Gracias a quién es el optimismo de los consumidores colombianos: ¿Petro o el fin de su Gobierno?

El optimismo de los hogares colombianos sigue en ascenso: la confianza del consumidor alcanzó su nivel más alto en 10 años, impulsada por una mejor percepción de la situación económica actual y expectativas más favorables hacia el futuro.

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Bloomberg Línea — La confianza del consumidor en Colombia atraviesa uno de sus mejores momentos en más de una década. Los indicadores muestran un repunte fuerte y sostenido, que contrasta con el tono pesimista que dominó buena parte del debate económico durante los primeros años del actual Gobierno.

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El fenómeno ha reavivado una pregunta incómoda y políticamente sensible: ¿ese optimismo responde a la gestión del presidente Gustavo Petro o, por el contrario, a factores económicos que poco tienen que ver con la Casa de Nariño, e incluso con la expectativa de que su mandato se acerque a su fin?

Según la Encuesta de Opinión del Consumidor (EOC) más reciente publicada por Fedesarrollo, el Índice de Confianza del Consumidor (ICC) en Colombia alcanzó un balance de 19,9% en diciembre de 2025, lo que representa un aumento de 2,9 puntos porcentuales frente a noviembre de 2025 (17,0 %).

Este nivel positivo no solo confirma la continuación de la tendencia al alza observada durante el segundo semestre del año, sino que también sitúa al indicador en su nivel más alto en más de una década, tras una serie sostenida de mejoras en las percepciones sobre la situación económica actual y las expectativas a futuro de los hogares.

Los analistas coinciden en un punto central: la narrativa de una confianza elevada durante toda la administración Petro no se sostiene con los datos.

Realmente la confianza del consumidor sí tuvo un punto muy bajo en el primer semestre de 2023”, recuerda Andrés Langebaek, director de Estudios Económicos de Grupo Bolívar.

En ese momento, la economía apenas crecía 0,6%, el Banco de la República mantenía su tasa de política en 13,25% y la cartera de consumo de los bancos registraba crecimientos negativos. “Entonces, no es cierto que la confianza haya estado en buenos niveles durante toda la administración Petro”, subraya.

El punto de quiebre llegó a partir de mayo de 2023. Desde entonces, la confianza inició una trayectoria ascendente que se ha extendido hasta hoy.

Pero atribuir ese giro exclusivamente al Gobierno sería, según Langebaek, una simplificación excesiva. “Hay que recordar que la política económica no la hace solo el Gobierno, sino también el Banco de la República”, explica, y añade que la evolución de las tasas de interés ha sido “en buena medida, responsabilidad del banco central”.

Ese cambio en las condiciones monetarias ha tenido efectos directos sobre el consumo. Langebaek señala que el repunte reciente de la confianza se explica “sobre todo por la mejora en el empleo y por un mayor acceso de los colombianos a bienes durables”, como automóviles, motos, electrodomésticos y celulares.

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La combinación de una tasa de cambio más baja y menores costos de importación ha ampliado el acceso a estos bienes, reforzando la percepción de bienestar.

La inflación aparece como otro factor decisivo. Daniel Velandia, director de Investigaciones Económicas de Credicorp Capital, sostiene que la relación entre confianza y costo de vida es casi mecánica.

Tenemos una gráfica muy clara que correlaciona la confianza del consumidor con la percepción del costo de vida”, basada en encuestas históricas de Invamer. Aunque esa pregunta ya no se publica, Velandia insiste en que “la correlación histórica es muy robusta”. Agrega que ese es otro de los daños que creó “la ley mordaza” una política aprobada en 2025 que hace más estrictos los requisitos para realizar encuestas en el país.

Desde su perspectiva, la caída de la inflación desde niveles de doble dígito hasta cifras cercanas al 5% ha sido clave. “Eso quiere decir que la caída de la inflación ha jugado un rol muy importante”, afirma. Aunque reconoce que la inflación sigue siendo alta, destaca que “en el margen el cambio es considerable y está liberando ingreso disponible”. En términos simples, “la gente siente que tiene más plata en el bolsillo”.

El mercado laboral refuerza ese sentimiento. La baja tasa de desempleo se traduce en mayor estabilidad y disposición a gastar, mientras que el dólar a la baja amplifica el poder adquisitivo.

