La IA está haciendo que las relaciones humanas sean más valiosas que nunca

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La tecnología cambia lo que valoramos, a menudo de maneras que no prevemos.

Esta podría ser una de las consecuencias económicas más importantes de la revolución de la inteligencia artificial.

Internet hizo que la información fuera abundante. Las redes sociales permitieron conectar con casi cualquier persona. La IA ahora hace que las experiencias digitales sean más baratas, rápidas y fáciles de producir. La consecuencia puede ser paradójica: a medida que crece la abundancia digital, las experiencias físicas que la tecnología no puede replicar fácilmente adquirirán mayor valor.

Este patrón no es nuevo. Cada avance genera nuevas posibilidades, y nuevos problemas, que inspiran a la siguiente generación de emprendedores a construir lo que vendrá después. Los ferrocarriles de finales del siglo XIX conectaron el país de maneras antes inimaginables, pero aislaron a quienes vivían lejos de las vías. La industria automotriz surgió para dar servicio a las personas que los ferrocarriles dejaron atrás.

Un ciclo similar está en marcha hoy en día, pero esta vez el recurso escaso es la conexión humana.

Mi trayectoria profesional se ha caracterizado por el deseo de crear conexiones. Esa era nuestra razón de ser en AOL: conectar a las personas con la información y entre sí de maneras antes imposibles. Lo logramos. Pero a medida que internet evolucionó, la naturaleza de esas conexiones cambió. Las plataformas de redes sociales comenzaron a seleccionar las experiencias mediante algoritmos diseñados para predecir la interacción. La idea era que, al filtrar el ruido, se podía conectar con innumerables personas que compartían intereses y puntos de vista. Pero esto tuvo consecuencias imprevistas. Perdimos oportunidades de conectar profundamente con las personas que más nos importan y nos privamos de la casualidad de conocer gente fuera de nuestras burbujas informativas.

En la economía de la comodidad existe la misma disyuntiva. Cuando tenía veintitantos años, era difícil conseguir una cena a domicilio a menos que fuera pizza. Hoy en día, una aplicación puede llevar casi cualquier comida a tu puerta en cuestión de minutos. Eso es genial, pero también significa que es menos probable que te conviertas en cliente habitual del restaurante de la esquina y conozcas a tus vecinos. Comodidad y conexión no son lo mismo.

A principios de la década de 1980, el futurista John Naisbitt bautizó esta dinámica como “alta tecnología/alta interacción humana”. Según él, cuanta más tecnología incorporamos a nuestras vidas, mayor es nuestra necesidad de una respuesta humana que la contrarreste. Esta idea cobra nueva relevancia en la era de la inteligencia artificial.

La IA puede resumir casi cualquier tema, generar imágenes en segundos y realizar cada vez más tareas que antes requerían la intervención humana. El mundo digital avanza hacia una abundancia extraordinaria. Pero la abundancia modifica los valores. Cuando la información es escasa, pagamos por el criterio y la confianza. Cuando el entretenimiento está disponible a la carta, buscamos eventos que nos motiven a salir de casa. Cuando cualquier lugar del mundo puede explorarse virtualmente, estar allí en persona cobra mayor significado.

El cambio ya es visible. Uno de los servicios de National Geographic con mayor crecimiento son los viajes de expedición. Los parques temáticos de Walt Disney Co. (DIS) siguen atrayendo multitudes récord, a pesar de que su servicio de streaming podría ocupar todo el tiempo del mundo. Los aficionados llenan estadios y pabellones para escuchar canciones que han reproducido cientos de veces en Spotify, no por la música en sí, sino por la oportunidad de vivirla juntos. El Mundial de este verano ilustró esta tendencia a la perfección. Para millones de personas, se convirtió en una experiencia colectiva, vista en conjunto en parques y plazas públicas. Buscábamos la conexión que surge al vivir algo significativo en tiempo real.

Travis Kalanick, cofundador de Uber, recaudó recientemente US$1.700 millones para Atoms, una empresa de IA industrial. Su lema es contundente: “La tierra lo es todo”. La IA puede aumentar la productividad de los activos físicos, pero no puede incrementar la abundancia de tierras, fábricas o infraestructuras del mundo real. La misma lógica se aplica a los lugares y experiencias que la tecnología puede mejorar, pero no reemplazar. Bernard Arnault, de LVMH, también reconoce que la atención se ha desplazado de la posesión de productos a la valoración de experiencias, invirtiendo fuertemente en propiedades hoteleras. De manera similar, Barry Diller busca adquirir MGM Resorts, en parte porque ofrece activos del mundo real y experiencias físicas que la IA no puede alterar fácilmente.

Dado que los consumidores valoran las experiencias que requieren su tiempo y presencia física, los emprendedores tienen la oportunidad de crear lugares, negocios y experiencias que la tecnología no puede reproducir fácilmente. La próxima gran ola de innovación quizás no consista en hacer que el mundo físico se parezca más al digital, sino en despertar en nosotros el deseo de regresar a él.

Steve Case es CEO de Revolution, empresa que invierte en startups de todo el país, y dirige Revolution Places, su plataforma inmobiliaria y hotelera. Es presidente de Exclusive Collective, empresa matriz de Exclusive Resorts, onefinestay e Inspirato, y cofundador y exdirector ejecutivo de AOL.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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