Bloomberg Línea — El presidente Gustavo Petro, su ministro de Hacienda, Germán Ávila y el codirector del Banco de la República, César Giraldo, han insistido en que no existe una relación directa entre el salario mínimo y la inflación.
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Tras decretar un aumento del 23% para 2026, el mandatario aseguró que los precios no reaccionaron al alza y presentó ese resultado como prueba de que los temores inflacionarios eran infundados. Esa misma tesis ha sido defendida desde el MinHacienda y reforzada recientemente por Giraldo desde la Junta del Emisor.
“Las cosas son más complejas que una relación mecánica de salario mínimo e inflación. Es sano que el país analice estos temas en su complejidad para no caer en afirmaciones simplistas que lo que hacen es empobrecer el debate”, afirmó César Giraldo en un documento compartido con periodistas por parte de la oficina de prensa del Ministerio de Hacienda.
En su análisis, el codirector del Banco de la República sostiene que no es evidente que un incremento del salario mínimo aumente la inflación y que, incluso, al observar series históricas, “cuando el salario mínimo real aumenta la inflación baja”.
No obstante, el propio Giraldo advierte que esas correlaciones son estadísticamente débiles y que no permiten concluir una relación causal en ningún sentido.
Para el economista, tanto quienes afirman que el salario mínimo eleva la inflación como quienes sostienen lo contrario incurren en el mismo problema: la ausencia de variables relevantes en el análisis.
Giraldo enfatiza que la inflación responde a múltiples factores: condiciones de oferta, comportamiento del gasto, cantidad de dinero en circulación, tasa de cambio, precios regulados y la inercia inflacionaria.
En el caso colombiano, señala que la inflación ha venido descendiendo porque aumentó la producción de alimentos, el dólar se ha abaratado, la política monetaria es restrictiva y el Gobierno ha controlado precios que administra, además de la tendencia descendente que se observa desde 2022.
Sin embargo, desde la industria financiera se plantea que esta lectura omite una parte relevante del impacto del aumento del salario mínimo, especialmente cuando se analiza más allá del dato agregado de inflación.
Un informe de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (ANIF), titulado “Lo que no se cuenta sobre el incremento del salario mínimo 2026”, expone que los efectos del aumento no son homogéneos ni inmediatos, y que su transmisión se concentra en sectores específicos de la economía.
Esta visión es consistente con lo señalado por Alejandro Rojas, economista senior del Banco de Bogotá, quien advierte que el error conceptual está en analizar el impacto únicamente en el agregado del IPC.
El economista reconoce que hay múltiples rubros de la inflación en donde el salario mínimo no tiene una relación directa, porque pesan más otros costos como capital o arriendos. Sin embargo, es enfático en que el vínculo aparece con claridad en un componente específico.
“Si uno va y mira el componente en particular de inflación de servicios, excluyendo el tema del arriendo, sí se ve una relación estrecha, y se ve una relación muy clara entre salario mínimo e inflación de ese componente que pesa cerca del 26% del IPC”, explicó Rojas.
El Gobierno justificó el incremento bajo el concepto de “salario mínimo vital”, inspirado en una metodología de la OIT.
No obstante, ANIF señala que este enfoque no se apoyó en la metodología tradicional basada en inflación y productividad, y que el documento de referencia “genera preguntas metodológicas”.
Uno de los principales puntos del análisis es que el aumento del salario mínimo afecta de manera desproporcionada a sectores con alta informalidad e intensidad en mano de obra, como agricultura, actividades artísticas, alojamiento y servicios de comida.
En estas actividades, una parte significativa de los trabajadores formales gana exactamente un salario mínimo, mientras que una proporción aún mayor se ubica por debajo de ese umbral.
Dice ANIF, en sectores como agricultura, más del 37% de los trabajadores formales devenga un salario mínimo, y más del 75% de los ocupados totales recibe ingresos inferiores a ese nivel.
