Un estudiante se sienta detrás de una computadora portátil en el campus Go Localen Shanghái, China, el martes 3 de noviembre de 2020.
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Esta semana, el acontecimiento más importante en China ha sido el gaokao, el exámen nacional anual de dos días de duración para acceder a la universidad. Los angustiados padres esperan a que sus hijos atraviesen esta prueba de nueve horas de duración. Quienes tienen hijos más pequeños repasan las preguntas de los exámenes, que se publican una vez terminados, preparándolos para lo inevitable. En lo que respecta a las parejas que se plantean formar una familia, sólo imaginarse el gaokao puede ser para ellos un anticonceptivo bastante eficaz.

Las preguntas del examen están prácticamente diseñadas para que los estudiantes reprueben. Por ejemplo, en las pruebas de lengua china, las pruebas a libro cerrado exigen un dominio casi enciclopédico de la historia, la literatura clásica e incluso la actualidad. En esta ocasión, una pregunta versaba sobre el nombre de un pabellón de la novela clásica del siglo XVIII “El sueño de la habitación roja” (Dream of the Red Chamber); otra pregunta se refería a las estrategias del juego Go (un juego de mesa estratégico); una tercera pedía una crítica de 800 palabras sobre un minidocumental producido por la televisión estatal CCTV (por sus siglas en inglés) sobre el centenario de la Liga de la Juventud Comunista.

De arpobar el gaokao, traducido como “examen de alto nivel”, los adolescentes de 18 años tienen casi una plaza garantizada en la universidad. Durante los últimos años, la aceptación superó el 80% y se duplicó a mediados de la década de 1990, cuando yo hice el examen. Los estudios universitarios se han convertido casi en un derecho, no en un privilegio.

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Es por esto que la mayor parte de los adolescentes intentarán presentarse al gaokao. Se prevé que este año se presenten o repitan el examen la cantidad récord de 11,9 millones de personas. China tiene alrededor de 15,9 millones de jóvenes de 18 años.

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Este hecho está ocasionando un grave problema social. Se prevé que este verano se gradúen 10,8 millones de estudiantes universitarios, un récord. No obstante, China no dispone de suficientes buenos puestos de trabajo para ellos. Ya en abril, el desempleo juvenil entre los jóvenes de 16 a 24 años era del 18,2%, debido en parte a los confinamientos impuestos por el Covid-19. En julio, la tasa podría superar con facilidad el 20% una vez que los graduados universitarios se incorporen a la población activa. Según la plataforma de contratación en línea Zhaopin Ltd., hasta abril menos de la mitad habían recibido ofertas de trabajo.

En la actualidad, ya no está claro que un título universitario aporte beneficios económicos. De acuerdo con la misma encuesta de Zhaopin, el salario medio inicial de quienes recibían ofertas de trabajo será de 6507 yuanes al mes (US$974). Comparativamente, un conductor de reparto en empresas como Meituan podría ganar hasta 10.000 yuanes (US$1.490).

Por si fuera poco, con más de 10 millones de solicitantes de empleo en las calles, los empresarios son cada vez más exigentes. En la actualidad, muchas vacantes precisan de un título de posgrado. En una escuela secundaria, el año pasado, tres de los cuatro profesores de biología contratados tenían un doctorado.

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Esta sobreoferta de mano de obra ha provocado que los estudiantes universitarios retrasen su entrada en el mercado laboral. Se presentaron 4,6 millones de jóvenes para el examen de acceso a un posgrado, lo que supone un aumento de cerca del 21%. Los estudios de posgrado siguen teniendo cierto peso. Las universidades chinas entregaron el año pasado unos 8,3 millones de títulos de licenciatura; pero solo graduaron a unos 773.000 con un título de maestría o superior.

Sin embargo, nada de esto hace que el gaokao sea más fácil. La tasa de aceptación de las denominadas escuelas del Proyecto 985, las universidades más prestigiosas en China, fue del 1,7% el año pasado . Para la clase de 2025 de la Universidad de Harvard, fue un 4%. Por el contrario, es la base de la pirámide la que se ha ampliado. El número de instituciones que otorgan títulos universitarios se incrementó de alrededor de 1.000 a mediados de la década de 1990 a más de 2.700 en 2021.

El presidente Xi Jinping reconoció pronto los perjuicios del frenesí del gaokao, denunciando a los educadores con fines de lucro en 2018. El gobierno adoptó el año pasado medidas enérgicas contra el lucrativo sector de las clases particulares extracurriculares, y eliminó miles de millones de capitalización bursátil de empresas muy populares entre los inversores, como New Oriental Education (EDU) & Technology Group Inc. (YQ) y TAL Education Group (TAL).

Pekín creyó haber encontrado una solución. En octubre, el Consejo de Estado promovió una segunda vía educativa que se parece al exitoso modelo alemán de “formación dual”, en el que los estudiantes alternan entre las aulas de una escuela de formación profesional y la capacitación en el puesto de trabajo en las empresas para desarrollar habilidades prácticas. Algunas escuelas de formación profesional pueden incluso otorgar una licenciatura.

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Ahora bien, la mayoría de los chinos no están dispuestos a morder el anzuelo. La tradición confuciana de la sabiduría está muy arraigada: no hay más que ver el sentido de la palabra “estudio”, que en su caracter contiene los trazos que representan la visión, el dinero y el poder. Antiguamente sólo los hijos de las familias ricas podían permitirse hacer el examen para convertirse en funcionarios del emperador. Con la Revolución Cultural, en los años 60 y 70, se clausuraron las universidades. Así que ahora que la clase media china se está enriqueciendo, ¿acaso no querrán todos los padres enviar a sus hijos a la universidad, por mucho que no tenga sentido desde el punto de vista comercial? En China, la formación universitaria no es una inversión; es un bien de lujo.

Desde luego, Pekín podría detener y reducir drásticamente las matrículas universitarias. Pero eso provocaría nada menos que un descontento generalizado en todas las esferas de la sociedad. Por lo tanto, año tras año, el gaokao kabuki seguirá creando una mano de obra cada vez más incompatible con lo que la economía necesita.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Miriam Salazar