Bloomberg Línea — A las 07:00, cuando el Mercado de Las Pulgas comienza a llenarse de compradores y vendedores, un hombre de 38 años ya está en su puesto. Sobre la calle lleva dólares, bolívares y pesos colombianos. También recibe euros, aunque dice que llegan con mucha menos frecuencia.
Su jornada terminará unas 12 horas después. Durante ese tiempo comprará y venderá divisas, cambiará billetes de distintas denominaciones, recibirá transferencias y, cuando haga falta, reparará dólares deteriorados que otros comercios ya no quieren aceptar.
“Somos cirujanos en eso de arreglar los billetes”, dice en conversación con Bloomberg Línea.
En la ciudad de Maracaibo, en el estado Zulia, al norte de Venezuela, los llaman peseros. En términos financieros, son pequeños dealers de divisas que operan fuera de las casas de cambio tradicionales: compran y venden monedas por cuenta propia y obtienen su margen de la diferencia entre ambos precios.
En Las Pulgas, uno de los mayores mercados populares de la ciudad, forman parte de una economía paralela que lleva más de una década funcionando a plena vista.
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Algunos comerciantes llaman al lugar el “Banco Central de Las Pulgas”. No porque exista allí una institución financiera, sino porque dentro de este enorme mercado se cruzan distintas monedas, referencias de precios y formas de pago. El dólar convive con el bolívar y el peso colombiano circula con especial fuerza por la cercanía con Colombia.
“Aquí hay más dólares que en Estados Unidos”, dice el hombre, al que llamaremos José para proteger su identidad. La frase es una exageración, pero describe la escena que él asegura ver todos los días.
¿Un dólar no siempre vale lo mismo?
José lleva siete años dedicado al cambio. Dice que actualmente recibe dólares en efectivo alrededor de los 950 bolívares y que puede ofrecer una cotización diferente cuando la operación se hace mediante pago móvil, un sistema de pagos interbancarios inmediatos que permite transferir bolívares entre cuentas de distintos bancos en segundos. Para el peso colombiano, habla de unos 3.700 bolívares por dólar, dependiendo de la operación.
Su margen, explica, está en unos pocos puntos. “Nosotros vendemos, nos ganamos cuatro o cinco punticos y damos un precio accesible”, cuenta.
La diferencia parece pequeña. Pero en un negocio donde una operación puede ser de US$20 y otra de US$1.000, esos puntos se acumulan durante toda la jornada.
El precio tampoco aparece de la nada. José observa otras referencias, entre ellas el mercado P2P de Binance, y compara lo que están ofreciendo otros operadores. “Prácticamente nosotros vendemos como está Binance y vendemos tres puntitos más de Binance”.
Su descripción muestra una de las particularidades del mercado cambiario venezolano: el dólar puede tener varias referencias de precio al mismo tiempo. El 24 de septiembre, el Banco Central de Venezuela fijaba la tasa oficial en 854,46 bolívares por dólar, mientras que en el mercado P2P de criptomonedas el USDT se movía en torno a los 960-970 bolívares durante distintas jornadas de septiembre.
No se trata exactamente del mismo activo ni de operaciones equivalentes: el USDT es una stablecoin y no un billete de dólar. Pero su cotización en el mercado P2P funciona para particulares y comercios como una referencia para aproximarse al valor de la divisa estadounidense. Es también una de las referencias que José mira antes de decidir cuánto pagar y cuánto cobrar.
La distancia entre esas referencias, además, ha cambiado durante el año. La brecha cambiaria se estrechó durante 2026, después de haber alcanzado niveles cercanos al 40%, en un contexto de mayor oferta de divisas por parte del Banco Central de Venezuela y un ajuste más acelerado de la tasa oficial. El diferencial llegó a situarse por debajo del 20%, según análisis de Bloomberg Línea.
La reducción de la brecha no significa, sin embargo, que hayan desaparecido las diferencias entre los mercados. La oferta de dólares, la liquidez, la demanda y la velocidad a la que se mueve el tipo de cambio oficial siguen determinando cuánto vale una divisa dependiendo de dónde y cómo se negocie.
Para un pesero, esa diferencia no es una discusión macroeconómica. Es parte del negocio. José observa las distintas referencias, calcula unos pocos puntos de margen y decide cuánto puede pagar por un dólar en efectivo, cuánto ofrecer por una transferencia o cuánto entregar a alguien que solo necesita cambiar US$20 de un billete de US$100.
