“La verdad es que no son tipos muy inteligentes, y las cosas se les fueron de las manos”. All the President’s Men (Todos los hombres del presidente).
El senador de Connecticut, Chris Murphy, demócrata y miembro del Comité de Relaciones Exteriores, compartió el pasado martes por la noche en las redes sociales las conclusiones de una reunión informativa clasificada que la Casa Blanca mantuvo con él y otros legisladores sobre la guerra con Irán.
“Obviamente, yo no puedo revelar información clasificada; sin embargo, ustedes tienen derecho a conocer lo incoherentes e incompletos que son estos planes de guerra”, afirmó, haciendo hincapié en que el cambio de régimen en Irán ya no está en los planes.
“Van a gastar cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes, van a provocar la muerte de muchos estadounidenses y un régimen de línea dura, probablemente uno aún más antiamericano, continuará en el poder”.
Murphy añadió que la administración del presidente Donald Trump ya no tiene intención de destruir el programa nuclear iraní. Ahora prefiere eliminar los misiles, los barcos y las fábricas de drones.
“La pregunta que les ha dejado perplejos es: ¿qué pasará cuando dejen de bombardear y ellos reanuden la producción?”, reveló Murphy. “Han insinuado que seguirán bombardeando. Lo que, por supuesto, supone una guerra eterna”.
Una última observación de Murphy: afirmó que en la Casa Blanca “NO HAY PLAN” sobre cómo garantizar la seguridad del estrecho de Ormuz para el tránsito seguro de petroleros y otros buques.
Aproximadamente el 20% del suministro mundial de petróleo transita por el estrecho. Tal y como observó recientemente mi colega Javier Blas, Trump tiene días, no semanas, para solucionar ese problema.
Si no lo hace, los precios del petróleo, que se encontraban alrededor de los US$71 por barril antes de que iniciara la guerra y se han estabili-zado en torno a los US$90, se dispararán, lo que traerá consigo una crisis.
Los posibles costos humanos, económicos y geopolíticos de esta carrera de demolición son desgarradores y peligrosos, pero nada de esto debería sorprender.
“NO HAY PLAN” podría plasmarse en una valla publicitaria fijada en lo alto del salón de baile de 90,000 pies cuadrados que Trump quiere anexar a la Casa Blanca. Y su apresurada, tumultuosa e indefinida persecución de la guerra con Irán hasta el momento es totalmente acorde con su carácter.
El presidente, como heredero de una fortuna considerable, promotor inmobiliario descuidado, empresario de casinos disfuncional, curiosidad de los reality shows, autopromotor omnipresente y fuerza política tectónica, ha pasado la mayor parte de sus casi 80 años volando sin mapas.
Las implicaciones de la incompetencia de Trump eran menos graves antes de su llegada al Despacho Oval. Ahora, sus acciones ponen en juego con frecuencia a personas, a la sociedad civil y a sus medios de vida. Un gran poder, como dice el dicho, demanda una gran responsa-bilidad. También exige sofisticación, racionalidad, perspicacia y una gran planificación.
Planificar puede ser aburrido y consumir mucho tiempo, pero lo es todo. La devoción por la planificación distingue a los adultos funcionales de los niños, y a los estrategas eficaces de los lanzallamas desquiciados.
Los republicanos están apoyado la guerra contra Irán y la garantía del presidente de que “terminará pronto”. Han rechazado la legislación que habría detenido los ataques y parecen creer en la palabra de la Casa Blanca, que afirma que “tenía un plan sólido” antes de que EE.UU. se aliara con Israel en los bombardeos.
Trump ha alimentado la narrativa. “Tengo un plan para todo, ¿de acuerdo?”,le dijo recientemente a un periodista cuando le preguntaron sobre las implicaciones del alza de los precios del petróleo. “Tengo un plan para todo. Estarás muy contento”.
Muchos se alegrarían, y el mundo sería un lugar mejor, si las capaci-dades nucleares y militares de Irán fueran total y definitivamente diezmadas. Fomentar un cambio de régimen duradero allí también sería bienvenido.
Irán exporta terrorismo junto con petróleo, ha mantenido sistemática-mente a Medio Oriente en puntos de inflexión desconcertantes y suprime la democracia en su país. Si Trump sorprende con el éxito en Irán, ¡bravo!
No obstante, la realidad se impone.
No parece que vaya a ser posible inhabilitar por completo a Irán, y un nuevo radical, Mojtaba Jamenei, ha sucedido a su difunto padre como líder supremo de la nación. El estrecho de Ormuz continúa siendo un punto estratégico.
Trump, que raramente acepta consejos, está escuchando a un grupo de aficionados, entre los que se encuentran el secretario de Defensa Pete Hegseth, Steve Witkoff, su enviado especial a Medio Oriente, y su yerno, Jared Kushner.
A Trump y a sus seguidores les encanta promocionar al presidente como un gran estratega. “Como de costumbre, el jefe está jugando al ajedrez tridimensional” en Irán, declaró a Newsmax Peter Navarro, asesor comercial sénior y exconvicto.
Por desgracia, esto es manifiestamente falso e irremediable.
A pesar de que algunos analistas políticos y otros observadores han pasado la última década tratando de tranquilizarse a sí mismos y al mundo al discernir una miríada de “estrategias” en los trágicos y cómicos vaivenes de Trump, él jamás ha sido un estratega capaz o dedicado. Por supuesto que tiene objetivos, y estos suelen adoptar la forma de autoconservación o autoengrandecimiento.
En ese contexto, una explicación sencilla para su autodenominada “incursión” en Irán es que le atrajo la posibilidad de hacer alarde de su poder, sin que le preocuparan las repercusiones existenciales o cómo se reorganizarían las fuerzas tras el cese de los bombardeos.
Pero tener objetivos no equivale a tener una estrategia.
Trump se presenta como un gran negociador, a pesar de que su carrera empresarial estuvo plagada de quiebras. Se proclama un astuto administrador de la economía, a pesar de haber implementado políticas arancelarias contraproducentes y perjudiciales. Prometió redimensionar el gobierno federal, pero en cambio dio origen al rodeo de payasos conocido como DOGE.
Se comprometió a sellar las porosas fronteras de Estados Unidos, y lo hizo, pero luego lanzó una letal y grotesca campaña de deportación que ha marcado a comunidades de todo el país. Quiere que Estados Unidos sea más asequible para los votantes con dificultades, pero ahora libra una guerra que podría devastarle los bolsillos.
Nada de esto es obra de un estratega astuto y comprometido que desarrolla planes bien elaborados. Es, por desgracia, el sello distintivo de alguien eternamente indiferente a los enormes escombros que deja a su paso.
Hace dos meses, el New York Times le preguntó a Trump si sentía que había fuerzas que pudieran limitar su poder global.
“Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad”, respondió el tipo que no es conocido por ser particularmente moral ni capaz de autorregularse. “Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”.
“No necesito el derecho internacional”, dijo también. “No busco hacerle daño a nadie”.
Mientras tanto, 7 soldados estadounidenses han muerto, decenas han resultado heridos, muchos más están en peligro y cientos de iraníes han muerto , incluidos escolares.
Las consecuencias de esta guerra resonarán durante años, y la seguridad nacional de los Estados Unidos podría verse finalmente debilitada. Pero no esperen que Trump, quien obtuvo varias prórrogas del servicio militar para evitar servir en la guerra de Vietnam, presente un plan creíble para frenar el caos y los peligros que ha desatado en Irán y sus alrededores.
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