Existe una correlación elevada entre el tipo de cambio y la confianza del consumidor”, señala Velandia. Un peso revaluado implica precios más bajos y una percepción inmediata de alivio para los hogares.

Desde esta óptica, el componente político pierde relevancia. “No creo que haya un impacto relevante de la política pública ni de las elecciones en este repunte de la confianza”, concluye Velandia. Para él, el fenómeno es “en gran medida, el resultado del trabajo del Banco de la República”.

Alejandro Rojas, economista senior del Banco de Bogotá, coincide en que el trasfondo es eminentemente económico. “La confianza del consumidor ha alcanzado máximos de once años en el último trimestre, con un repunte muy fuerte”, afirma. Ese desempeño se da, según Rojas, en un contexto de condiciones favorables para los hogares, donde el salario, la inflación y el empleo juegan un papel central.

Rojas estima que, con un incremento del salario mínimo cercano al 10% nominal y una inflación alrededor del 5%, el ingreso promedio de los hogares habría aumentado entre 8% y 10% en términos reales.

Hay ganancias claras de poder adquisitivo para un gran número de colombianos”, lo que ayuda a explicar el auge en la confianza. A esto se suma un mercado laboral “cerca de mínimos históricos”, con más personas ocupadas y mejores ingresos.

La caída del dólar también refuerza la percepción de mayor poder adquisitivo, aunque Rojas advierte que no todos los hogares se benefician por igual.

Esa misma caída del tipo de cambio puede afectar los ingresos de los hogares que dependen de flujos en dólares”, como las familias cafeteras, las que reciben remesas o aquellas vinculadas al turismo. Ese efecto, señala, podría empezar a jugar en contra a comienzos del año.

En el plano político, Rojas introduce un matiz interesante. En un país altamente polarizado, la dispersión de las encuestas permite que distintos grupos encuentren sondeos que confirman sus expectativas. “Esa divergencia hace que ambos grupos crean que su candidato va a ganar”, lo que termina siendo favorable para las expectativas y, por ende, para la confianza. Aun así, enfatiza que ese factor es secundario frente al peso del entorno económico.

No todos los analistas ven el panorama con el mismo optimismo de largo plazo. Langebaek advierte que parte del buen momento responde a estímulos transitorios. “Una de las cosas que también está mejorando la confianza del consumidor es el fuerte aumento del gasto público”, señala. Para los hogares, ese gasto se percibe de manera concreta, por ejemplo, cuando “a un familiar le dieron un puesto en determinada entidad del Estado”.

El problema, según Langebaek, es que los indicadores de confianza “responden a percepciones muy básicas y no reflejan pensamientos sofisticados sobre la sostenibilidad de la situación”.

El gasto público tiene un efecto expansivo de corto plazo, pero sus costos —mayor deuda y presión sobre las tasas de interés— no siempre se asocian de forma inmediata. “Habrá que ver qué tan sostenible es ese impulso, dada la trayectoria de la deuda”, advierte.

El salario mínimo introduce otro foco de incertidumbre. Aunque mejora el ingreso de quienes conservan su empleo, Langebaek alerta sobre efectos adversos en el mercado laboral. “Este aumento ha tenido un traumatismo fuerte en términos de reducción de empleo”, asegura, y anticipa que “al menos unas 280.000 personas van a perder su empleo” como consecuencia del ajuste.

Desde una mirada más estructural, Alberto Bernal, jefe de Estrategia Global de XP Investments, atribuye el repunte del consumo a factores como “la bonanza cafetera, el nivel de remesas y el crecimiento del turismo”, además del efecto irrigador de proyectos como el metro de Bogotá.

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Sin embargo, lanza una advertencia clara: “la economía colombiana está creciendo sin inversión privada, y eso no es sostenible en el tiempo”.

En conjunto, el optimismo del consumidor colombiano parece menos una evaluación del rumbo político y más una respuesta pragmática a variables tangibles: inflación más baja, empleo sólido, salarios al alza y un dólar barato. Si ese ánimo se mantendrá dependerá no solo de quién gobierne, sino de qué tan duraderos resulten esos vientos económicos favorables.