Hay dos perspectivas desde las que se puede analizar el petróleo y Medio Oriente. Si se analizan cada detalle de los ataques a Irán y sus respuestas, se obtiene un panorama caótico. Es probable que los precios del petróleo suban entre un 10% y un 15% como consecuencia.
Sin embargo, desde una perspectiva más amplia, es decir, analizando la economía global en su conjunto, el panorama energético no parece tan alarmante, incluso si el crudo Brent sube, por ejemplo, a más de US$80 por barril.
Primero, una advertencia obvia. La situación es inestable, y para el mercado petrolero todo depende de cómo responda Teherán a los ataques estadounidenses e israelíes. Pero podemos extraer algunas conclusiones provisionales basadas en la improbabilidad de una crisis petrolera tan grave como la que hemos visto en el pasado, y el buen suministro de barriles de petróleo disponible actualmente.
El mayor temor del mercado es que ambas partes ataquen (o no) la infraestructura energética y el cierre forzoso de las rutas de los petroleros. Ninguna de estas dos cosas ha sucedido. Todavía.
Si situamos la guerra y su probable impacto geopolítico en su contexto histórico, es comprensible que nos invada la ansiedad.
Los estadounidenses y los israelíes lanzaron ataques aéreos coordinados contra Irán, matando al líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y a decenas de otros altos funcionarios.
Irán respondió con una descarga sin precedentes de misiles y drones, que alcanzaron Israel, Jordania, Kuwait, Omán, los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Arabia Saudita y Baréin.
La República Islámica está librando una batalla por su propia supervivencia. Acorralada, Teherán todavía puede usar el petróleo como arma en su última línea de defensa. Es un riesgo enorme.
Ante un contexto económico diferente, se trataría no solo de la madre de todas las crisis petroleras, sino además del resto de la familia.
Es algo digno de Hollywood que, hasta hace solo unos años, habría llevado a predecir que el petróleo se dispararía por encima de su máximo de 2008, hasta alcanzar los US$200 por barril.
Esa situación habría hecho tambalearse a la economía mundial, con una inflación fuera de control que seguramente habría obligado a los bancos centrales a subir las tasas de interés y podría haber provocado el colapso de los mercados financieros.
Está claro que el precio del petróleo va a subir. No obstante, incluso los operadores más optimistas consideran que podría alcanzar los US$100, muy por debajo de los US$139 registrados en 2022 a raíz de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, y del máximo histórico de US$147,50 alcanzado en 2008.
En este contexto, Medio Oriente no parece estar a punto de desencadenar una crisis petrolera. Podría haber alguna fluctuación, quizá algún temblor, e incluso podría ponerse feo, pero la economía no se encamina hacia una recesión como la de 1973-74 tras la primera crisis petrolera, o la de 1990-91 tras la invasión de Kuwait por parte de Sadam Husein.
El motivo principal es el que habrá envalentonado a Trump y a sus estrategas militares: la revolución del esquisto en Estados Unidos, que le da a este país una ventaja mucho mayor a la hora de controlar los precios.
Y a pesar del temor de que Irán pueda incendiar la industria energética de Medio Oriente, atacando yacimientos petrolíferos, refinerías y terminales de exportación, Teherán aún no ha convertido el petróleo en un arma. Israel y Estados Unidos tampoco han atacado la infraestructura petrolera iraní.
La represalia iraní ha sido contundente, pero hasta ahora parece en gran medida ineficaz. EE.UU. ha declarado que tres militares murieron y cinco resultaron gravemente heridos. Los daños en otras zonas del Golfo son relativamente menores.
Para los mercados energéticos, la mayor preocupación es el estrecho de Ormuz, la estrecha masa de agua al sur de Irán que constituye un cuello de botella para aproximadamente el 20% del petróleo mundial.
El tráfico marítimo ha disminuido drásticamente, aunque algunos petroleros lo atravesaron durante la noche sin incidentes. A pesar de las exageradas afirmaciones en redes sociales, Irán no ha cerrado el estrecho.
