Rockefeller apuesta por energía solar y baterías para 4 millones de colombianos sin acceso eléctrico

La fundación, que regresó a Latinoamérica con oficina regional en Bogotá, ve en las zonas remotas del país una oportunidad para llevar energía limpia donde la red tardará más en llegar.

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Bloomberg Línea — Colombia tiene 4 millones de personas sin acceso a electricidad. La mayoría vive en el Amazonas y los Llanos, territorios en donde la red de distribución no llegó y donde, según los planes actuales, tardará años en llegar. Para Lyana Latorre, presidenta para América Latina y el Caribe de la Rockefeller Foundation, ese déficit estructural no es solo un problema: es también una oportunidad.

“Es un problema que no lleva cuatro años u ocho años, es un tema estructural y también por la topografía de este país, sale una oportunidad”, dijo Latorre en entrevista con Bloomberg Línea. “Ya que no hay red, ya que no hay cómo llegar, pues lleguemos con baterías, con paneles solares. Algo limpio, renovable.”

La fundación, que cumplió 114 años de operaciones globales y reabrió su oficina regional en Bogotá hace poco más de un año, tiene la energía como una de sus tres líneas estratégicas de trabajo en la región.

Su enfoque no es competir con la red eléctrica tradicional sino llegar a donde esta no lo ha hecho: comunidades remotas que requieren soluciones descentralizadas, autónomas y sostenibles.

Latorre distingue tres componentes dentro de su agenda energética. El primero es el acceso básico a la energía, que la fundación considera un habilitador fundamental de dignidad y desarrollo: sin electricidad no hay educación nocturna, no hay cadena de frío para medicamentos, no hay conectividad.

El segundo es la sustitución de fuentes contaminantes como el carbón y la leña, cuyo uso para cocinar genera impactos severos en la salud de millones de familias en la región.

El tercero, y el más relevante para Colombia, es lo que denominan “energía universal”: llevar electricidad a sitios remotos mediante tecnologías limpias.

En ese modelo, el operador privado juega un rol central. La fundación no opera los proyectos directamente, sino que actúa como articuladora entre comunidades, gobiernos locales y empresas.

“Al final hay un operador que debe tomar el proyecto”, explicó Latorre. “Podemos llevar gente experta en cómo montarlo, pero ese proyecto hay que conectarlo a algo para que sea sostenible y operable.”

Uno de los desafíos que ha identificado la fundación en terreno es el de la operación y el mantenimiento. Enviar técnicos a comunidades que están a cinco horas de lancha después de un vuelo no es viable para ninguna empresa.

La solución que están explorando es la transferencia de conocimiento a las propias comunidades. “Muchos operadores privados quieren que esa gente se entrene”, señaló Latorre. “Entonces también estás dando una habilidad técnica a esas personas que eventualmente les sirve para su desarrollo.”

Colombia registra, según Latorre, un déficit proyectado de aproximadamente siete años en la expansión de su red eléctrica hacia zonas no conectadas. Ese rezago convierte a las soluciones descentralizadas no en una alternativa marginal, sino en la única opción práctica para millones de colombianos en el corto y mediano plazo.

La fundación financia sus operaciones con un patrimonio autónomo que se nutre de sus propios rendimientos, sin depender de donantes externos. En 2025 invirtió aproximadamente 350 millones de dólares a nivel global, de los cuales cerca de 59 millones correspondieron a América Latina y el Caribe.

“Es clarísimo cuando ves el mapa”, dijo Latorre al describir las zonas sin cobertura eléctrica en Colombia. “Hay que llegar con algo práctico, limpio, más eficiente.”

Junto a la agenda energética, la Rockefeller Foundation ha convertido la nutrición infantil en su proyecto estrella para la región.

En 2024 la fundación anunció una inversión de 100 millones de dólares con el objetivo de mejorar la alimentación de 10 millones de niños en un plazo de cinco años, con foco en programas de alimentación escolar en Brasil, Colombia, El Salvador y Barbados.

El argumento de Latorre es contundente: en América Latina y el Caribe, la comida del colegio es para muchos niños la única comida del día. Y Colombia, según sus cifras, no está llegando ni al 50% de la dieta alimentaria recomendada en ese único tiempo de comida.

“Está probado que, si al niño se le alimenta bien, aprende mejor, crece mejor y cuando tiene 18 años va a tener una mejor oportunidad de acceder al mercado laboral”, afirmó.

Los números que maneja la fundación son precisos. Por cada 100.000 comidas escolares servidas, se generan entre 3.000 y 3.300 empleos en toda la cadena: desde el agricultor que produce la lechuga hasta quien la transporta, empaca y cocina. Y por cada dólar invertido en alimentación escolar, el retorno económico y social oscila entre seis y nueve dólares.

Uno de los proyectos más ambiciosos que la fundación tiene en curso es lo que Latorre llama la tabla periódica nutricional: un trabajo científico que busca mapear las moléculas activas de las principales semillas del mundo para identificar cuáles son más nutritivas en escenarios de escasez alimentaria, con foco especial en dietas infantiles.

“Para mí es de los proyectos más visionarios que tiene Rockefeller”, dijo. “Le falta un tiempo para salir, pero creo que ahí tenemos algo grande para contar.”