Bloomberg Línea — Centroamérica está promoviéndose al mundo a través del aviturismo, un segmento que fusiona la ciencia ciudadana, la protección de ecosistemas y el desarrollo económico local.
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Más que un pasatiempo, esta actividad se ha convertido en un pilar del ecoturismo regional, atrayendo a un consumidor que, según los expertos, gasta entre dos y tres veces más que el turista tradicional y demanda servicios altamente especializados, desde cafés a las cuatro de la mañana hasta guías locales con conocimiento profundo.
En Costa Rica, la observación de aves existe desde los 70 y se fortaleció en los 80, cuando cientos de miles de personas comenzaron a visitar el país atraídos por el quetzal y la combinación de aves de tierras bajas de Caribe, Pacífico, y tierras altas.
Fue junto con Belice uno de los primeros países de la región en acuñar formalmente el ecoturismo, demostrando que el avistamiento de aves podía ser un motor de desarrollo real.
“En la última década, hemos venido profesionalizando el sector. Creamos una oenegé que se llama la Mesa Nacional de Aviturismo y desde la academia, desde las universidades públicas, también hemos venido desarrollando investigación y proyectos que involucran ciencia ciudadana y formación, así como el uso de herramientas digitales”, dijo Sergio Arias, CEO y fundador de Costa Rica Birding & Birdwatching Centroamérica a Bloomberg Línea.
A la fecha, más de 6.000 costarricenses y residentes practican la observación de aves como hobby, además unas 200.000 personas viajan al país exclusivamente por este motivo, y 700.000 turistas incluyen al menos una jornada de avistamiento en su itinerario.
En el territorio costarricense, los “clásicos” o mecas del aviturismo siguen siendo Sarapiquí, Monteverde, San Gerardo de Dota y la zona del Parque Nacional Carara en el Pacífico Central, que se suman a otros sitios emergentes. “Caño Negro es una zona espectacular con grandes oportunidades. También Bijagua de Upala, la zona de Bahía Ballena, popular para la observación de cetáceos, ballenas y delfines, y el Valle del General”, dijo Arias.
Sitios imprescindibles
El desafío regional ahora es canalizar a estos turistas especializados. Arias dijo que la clave es pensar en “multidestino”, un concepto que se intentó lanzar en 2017 con el Central America Birding Trail, pero que se enfrió por la pandemia.
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“Ningún país de Centroamérica compite entre ellos. Costa Rica no es mejor que Honduras, ni que Belice, ni Guatemala es mejor que El Salvador o que Nicaragua o que Panamá, sino que somos países complementarios”, agregó Arias.
Para Oliver Komar, ornitólogo y profesor de la Universidad Zamorano, parte de esa promoción que necesita la región centroamericana radica en generar confianza para que el turista se anime a vivir la experiencia en persona.
La ruta se extiende hacia Panamá, con The Canopy Family, ubicados en algunas de las zonas más biodiversas del país canalero.
En Honduras, el especialista resaltó The Lodge at Pico Bonito, “donde no solamente tienen un jardín que atrae muchos pájaros, sino un servicio muy bueno, excelente comida y hospedaje”, así como el Lago de Yojoa, donde “siempre hay una gran cantidad de aves en la orilla”.
En Guatemala, Komar destacó el entorno del Parque Nacional Tikal, sumado a las zonas altas de Huehuetenango y el lago de Atitlán, refugio de especies endémicas y altamente buscadas como el pavo de cacho y el chipe de cabeza rosada. En El Salvador, las joyas se encuentran en los parques nacionales Montecristo y El Imposible; y de Nicaragua, la finca agroecológica Selva Negra, pionera del turismo sostenible.
“Belice es un caso interesante, porque prácticamente todo el país es bueno para ver aves. Es pequeño y uno puede fácilmente ir del sur al norte de este oeste y cubrirlo todo en una visita. El truco es contratar un guía por algunos días y discutir qué tipo de aves espera ver”, dijo Komar.
El potencial de la región quedó evidenciado en la segunda edición del Centroamérica Big Day, una iniciativa de la Agencia de Promoción Turística de Centroamérica (CATA).
El evento de marzo movilizó a más de 700 observadores directos en la región, superando por mucho los resultados del año anterior. Durante la jornada, se registraron más de 850 especies de aves en la plataforma eBird a partir de 824 listas de observación, mientras que en iNaturalist se documentaron 445 especies mediante 1.748 fotografías.
Entre los registros destaca el del Resplendent Quetzal fotografiado por Mayron Mejía en el Parque Nacional La Tigra, Honduras, a pocos kilómetros de la capital; el descubrimiento de una nueva localidad para el raro tecolote barbudo en Guatemala por Daniel Mérida; y la fotografía del endémico Guardabarrancos Picudo en Nicaragua por Karen Nadezka.
Conservación de los bosques
Más allá de las cifras de turismo y ocupación hotelera, el auge del aviturismo en Centroamérica está obligando a la región a dimensionar el valor ecosistémico de las aves.
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Para Komar, “el aviturismo es una estrategia idónea para el desarrollo sostenible, ya que fomenta la protección de los recursos naturales y contribuye a las economías locales”.
Las aves dispersan semillas permitiendo la regeneración de los bosques y la polinización de flores. Además, su observación ha sido comprobada científicamente como una actividad que reduce el estrés y mejora la salud mental, según hallazgos de la revista Scientific Reports.
Pero su valor trasciende las fronteras locales. Un estudio reciente de la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre (WCS) y el Laboratorio de Ornitológica de Cornell reveló que los Cinco Grandes Bosques de Centroamérica (Selva Maya, Moskitia, Indio Maíz-Tortuguero, La Amistad y Darién) son “líneas de vida” insustituibles para las aves migratorias de Norteamérica.
El análisis, basado en millones de datos de ciencia ciudadana, demostró que estos bosques albergan entre una décima parte y casi la mitad de las poblaciones globales de 40 especies migratorias. Por ejemplo, más de un tercio de los chipes de Kentucky y casi una cuarta parte de los zorzales de madera y chipes alirrufos pasan el invierno allí.
Además, más del 40% de la población global del chipe cerúleo —una especie que ha disminuido en un 70% desde 1970— utiliza estos bosques durante su migración primaveral.
Sin embargo, la deforestación, impulsada principalmente por la ganadería ilegal, ya ha consumido millones de acres en la región.
Al respecto, según Komar, en la medida en que las personas reconozcan el valor de los bosques, en lugar de eliminarlos para actividades agropecuarias, tenderán a respetar más el entorno natural, incluso sin recibir un beneficio directo. En ese sentido, actividades como visitar el bosque, observar aves o tomar fotografías “son una forma de lograr la conservación de los recursos naturales”.