“Nosotros vendemos, nos ganamos cuatro o cinco punticos y damos un precio accesible”, cuenta.
Vivir con varias tasas
La multiplicidad cambiaria no comenzó con Binance. Ni tampoco con José y sus decenas de compañeros. Durante años, Venezuela operó con sistemas oficiales que establecían diferentes mecanismos y referencias para acceder a divisas.
En 2018, por ejemplo, el gobierno chavista unificó los tipos de cambio oficiales DIPRO y DICOM, dejando a DICOM como referencia para los distintos sectores de la economía. Ese mismo año sustituyó el bolívar fuerte por el bolívar soberano en una reconversión de 100.000 a uno.
El Fondo Monetario Internacional ha documentado la coexistencia durante años de tasas oficiales y paralelas en Venezuela y la enorme depreciación del bolívar durante el período de hiperinflación.
La economía fue cambiando mientras el dólar ganaba espacio en las transacciones cotidianas. Pero Venezuela no adoptó formalmente al dólar como moneda oficial. El bolívar continúa siendo la moneda nacional.
Lo que ocurrió fue diferente: el dólar empezó a circular cada vez más como unidad de referencia, medio de pago y reserva de valor para hogares y empresas, mientras el bolívar seguía siendo necesario para una parte importante de las operaciones.
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José lo resume de una manera mucho más sencilla. “Esto está dolarizado, pero sin un gobierno que dé un dólar.”
No habla de una dolarización formal. Habla de los dólares que llegan desde las familias. “Tenés una tía, tenés una prima, te envía uno, te envía el otro. Estamos en frontera, que caen pesos y las remesas para acá y vienen remesas para allá”.
Es ahí donde Las Pulgas se convierte en algo más que un mercado de mercancías. Es también un punto de encuentro para monedas que llegan desde distintos lugares y necesitan convertirse rápidamente en dinero utilizable.
Confianza entre los lugareños
José dice que atiende entre 15 y 25 personas en un día, aunque la cantidad depende del movimiento del mercado. Hay clientes que llegan a cambiar US$500 ó US$1.000. Otros necesitan mucho menos.
Una de las escenas que más recuerda es la de mujeres mayores que llegan con un billete de US$100 y le piden cambiar solamente US$20. “Yo le doy los 80 de vuelto”, dice.
El negocio, asegura, también está basado en la confianza. Algunos clientes llevan cuatro o cinco años recurriendo a él. Llegan, dicen cuánto necesitan y esperan que la operación se complete. “Esto es una rutina”.
En su área trabajan cuatro o cinco peseros. Más adentro del mercado, dice, hay zonas donde se concentra una mayor cantidad de operadores y aparecen otras plataformas y modalidades de pago.
El sistema tiene sus propias reglas. Cada operador conoce a sus clientes. Cada cliente conoce a su cambiador. Y entre ellos existe una competencia que, según José, no suele convertirse en enfrentamiento.
Al ritmo de la frontera
La ubicación de Maracaibo ayuda a explicar la presencia del peso colombiano en Las Pulgas.
El comercio, las relaciones familiares y los movimientos de personas entre Venezuela y Colombia hacen que el peso forme parte de la vida económica del Zulia de una manera distinta a otras regiones del país.
José dice que trabaja principalmente con dólares y pesos colombianos. El euro aparece de manera ocasional. El inventario cambia durante el día, y también cambia el precio.
Pero el principio permanece: comprar una moneda, venderla por otra y quedarse con una pequeña diferencia. “Recoger US$100 no es fácil”, dice.
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La frase resume la escala de su negocio. No es un operador financiero con grandes posiciones de mercado. Es un trabajador que pasa el día acumulando pequeñas diferencias entre operaciones.
José, que estudió parte de la carrera de Administración, calcula que puede ganar alrededor de US$400 al mes, aunque no quiere entrar en detalles sobre sus ingresos. Tiene dos hermanos que viven en Estados Unidos, uno en Colorado y otro en Houston, pero él sigue en Las Pulgas. “Yo no he querido irme de Venezuela, y esto se va a poner mejor. Ojalá que dolaricen y podamos formalizarnos”.