Las manos humanoides son la prueba definitiva contra la exageración de la IA física

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A pesar de la enorme expectación y los llamativos videos de demostración, el auge de la robótica humanoide aún se enfrenta a numerosos desafíos. Para empezar, su utilidad es algo que intentan demostrar. Las escaleras pueden ser un obstáculo insidioso. Incluso el Papa ha expresado su preocupación por la posible amenaza que representan para el sustento de las personas.

No obstante, en la Humanoids Summit (Cumbre de humanoides) celebrada en Tokio la semana pasada, el optimismo tecnológico frente a un futuro en el que todos interactuemos con máquinas creadas a nuestra imagen y semejanza era contagioso.

Robots bípedos se paseaban por la sala de exposiciones, otros servían dulces en platos de porcelana y máquinas con forma de niño saludaban a los visitantes.

Se trataba de un anticipo a un mercado que, según las previsiones de Morgan Stanley, con el tiempo podría duplicar el tamaño de la industria automovilística, alcanzando los US$5 billones en 2050, con más de mil millones de humanoides operativos.

Aunque ya es innegable que el auge de los humanoides tiene piernas, la verdadera prueba ahora es si tiene dedos.

Uno de los mayores retos técnicos de la robótica es replicar el milagro cotidiano que es la mano humana. Sin siquiera pensarlo, conocemos la presión que hay que ejercer para romper un huevo, atarnos los cordones de los zapatos o martillar un clavo.

“La destreza continúa siendo el principal escollo”, explicó James Wells, CEO de Sanctuary AI, con sede en Vancouver, durante la cumbre celebrada en Tokio. “La mano humana es una auténtica maravilla”, una herramienta de uso general para toda la economía mundial.

Por eso también las demostraciones de concepto menos vistosas pueden ser más importantes que las que se hacen virales.

Un investigador de Toyota Motor Corp. inició su ponencia con videos de robots que juegan al baloncesto y que cautivaron al público, pero instó a los asistentes a no limitar su visión de la empresa automovilística a estas demostraciones.

Takahide Yoshiike, ingeniero jefe de la unidad de robótica de Honda Motor Co. y pionero en robots humanoides desde la era de ASIMO, explicó que las manos y los dedos son la clave para que los robots puedan ser útiles para la sociedad.

La compañía presentó una demostración de una nueva mano robótica capaz de realizar tareas delicadas, como enhebrar una aguja y apretar tornillos diminutos. Esas habilidades, menos llamativas que el baile o el kung fu, podrían ser las que, en definitiva, decidan el futuro de los robots humanoides.

El sector lo sabe. Nada menos que media docena de intervenciones en la cumbre se centraron en los aspectos técnicos de la creación de manos para máquinas.

La destreza es el “último obstáculo de la automatización”, afirmó Junghee Ryu, fundador y CEO de RLWRLD, una empresa de IA física con sede en Seúl. Y tiene razón: aunque gran parte de la industria ya se ha automatizado, la última y más difícil parte del trabajo sigue dependiendo de las manos humanas. Según los cálculos de Ryu, solucionar este problema podría suponer un valor de US$4 billones.

Los datos son uno de los obstáculos. Los grandes modelos lingüísticos (LLM), que sustentan el actual frenesí por la IA, se entrenan con ingentes cantidades de texto extraído de internet.

Aunque eso ayuda a las máquinas a comunicarse de una forma que suena humana, no les enseña a moverse con seguridad en el impredecible mundo real. Para ello, los robots necesitan datos especializados sobre presión, fuerza, fricción y conocimientos de física.

Esa es la razón por la que se está pidiendo a más trabajadores de fábricas y del sector servicios que lleven dispositivos de captura de datos en el trabajo; están entrenando a las máquinas que algún día podrían sustituirlos.

Esto además ha ayudado a impulsar el auge de los llamados “modelos mundiales”, cuyo objetivo es llenar los vacíos físicos que los modelos lingüísticos no pueden cubrir. Sin embargo, aún nos quedan unos cuantos años, como mínimo, para el “momento ChatGPT” de la IA física.

Otro gran desafío es el tacto. “Ninguna de las soluciones actuales superará la prueba de Turing táctil”, afirmó Leopold Beer, vicepresidente del gigante japonés de semiconductores Renesas Electronics Corp., durante una sesión este viernes.

Un robot destinado a ayudar en una habitación de hospital o en una residencia de ancianos debe saber si está tocando una barandilla de acero, una manta o a una persona. La utilidad y la seguridad dependen de esa capacidad de discernimiento.

Para Japón, esto supone una oportunidad.

China avanza a toda velocidad hacia la industrialización de los humanoides, pero la amplia red de proveedores de Japón y su obsesión por la precisión técnica le brindan una vía creíble para remontar en las partes más difíciles de la cadena: las manos, los accionadores (el músculo del robot que le permite moverse en lugar de permanecer inmóvil), los sensores y los materiales.

En la era de la IA física, argumentó Beer, el cuello de botella no es la inteligencia, sino los sensores, algo en lo que Japón lleva mucho tiempo destacándose.

Perfeccionar las manos robóticas y estudiar la biomimética podría desbloquear formas de automatización más útiles que una máquina andante con rostro. Sin mencionar que podrían tener un doble uso.

Empresas emergentes como Psionic, con sede en EE.UU. (y presente en Tokio esta semana), fabrican manos biónicas tanto para robots como para personas que necesitan prótesis, lo que demuestra cómo esta investigación puede tener múltiples aplicaciones.

Siempre he sido bastante escéptico respecto al avance de los humanoides. Aun así, su atractivo es fácil de comprender: nuestros hogares, fábricas y hospitales se diseñaron en torno al cuerpo humano, por lo que resulta tentador construir máquinas a nuestra imagen y semejanza. Pero la forma humana bípeda también puede ser una trampa de ingeniería limitante.

Nuestro instinto de antropomorfizar la tecnología puede limitar el potencial de los robots. Las máquinas útiles no necesitan rostro (ni mucho menos personalidad; mejor ni hablamos) para aspirar suelos, clasificar la basura o realizar otras tareas tediosas, sucias y peligrosas que todos preferiríamos evitar.

Sin embargo, la mano cambia las reglas del juego.

Unas pinzas mejores y más sensibles, acopladas a máquinas no humanas, cuadrúpedos, herramientas de fábrica e incluso ayudas para el cuidado, por ejemplo, podrían generar un enorme valor económico sin necesidad de que cada robot camine erguido o sonría para un video de demostración.

En última instancia, el sueño humanoide no se juzgará por lo bien que las máquinas nos imiten o si pueden alcanzar sabiduría, sino por aquello que nos atrevamos a dejar que toquen.

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