Bloomberg Línea — Durante años, las remesas familiares han funcionado como uno de los principales soportes económicos de El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua.
Millones de familias dependen del dinero que envían sus parientes desde Estados Unidos para cubrir alimentación, vivienda, educación y salud.
Para algunos países, esos recursos representan más de una quinta parte de su producto interno bruto (PIB). Pero ese flujo no es permanente. La cantidad de dinero que un migrante envía tiende a disminuir con el paso de los años, a medida que cambian sus responsabilidades y consolida su vida en el país de destino.
Esa es una de las conclusiones del estudio Migración de Centroamérica hacia Estados Unidos: causas, políticas y perspectivas liberales, elaborado por Hugo Maul y Javier Calderón para la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad.
Población inmigrante centroamericana en EE.UU., por país de origen (2026)
| País de origen | Número de personas |
|---|---|
| El Salvador | 1′495.000 |
| Guatemala | 1′250.000 |
| Honduras | 935.000 |
| Nicaragua | 377.000 |
| Costa Rica | 105.000 |
| Panamá | 103.000 |
| Total | 4′265.000 |
Fuente: Elaboración propia con información de la OIM.
Si se reduce la llegada de nuevos migrantes y no existen mecanismos legales que reemplacen esos flujos, advierte el documento, la región podría enfrentar una desaceleración de las remesas en los próximos años.
El problema es que sus economías todavía no han desarrollado fuentes internas de crecimiento capaces de compensar esa caída.
El estudio aborda la migración desde una perspectiva económica e institucional, y subraya la responsabilidad de los países centroamericanos de impulsar reformas profundas que garanticen condiciones de seguridad, justicia y buen gobierno para que sus ciudadanos no se vean obligados a emigrar.
Una economía sostenida desde el exterior
En 2024, las remesas equivalían aproximadamente al 27% del PIB de Nicaragua, al 25% del de Honduras, al 23,5% del de El Salvador y a cerca del 20% del de Guatemala, según las cifras recopiladas en el estudio.
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La dependencia es más visible en los hogares. En Guatemala, alrededor del 60% de las familias receptoras no podrían cubrir sus necesidades básicas sin esos ingresos; en Honduras, casi cuatro de cada diez hogares reciben remesas, de acuerdo con cifras de la OIM y de las encuestas nacionales de migración y remesas.
“Tenemos una adicción a las remesas que nos impide ver los riesgos que conlleva a largo plazo”, dijo Hugo Maul, economista e investigador y coautor del estudio, a Bloomberg Línea. Ese ingreso ha sostenido el consumo de millones de familias, pero también puede ocultar la falta de dinamismo de las economías y su incapacidad de generar suficientes empleos productivos.
El dinero que llega también tiene un ciclo
La evidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) usada en el estudio muestra que la proporción del ingreso destinada a remesas disminuye conforme aumenta el tiempo de residencia en el extranjero.
En los primeros años, los migrantes sostienen a hijos, parejas y padres y pagan las deudas del viaje; con el tiempo, forman nuevas familias, asumen gastos de vivienda y educación y concentran sus ingresos en el país receptor.
“La primera generación de migrantes tiende a mantener a sus hijos, a su esposa, a sus padres. Con los hijos de los migrantes en el exterior, la caída es dramática, porque el lazo familiar con el país de origen es cada vez más débil”, explicó Maul.
Para Centroamérica, el riesgo es doble: las remesas dependen tanto del stock de migrantes que ya viven en EE.UU. como de la llegada de nuevas generaciones que reemplacen a quienes dejan de enviar dinero. Si la restricción migratoria se mantiene varios años, el ajuste llegará con rezago, pero llegará.
El problema empieza antes de la frontera
La posibilidad de una desaceleración de las remesas vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta que los gobiernos centroamericanos llevan décadas sin resolver: ¿por qué tantas personas necesitan emigrar para mejorar sus ingresos?
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Las encuestas de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) recopiladas en el estudio dan una respuesta: en 2025, el 84% de los guatemaltecos, el 74% de los hondureños y el 72% de los salvadoreños entrevistados citaron razones económicas.
En el caso de Guatemala, Maul estima que un trabajador puede ser hasta 25 veces más productivo en Estados Unidos que en su país, aun realizando actividades y jornadas similares. La diferencia no está en las capacidades individuales, sino en el entorno: infraestructura, tecnología, capital y acceso a mercados.
“El reto que no se ha logrado resolver es el de la productividad y la sofisticación productiva”, afirmó. La región necesita empleos a mayor escala, especialmente para los jóvenes, y empresas de mayor valor agregado.
Pero esas transformaciones toman décadas, y las políticas de los países del Triángulo Norte tampoco han creado condiciones atractivas para la inversión.
El resultado: una economía que no absorbe a su población laboral y encuentra en la emigración su “válvula de escape”, como lo explicó Maul.
Menos vías legales, más riesgo
El estudio sostiene que cerrar los canales legales — como el parole humanitario, el asilo y las visas de trabajo— sin reducir la demanda de mano de obra extranjera desplaza la migración hacia rutas más peligrosas y fortalece a las redes de coyotaje.
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La demanda de trabajadores en construcción, servicios, agricultura y transporte no desaparece con más controles; lo que cambia es quién la satisface y a qué riesgo.
Maul consideró que los gobiernos de la región han dependido demasiado de Washington y han explorado poco las alternativas: los programas canadienses de visas temporales, el empleo en el transporte pesado y la marina mercante, o la regularización sectorial de los flujos entre Guatemala y México. Por otra parte, el mismo flujo que sostiene el consumo distorsiona los precios internos.
“Estoy convencido que tenemos una expansión del sector consumo, del sector inmobiliario debido al combustible que las remesas representan. Eso lo vivió México en los 90s claramente y les costó una crisis. Allá por otras razones, aquí porque en esencia tenemos una abundancia, si me permiten decir, artificial de dólares que no es sostenible en el largo plazo”,
Hugo Maul Rivas, investigador, economista y coautor del estudio
El experto señaló que por ello los países deben reconocer la necesidad de fortalecer un modelo económico orientado a las exportaciones, capaz de generar empleos que sustituyan los que actualmente encuentran sus ciudadanos al migrar.
A eso se suma una integración regional pendiente: los países centroamericanos reproducen estructuras productivas similares en lugar de especializarse y aprovechar sus complementariedades.
“El reto es difícil y los resultados no se van a ver en el corto plazo”, dijo Maul. “Pero si la migración ya no existe como válvula de escape, nuestra población va a seguir creciendo y no vamos a tener acceso, al menos en el mismo monto, a ese flujo que nos ha mantenido hasta este momento”.