Las tensiones por la revisión del acuerdo comercial de América del Norte se están intensificando.
Justo la semana pasada, se informó que el presidente de EE.UU., Donald Trump, estaba sopesando la posibilidad de retirarse del acuerdo de US$1,9 billones conocido como T-MEC, lo que generó nueva incertidumbre en las negociaciones de alto riesgo entre Estados Unidos, Canadá y México previo a la fecha límite de revisión del 1 de julio.
Mi colega de Bloomberg News, Josh Wingrove, capturó la situación en esta primicia:
El presidente Trump preguntó a sus asesores por qué no debería retirarse de este acuerdo, que firmó durante su primer mandato, si bien no llegó a manifestar abiertamente que lo haría, conforme a las fuentes que hablaron bajo condición de anonimato para describir las conversaciones internas.
Cuando se le preguntó sobre las discusiones, un funcionario de la Casa Blanca describió a Trump como el máximo responsable de la toma de decisiones y alguien que siempre busca el mejor acuerdo para los estadounidenses. Las discusiones sobre posibles medidas no son más que especulaciones infundadas hasta que el presidente haga un anuncio, señaló el funcionario.
Técnicamente, Trump podría retirarse del T-MEC en cualquier momento avisando con seis meses de anticipación a México y Canadá. No está claro si sus asesores le han advertido al respecto, pero detonar una opción tan nuclear equivaldría a un autogol espectacular para la estrategia política de la Casa Blanca antes de las elecciones intermedias de noviembre y para la economía estadounidense a largo plazo.
Abandonar el pacto que Trump convirtió en ley en 2020 interrumpiría las cadenas de suministro, amenazaría los empleos estadounidenses y elevaría los precios de importación de todo, desde automóviles hasta aguacates, avivando la inflación y exprimiendo a los votantes que el presidente necesita de su lado.
También provocaría una reacción violenta en el Congreso, donde el T-MEC goza de un amplio apoyo bipartidista, y de poderosos grupos empresariales como la Cámara de Comercio de Estados Unidos .
Estos son los argumentos obvios que México puede esgrimir para desmentir a Trump. Y hay otros aún más contundentes.
Desde el año pasado, México se ha convertido en el principal destino de las exportaciones exentas de aranceles de Estados Unidos. En 2023 ya había superado a China como el mayor proveedor de EE.UU., lo que pone de relieve la rapidez con la que se están integrando las cadenas de suministro estadounidenses, en especial en los sectores manufacturero y energético.
En 2025, México ya representaba el 15,6% del comercio total de Estados Unidos hasta noviembre, más del doble que China, con un 7,5%. Apenas hace 5 años, cuando se estaba implementando el tratado, China era el principal socio de EE.UU., con casi el 15% del comercio total, superando tanto a México como a Canadá.
Sorprendentemente, la transformación se ha producido a pesar de las fricciones bilaterales, los renovados impulsos proteccionistas de Washington y el lento crecimiento de México.
La integración es más profunda, pero de maneras menos obvias.
México es el principal destino extranjero para los turistas de EE.UU. que buscan sol, playa, buena comida y cultura. Los mexicanos que viven en Estados Unidos envían a casa más de US$60.000 millones al año en remesas. Y en tres estados de Estados Unidos, Nuevo México, California y Texas, los latinos son ahora el grupo poblacional más numeroso.
Mientras tanto, desde Baja California hasta la Ciudad de México, una creciente ola de estadounidenses que se mudan al sur de la frontera está transformando barrios, a veces alimentando tensiones con los lugareños, pero también estrechando las dos sociedades.
Gran parte de esto puede resultar distante para un público estadounidense consumido por la polarización y el sentimiento antimigrante. No obstante, es una prueba tangible de que la integración norteamericana no solo está funcionando, sino que también es inexorable.
La lógica estratégica es difícil de obviar: si Washington se toma en serio la desvinculación de China, la reindustrialización de su economía, el fortalecimiento de la seguridad nacional y la obtención de insumos críticos, México no es el problema, sino una parte clave de la solución.
Un poco de honestidad estratégica en Washington, quizás incluso de gratitud, contribuiría en gran medida a aclarar este argumento. (El director de la Cámara de Comercio Americana de México ha presentado otros argumentos convincentes aquí).
Sin duda, las amenazas de Trump pueden simplemente reflejar su táctica de negociación habitual, diseñada para extraer concesiones de un gobierno mexicano con demasiada frecuencia dispuesto a evitar la confrontación abierta.
El peso apenas se inmutó después del informe, lo que sugiere que los inversionistas asignan pocas probabilidades a una retirada total. Aun así, la retórica explosiva debe tomarse en serio.
Primero, Trump bien podría optar por posponer la revisión hasta 2027, prolongando la incertidumbre como palanca sobre México y Canadá y deteniendo los flujos de inversión.
Segundo, calificar al T-MEC de “irrelevante”, como lo hizo el mes pasado, exige una refutación basada en hechos. Las alianzas duraderas no se construyen sobre el menosprecio casual; de lo contrario, el papel indispensable de México en un sistema de producción cada vez más integrado corre el riesgo de ser infravalorado a los ojos del público estadounidense.
Es cierto que varios aspectos de la relación comercial de América del Norte necesitan mejorarse, empezando por sus mecanismos de resolución de disputas, las normas de contenido local, las brechas de cumplimiento y la infraestructura compartida.
La preocupación de Washington por lo que considera un déficit comercial de bienes “extremadamente alto” con México y Canadá requiere respuestas creativas, al igual que la creciente presencia de China en el bloque. Del mismo modo, Washington debería levantar los aranceles impuestos a México y Canadá bajo pretextos ridículos de seguridad nacional.
México, mientras tanto, debería abordar las preocupaciones empresariales pendientes, desde la incertidumbre derivada de la reforma judicial del año pasado hasta las disputas fiscales y la imprevisibilidad regulatoria.
La presidenta Claudia Sheinbaum podría presentar estas medidas no como concesiones a la presión estadounidense, sino como reformas internas necesarias para fortalecer el clima de inversión en México. Debería tener presente que, en la visión mercantilista de Trump, cualquier cosa que desvíe la inversión de México a EE.UU. se considera una victoria.
La cooperación en seguridad y la lucha contra el narcotráfico, a pesar de los inevitables desacuerdos, también forma parte del dividendo compartido de la integración económica.
Durante una visita a la Ciudad de México el año pasado, Robert Lighthizer, el gurú comercial de Trump, recordó a los líderes empresariales locales que México necesita a EEE.UU. más de lo que Estados Unidos necesita a México. Es simple aritmética.
Sin embargo, en una era de realineamiento geopolítico, México cuenta con ventajas geográficas, competitivas y demográficas que benefician significativamente a la economía estadounidense y también a su seguridad. Es hora de mostrar algunas de ellas, sin complejos.
Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.
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