En ese contexto, un aumento elevado del mínimo incrementa de forma casi inmediata los costos laborales, limitando la capacidad de las empresas para absorberlos vía productividad.
El informe también documenta un cambio en la composición del empleo desde el primer semestre de 2023.
En varios sectores, las horas trabajadas se mantienen estables, pero aumenta la proporción de trabajadores que gana menos del salario mínimo, lo que sugiere un desplazamiento hacia empleos de menor remuneración.
ANIF advierte que este fenómeno coincide con la reducción gradual de la jornada laboral, implementada desde 2023, que ha elevado automáticamente el costo por hora trabajada.
En términos de inflación, el análisis es explícito: las presiones más claras se concentran en los servicios intensivos en mano de obra.
Restaurantes, vigilancia, transporte, salud privada, peluquerías, cuidado de personas y apoyo en labores domésticas enfrentan mayores costos salariales que tienden a trasladarse a los precios finales.
ANIF aclara que el ajuste no es necesariamente proporcional al aumento del salario mínimo, pero sí suficiente para acelerar la inflación frente a 2025.
Rojas agrega que factores como la apreciación del peso, que superó el 16% en 2025, pueden contrarrestar el efecto del aumento salarial en algunos bienes, especialmente en los transables. No ocurre lo mismo con los servicios no transables. “Un corte de cabello, ahí la tasa de cambio no tiene tanto impacto, es ahí donde uno sí puede ver el tema de salario mínimo”, precisó.
Insiste en que la ausencia de una transmisión uno a uno no implica que no exista relación, sino que depende del contexto macroeconómico.
En un escenario de depreciación cambiaria o choques climáticos, el traspaso a precios sería mucho más evidente. Por eso, advierte que mirar sólo el dato agregado conduce a conclusiones incompletas.
El informe de ANIF refuerza esta idea al mostrar que las pequeñas y medianas empresas concentran la mayor proporción de trabajadores que ganan entre uno y 1,2 salarios mínimos, lo que implica que el aumento del 23% se traduce en un choque de costos para casi la mitad de su nómina.
En contraste, las empresas grandes tienen una estructura salarial menos dependiente del mínimo.
En sus consideraciones finales, ANIF concluye que, aunque el objetivo de aumentar los salarios es compartido, los incrementos sostenibles requieren mejoras en productividad, capital humano y tecnología.
De lo contrario, el ajuste puede derivar en menor creación de empleo formal, mayores presiones inflacionarias y un entorno monetario más restrictivo.
Así, mientras desde el Gobierno y Giraldo se subraya la complejidad del fenómeno para descartar una relación automática entre salario mínimo e inflación, desde la industria financiera se insiste en que esa misma complejidad exige mirar los efectos sectoriales, temporales y distributivos que no se reflejan de inmediato en el IPC agregado, pero que terminan moldeando el mercado laboral y los precios que enfrentan los hogares.
Rojas ilustra ese punto con una comparación directa entre Colombia y México, utilizada con frecuencia por quienes defienden los fuertes incrementos del salario mínimo.
Quienes defienden ese punto, explica, aseguran que allí se ha subido el salario mínimo con fuerza sin que ello implique una inflación más alta, con lo cual dan por hecho que “no hay relación estrecha”.
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Pese a ello, aclara que al mirar el detalle aparecen otros factores que alteran esa lectura. Según indica, en México el Gobierno redujo impuestos indirectos sobre algunos bienes, como el IVA, lo que permitió contener los precios finales pese al aumento de los costos laborales.
“Por un lado tienen presión de costos, pero el consumidor no los ve porque le están bajando la tarifa que pagaba antes por un bien”, afirma.
Para Rojas, ese tipo de medidas fiscales rompen la aparente relación entre salarios y precios, sin que ello implique que el vínculo no exista.
En ausencia de esos amortiguadores, advierte, la transmisión del salario mínimo a la inflación sería mucho más evidente, razón por la cual insiste en que el análisis no puede hacerse en el agregado ni extrapolando experiencias internacionales sin considerar sus condiciones específicas.