La decisión del secretario del Tesoro, Scott Bessent, de unirse a Japón para respaldar al yen fue la primera intervención conjunta de este tipo en décadas y tomó por sorpresa a los inversionistas. Hay argumentos de peso a favor de una cooperación de este tipo: tanto Estados Unidos como Japón pueden beneficiarse de ella, al menos durante un tiempo.
Pero esta política no aborda el problema de fondo y podría fácilmente resultar contraproducente, sobre todo porque involucraría a la Reserva Federal en la política cambiaria en un momento particularmente delicado.
En los últimos meses, el yen ha caído a su nivel más bajo frente al dólar en 40 años. Esto se debe en parte a la creciente preocupación por la inflación, agravada por la depreciación de la moneda (en un círculo vicioso ya conocido). Apoyar al yen alivia la presión sobre los precios y ayuda a estabilizar los mercados de divisas. Sin embargo, si Japón actuara por su cuenta, necesitaría comprar yenes con dólares de sus reservas. Esto implicaría vender bonos del Tesoro estadounidense y elevar las tasas de interés del dólar.
Por muy deseable que pueda resultar la estabilización del yen tanto para EE.UU. como para Japón, Bessent no quiere que el costo de los préstamos resulte más elevado para los estadounidenses. Espera intervenir sin provocar este daño colateral y con la posibilidad, tal y como han señalado tanto él como la Casa Blanca, de obtener un beneficio económico inesperado.
La semana pasada, Estados Unidos adquirió yenes con euros procedentes del Fondo de Estabilización Cambiaria del Tesoro, lo que redujo el riesgo de que se produjeran presiones al alza sobre los rendimientos de los bonos del Tesoro y a la baja sobre el dólar.
La originalidad de esta maniobra tiene una ventaja adicional: cuanto más sorprendidos se queden los inversionistas, más cautelosos serán a la hora de vender en corto el yen. En un primer momento, la intervención no solo frenó la caída de la divisa, sino que también la hizo repuntar, generando al menos un beneficio temporal.
Bessent, un experimentado operador macro, tuvo un éxito similar con el plan del año pasado para respaldar el peso argentino. El peligro es que la intervención cambiaria rara vez es más que un parche temporal.
Mantener tales medidas puede complicarse con rapidez y resultar costoso, una vez que los inversores se vuelven escépticos. Aún peor, puede debilitar la confianza en la política económica general, con implicaciones potencialmente nefastas para los costos de financiación a largo plazo.
Seguramente no hace falta recordar estos riesgos al secretario del Tesoro: en una etapa anterior de su carrera, ayudó a amasar una fortuna apostando a la baja por la libra esterlina, a pesar de los grandes esfuerzos del Reino Unido por defenderla.
Bessent está preparando otras herramientas de intervención.
En particular, quiere ampliar el Mecanismo de Recompra de la Fed (FIMA, por sus siglas en inglés) y usarlo para prestar más dólares a Japón para la compra de yenes.
En teoría, la Reserva Federal no debería tener objeción: en materia de política cambiaria, espera seguir las directrices del Tesoro. Aun así, recurrir a un FIMA ampliado afectaría a las tenencias de deuda pública del banco central, amenazando con difuminar aún más la línea entre la política monetaria y la fiscal.
Dado que los inversionistas buscan garantías de que la Fed y su nuevo presidente, Kevin Warsh, actuarán de forma independiente de la Casa Blanca en materia de política monetaria, el momento elegido resulta preocupante.
En cualquier caso, la única forma segura de aliviar la presión sobre el yen es que Japón aborde las preocupaciones sobre la inflación y el endeudamiento público. Eso supone frenar los planes de una mayor flexibilización fiscal o subir las tasas de interés a corto plazo.
Entre tanto, una intervención cambiaria con el apoyo de EE.UU. puede ayudar, con suerte, sin que aumenten los rendimientos de los bonos estadounidenses, e incluso generando beneficios.
Sin embargo, el comercio de divisas no puede sustituir a una política sólida y estable. Si se ignora esa lección durante demasiado tiempo, las consecuencias para todas las partes implicadas podrían ser devastadoras.
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