Las industrias naviera y petrolera se están autoimponiendo cualquier interrupción, en parte como respuesta a la retirada de cobertura de algunas aseguradoras y en parte a petición de la Armada de EE.UU. durante las primeras horas del conflicto.
Existe cierta protección, ya que exportadores de petróleo como Arabia Saudita, e incluso Irán, aumentaron sus cargamentos en los días previos a los ataques. Las exportaciones de petróleo del Golfo Pérsico fueron casi un 10% superiores en febrero a las del mes anterior. La mayor parte ya ha salido de la región.
Aun así, a menos que Washington convenza rápidamente a las navieras de que el estrecho es seguro, la pausa autoimpuesta se convertiría en una verdadera perturbación.
En un video en redes sociales, el presidente Donald Trump prometió “aniquilar” a la armada iraní, un indicio de las prioridades marítimas de la Casa Blanca. El tiempo apremia, y Ormuz determinará el éxito o el fracaso de esta crisis.
Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de la Energía, lo expresó con acierto al afirmar: “Hasta la fecha, los mercados han estado bien abastecidos“. Esas palabras “hasta la fecha” son clave.
Si los precios del petróleo se desploman, Trump podría crear una vía de escape. Tras haber eliminado a Jamenei, puede proclamar “misión cumplida” y seguir adelante.
Afortunadamente, el mercado físico del petróleo entró en la crisis con una presión débil sobre los precios. Durante meses, la oferta superó a la demanda, lo que permitió que los inventarios se reabastecieran lentamente, aunque desde un nivel bajo. Ahora, la industria se encamina hacia un par de meses de demanda débil a medida que el hemisferio norte sale del invierno.
Durante los últimos dos años, China, el mayor comprador de crudo de Medio Oriente, ha acumulado una enorme reserva estratégica de petróleo, lo que podría limitar las perturbaciones generalizadas del mercado. El petróleo iraní se vende casi exclusivamente a refinerías chinas. De ser necesario, los países occidentales también pueden aprovechar sus reservas.
Y aunque el mercado físico ha estado débil, el mercado financiero del petróleo ha sido alcista, acaparando petróleo ante la expectativa de un aumento de los precios.
Hace un año, la guerra de 12 días de Israel y EE.UU. contra Irán sorprendió a muchos operadores, lo que desencadenó una ola de compras que causó un aumento en los precios del crudo.
En esta oportunidad, el número de posiciones alcistas se ubica en uno de los niveles más elevados de los últimos 10 años. En consecuencia, los operadores petroleros están mejor preparados para hacer frente a la crisis.
El cártel petrolero de la OPEP+ puede ayudar a amortiguar parte del impacto, pero más con palabras que con barriles.
El domingo, el grupo anunció un aumento de producción para abril e insinuó que habrá más. Aun así, a menos que el Estrecho de Ormuz se reabra por completo, todos los barriles adicionales quedarán atrapados.
Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos cuentan con oleoductos que les permiten evitar el estrecho, al menos en parte. Si el conflicto se intensifica, pondrán más énfasis en esa alternativa.
Por supuesto, uno de los principales partidarios del petróleo en el mundo reside en el Kremlin. Vladimir Putin se beneficiará de la guerra gracias al alza de los precios del petróleo y al aumento de la demanda de su crudo sancionado. Sin ocultar apenas su alegría, el enviado ruso Kirill Dmitriev publicó este sábado en las redes sociales: “Pronto superaremos los US$100 por barril”.
Quizás sea un poco demasiado optimista, pero en términos generales no se equivoca. Tal vez lo más importante es que a Rusia le resultará más fácil vender en el mercado negro los millones de barriles de petróleo que tiene almacenados.
Si la Casa Blanca mira para otro lado, la India podría comprarlos. Aunque esto no es lo ideal para quienes intentan frenar la beligerancia de Putin, aliviaría cualquier escasez mundial de crudo relacionada con el estrecho de Ormuz.
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