que fueron eliminados por Israel, que ha emergido como una potencia hegemónica regional. El principal respaldo de Hamás, Irán, enfrenta además un proceso sistemático de debilitamiento. Y aunque la guerra en Gaza llevó el tema del Estado palestino al centro del escenario internacional, esa discusión volvió a quedar en segundo plano mientras el futuro de la región se redefine a partir de la guerra conjunta de Estados Unidos e Israel contra Teherán.

Esta es una guerra de redención que comenzó el 7 de octubre”, dijo Ophir Falk, asesor de política exterior del primer ministro Benjamin Netanyahu. “Eliminamos a la dirigencia y a los comandantes islamistas en toda la región y ahora estamos quitando la amenaza existencial del régimen de los ayatolás, que ha aterrorizado al mundo durante 47 años”.

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Fuera de Israel, muchos no ven esa conexión. Para ellos, el ataque de Hamás en 2023 y la guerra en Gaza que desencadenó —que dejó decenas de miles de palestinos muertos y amplias zonas del territorio en ruinas— es una historia de opresión y venganza por parte de Israel.

Ese conflicto dañó seriamente su imagen internacional y alejó la posibilidad de estrechar vínculos con otros países de Medio Oriente.

Olvídense de la normalización”, dijo el exjefe de inteligencia saudí, el príncipe Turki al-Faisal, a CNN el miércoles. “Esta es la guerra de Netanyahu”.

Quizás más importante aún, las acciones de Israel desde el 7 de octubre han distanciado a parte de la opinión pública en Estados Unidos, su aliado más importante. La semana pasada, Gallup publicó una encuesta que mostró por primera vez que más estadounidenses simpatizan con los palestinos que con los israelíes: 41% frente a 36%. Tres años antes, la relación era de 54% a 31% a favor de Israel. Entre los jóvenes de 18 a 34 años, la diferencia es aún mayor: apenas una cuarta parte respalda a Israel.

La guerra con Irán también generó críticas bipartidistas. Políticos y comentaristas de todo el espectro político acusaron a Israel de arrastrar a Washington al conflicto después de que el secretario de Estado, Marco Rubio, sugiriera que la determinación israelí de atacar al país había obligado a Estados Unidos a actuar.

En otra señal del lugar cada vez más frágil de Israel en el debate político estadounidense, el gobernador de California, Gavin Newsom —considerado un posible candidato presidencial demócrata para 2028— afirmó esta semana que Estados Unidos debería reconsiderar su alianza militar con Israel. Incluso lo comparó con “un Estado de apartheid”, un lenguaje que hace pocos años habría sido impensable para un dirigente político estadounidense de primera línea.

A medida que la guerra se prolonga, también aumenta el riesgo de tensiones entre Estados Unidos, que considera el conflicto una elección estratégica, e Israel, que lo ve como una cuestión existencial. Aunque el presidente estadounidense Donald Trump ha insinuado repetidamente un cambio de régimen en Irán, su administración insiste en que los objetivos estadounidenses son militares y nucleares, mientras que Israel apunta contra el propio Estado iraní y busca provocar una revuelta interna que derribe a la República Islámica.

Parece que los israelíes tienen una lista de objetivos y Estados Unidos otra”, dijo Richard Clarke, exfuncionario de la Casa Blanca y exsubsecretario de Estado. “Puedo imaginar que dentro de un par de semanas el ejército estadounidense diga que ya bombardeó todo lo que quería, y Trump podría declarar que la operación terminó”.

Aun así, para la mayoría de los israelíes —las encuestas muestran que más del 80% respalda la guerra actual— los últimos dos años y medio trazan una línea directa que revela lo que ahora consideran un período de peligrosa complacencia que lograron superar en nombre de la supervivencia.

“El 7 de octubre fue un llamado de atención nacional”, dijo Elad Levy, dueño de una peluquería en el centro de Tel Aviv. “Nunca más vamos a bajar la guardia. Para muchos de nosotros fue una especie de mensaje de Dios”.

El 7 de octubre de 2023 coincidía con el sabbat judío y con un feriado en Israel. Miles de jóvenes bailaban en una fiesta electrónica en el desierto, a unos cinco kilómetros de la frontera con Gaza. En bases militares cercanas, los soldados dormían en sus camas. Israel y Arabia Saudita estaban cerca de normalizar relaciones, incluso sin avances sustanciales hacia la independencia palestina en Cisjordania y Gaza.

Hezbolá en Líbano y Hamás en Gaza tenían decenas de miles de misiles apuntando a Israel, pero la evaluación era que estaban disuadidos y no los lanzarían. Los hutíes de Yemen, pese a sus consignas de “muerte a Israel”, tampoco ocupaban un lugar central en el radar de inteligencia israelí: se los consideraba demasiado lejanos para representar una amenaza seria.

El ataque sorpresa de Hamás cambió esa percepción. Con 250 rehenes llevados a Gaza y combatientes aún escondidos en el sur de Israel, milicias en Líbano, Siria, Irak y Yemen comenzaron a disparar contra el país en solidaridad con Hamás.

Israel se encontró así en una guerra en múltiples frentes para la que no estaba preparado. Fue un golpe enorme para Netanyahu, que durante años se presentó como el garante de la seguridad nacional y como un dirigente capaz de anticipar las amenazas.

Él, al igual que gran parte del aparato de seguridad, había llegado a creer que Hamás no se atrevería a atacar. Incluso había alentado a Qatar a enviar dinero a Gaza, permitido que algunos gazatíes trabajaran en Israel y fortalecido a los islamistas de Gaza como contrapeso frente a la Autoridad Palestina, más secular, con sede en Cisjordania. Era una estrategia de dividir para evitar la consolidación de un Estado palestino.

Cuando reaccionó ese día —pálido y conmocionado— muchos consideraron que su carrera política había terminado. En medio de un juicio por corrupción y sobornos y al frente de la mayor falla de seguridad en la historia del país, numerosos analistas sostenían que renunciaría o sería desplazado.

Hoy, sin embargo, Netanyahu, de 76 años, junto con Trump —otra figura que entonces muchos daban por políticamente acabada— afirma estar “cambiando la cara de Medio Oriente”.

Ese proceso comenzó en Gaza, que fue bombardeada por el ejército israelí. Según el Ministerio de Salud controlado por Hamás, más de 72.000 personas murieron. La ofensiva generó una reacción internacional y derivó en una orden de arresto internacional contra Netanyahu.

Dentro de Israel hubo críticas limitadas sobre la conducción de la guerra, pero la prioridad dominante fue liberar a los rehenes y respaldar una ofensiva contra una organización que declara abiertamente su objetivo de destruir al Estado israelí. El debate político interno no giró en torno a frenar la guerra, sino a intensificarla.

La reinvención de Netanyahu

Fue también un momento en el que Netanyahu buscó reinventarse. Hijo de un historiador, muchos dijeron que enfrentaba su “momento Neville Chamberlain” y trataba de transformarlo en un papel más cercano al de Winston Churchill, convenciendo a su aliado estadounidense de sumarse a derrotar a su enemigo.

Primero lo hizo con el presidente Joe Biden y luego con Trump. Pero algunos de sus allegados ven como referencia a otra figura histórica: Franklin Roosevelt, presidente de Estados Unidos durante el ataque japonés a Pearl Harbor, que convirtió aquel revés en el punto de partida de la supremacía militar estadounidense y la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial.

Netanyahu siguió un camino similar y el 8 de octubre de 2023 prometió transformar Medio Oriente. Funcionarios de seguridad israelíes sostienen que el país tuvo suerte de que Hezbolá no invadiera desde el norte, como esperaba Hamás, y se limitara durante un año a lanzar misiles.

De forma metódica, el ejército y los servicios de inteligencia israelíes golpearon a sus enemigos regionales, eliminaron a varios de sus líderes y llevaron a cabo ataques espectaculares, como la explosión de buscapersonas que portaban operativos libaneses en 2024. Poco después siguió una incursión terrestre en Líbano. También hubo numerosas operaciones aéreas sobre Siria, Irak e Irán.

Israel aprovechó además la guerra para consolidar su control sobre Cisjordania, donde aumentó la violencia de colonos judíos contra palestinos, lo que aleja aún más la perspectiva de un Estado palestino.

El país está destinando más recursos a su aparato militar, mientras parte de la población joven se inclina hacia posiciones políticas más conservadoras y religiosas. La doctrina de seguridad también cambió: Israel mantiene tropas fuera de sus fronteras, creó un departamento específico para enfrentar a los hutíes y pasó de evaluar las intenciones de sus adversarios a medir su capacidad militar. La lógica ahora es atacar primero en lugar de esperar un ataque.

Hoy, si Israel considera que un ejército o milicia puede representar una amenaza, actuará de forma preventiva. Muchos consideran que esa postura viola el derecho internacional. Hasta ahora, Estados Unidos bajo Trump ha respaldado ese enfoque.

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Los mercados globales también reaccionaron. Tras una caída inicial, los activos israelíes se recuperaron durante el conflicto. Desde comienzos de 2025, las acciones israelíes se encuentran entre las de mejor desempeño del mundo, con un aumento del 114% en dólares. También creció la inversión extranjera.

En la última semana, las bolsas globales retrocedieron debido a la guerra, que provocó el cierre efectivo del estrecho de Ormuz y un fuerte aumento del precio del petróleo. Aun así, el índice Tel Aviv Stock Exchange 35 subió casi 7% en dólares, convirtiéndose en el segundo mercado con mejor desempeño del mundo, mientras que el shekel fue la moneda que más se fortaleció.

Netanyahu ya no es considerado una figura políticamente acabada. Incluso algunos de sus detractores creen que podría ser reelegido este año.

Si esta fase termina rápido, Netanyahu irá orgulloso a las urnas”, escribió Aluf Benn, editor jefe del diario israelí Haaretz, en una columna crítica en la que sostuvo que “las masas de Israel y de los países de la región han sido convertidas en carne de cañón y daño colateral”.

En distintas partes del mundo, sin embargo, el conflicto en Irán se observa con preocupación, en parte por el recuerdo de las guerras prolongadas de Estados Unidos en Irak y Afganistán. En países como Emiratos Árabes Unidos, donde ciudades como Dubái y Abu Dabi han sido blanco de drones y misiles iraníes, también crece el malestar.

Expertos militares y regionales sostienen que les preocupa la falta de planificación por parte de Israel y Estados Unidos sobre lo que ocurrirá después en Irán. Ese temor aumenta ante informes de que Trump podría considerar el envío de tropas terrestres y ante versiones de que Washington e Israel analizan impulsar a fuerzas kurdas a levantarse contra el gobierno iraní.

En Israel, en cambio, predomina un optimismo cauteloso pese a los continuos ataques con misiles. La percepción general es que el país se encuentra en una posición geopolítica y militar más fuerte que hace dos años y medio.

Y cualquiera sea el resultado en Irán, se espera que el país salga debilitado y represente una amenaza menor. El objetivo final de Israel es que surja un nuevo gobierno iraní que, como la monarquía anterior a la revolución islámica de 1979, mantenga relaciones cercanas con Israel y Estados Unidos. Pocos apuestan a que eso ocurra pronto. También existe la posibilidad de que Irán se fragmente o se convierta en un Estado fallido.

Mientras tanto, Israel espera que la decisión de Irán de atacar a países árabes del Golfo —aunque la mayoría no quería la guerra y prohibió a fuerzas estadounidenses e israelíes usar su espacio aéreo para operaciones ofensivas— acerque a esos gobiernos al lado israelí.

No obstante, ese escenario está lejos de estar asegurado. Las poblaciones árabes quedaron impactadas por el sufrimiento de los palestinos durante la guerra en Gaza, y varios gobiernos de la región miran con creciente preocupación las operaciones militares israelíes fuera de sus fronteras.

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La principal inquietud para Israel es el creciente desencanto con el país en Estados Unidos. El temor es que Trump —que enfrenta elecciones legislativas difíciles en noviembre— pierda la paciencia con la guerra antes de que la capacidad militar de Irán quede destruida. El aumento del precio del petróleo ya comenzó a trasladarse al precio de la gasolina en Estados Unidos.

Tenemos que rezar para que Trump no se eche atrás”, escribió Ben Caspit, comentarista crítico de Netanyahu en el diario Maariv.

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