América Latina enfrenta el shock de la guerra con resiliencia, pero bajo mayor presión inflacionaria

El conflicto en Medio Oriente tensiona mercados y frena los recortes de tasas en la región, justo cuando comenzaba a consolidarse la desinflación.

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Bloomberg Línea — América Latina entró en 2026 con una ventaja poco habitual en su historia reciente: estabilidad macroeconómica relativa, inflación en descenso y mercados financieros en terreno positivo.

Pero el estallido del conflicto en Medio Oriente a finales de febrero alteró ese equilibrio de forma abrupta, obligando a los inversores, y a los bancos centrales, a recalibrar expectativas.

La reacción fue inmediata. Las monedas de la región se depreciaron, las bolsas retrocedieron y los costos de financiamiento aumentaron en cuestión de semanas. El endurecimiento de las condiciones financieras fue generalizado, en línea con un movimiento global de aversión al riesgo, según el último Informe de Economía Latinoamericana del Banco de España difundido este lunes.

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Sin embargo, hay un matiz relevante, y es que el impacto, aunque visible, ha sido menos severo que en episodios anteriores como la crisis financiera global o la invasión de Ucrania, de acuerdo con el mismo informe. La región, esta vez, no partía desde una posición de fragilidad.

Un punto de partida más sólido

Antes del shock, el contexto era relativamente favorable. En 2025, América Latina sorprendió con un crecimiento cercano al 1,9%, impulsado por un entorno externo más benigno y mejores términos de intercambio, según el Banco de España.

La inflación, aunque todavía por encima de los objetivos en varios países, mostraba señales de moderación. La tasa general se situaba en torno al 3,8%, en línea con otras economías emergentes, aunque la inflación subyacente, especialmente en servicios, seguía siendo más persistente, cerca del 4,5%, de acuerdo con el informe.

A esto se sumaba un sistema bancario sólido, con niveles de morosidad contenidos y balances robustos, lo que reforzaba la capacidad de la región para absorber shocks externos.

Ese punto de partida ayuda a explicar por qué, pese al deterioro reciente, los mercados latinoamericanos han mostrado una resiliencia relativa frente a la volatilidad global.

El verdadero canal: la inflación

Más que un shock de crecimiento inmediato, el conflicto está intensificando las presiones inflacionarias.

El encarecimiento de la energía y la depreciación de las monedas han comenzado a trasladarse a las expectativas de precios. Los mercados financieros ya reflejan aumentos en las expectativas de inflación en distintos horizontes, mientras que los analistas han revisado al alza sus previsiones para 2026, situándolas en torno o por encima del 4%, según datos recopilados por el Banco de España.

El riesgo no es menor. La región aún no había completado su proceso de desinflación, y la persistencia de la inflación subyacente ya era un obstáculo antes del conflicto. El nuevo entorno podría prolongar esa convergencia hacia los objetivos de los bancos centrales.

Bancos centrales: del alivio a la cautela

El cambio más claro se observa en la política monetaria.

Hasta febrero, varios bancos centrales de la región se encaminaban hacia un ciclo de recortes o, al menos, una pausa en las tasas. México avanzaba en reducciones graduales, Chile y Perú daban por finalizado su ciclo de relajación, y Brasil se acercaba a iniciar el suyo.

El conflicto ha alterado ese escenario.

Los mercados de futuros ahora descuentan tasas más altas de lo previsto para finales de 2026. En Brasil, por ejemplo, las expectativas han aumentado en 0,8 puntos porcentuales; en Perú, en 0,6 puntos; y en México, en 0,2 puntos, según el informe del Banco de España.

En conjunto, estos movimientos apuntan a un entorno con menor margen para recortes y condiciones monetarias potencialmente más restrictivas de lo previsto anteriormente.

Materias primas: mitigación parcial y efectos desiguales

El mismo shock que eleva la inflación también ofrece un cierto colchón para varias economías de la región.

El aumento de los precios del petróleo, el gas y otros commodities mejora los términos de intercambio y refuerza la recaudación fiscal en países exportadores. En algunos casos, los precios de mercado superan ampliamente los supuestos utilizados en los presupuestos públicos. En México, por ejemplo, el precio del petróleo llegó a situarse hasta un 79% por encima de la referencia presupuestaria, de acuerdo con el Banco de España.

Esto abre espacio para financiar medidas que amortigüen el impacto del encarecimiento energético sobre hogares y empresas.

Pero el efecto no es homogéneo. Países importadores de energía enfrentan mayores presiones sobre sus cuentas externas y la inflación. Chile, por ejemplo, registró una de las depreciaciones más pronunciadas entre las principales economías de la región, en un contexto de mayor exposición energética, según el informe.

El límite estructural

Más allá del corto plazo, el principal foco de vulnerabilidad sigue siendo fiscal.

Los niveles de deuda pública, ya elevados en varias economías, podrían continuar aumentando en los próximos años. Las probabilidades de que la deuda supere sus niveles actuales en la próxima década son especialmente altas en países como Brasil y Colombia, según el instituto español.

Este factor limita la capacidad de respuesta ante shocks externos y aumenta la sensibilidad de los mercados a cualquier desviación en las cuentas públicas.

Resiliencia, pero con riesgos al alza

A pesar del deterioro reciente, América Latina sigue mostrando una capacidad de resistencia relativa frente a otros episodios de tensión global. Los flujos de capital hacia la región se han estabilizado tras el shock y no han registrado una salida abrupta, a diferencia de lo ocurrido en otras economías emergentes, de acuerdo con el informe.

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Pero esa resiliencia tiene límites.

El escenario que se abre para 2026 es más complejo: presiones inflacionarias más persistentes, menor margen para flexibilizar la política monetaria y un entorno financiero global menos favorable. El ajuste en las previsiones de crecimiento, por ahora, sigue siendo limitado, aunque el balance de riesgos se ha deteriorado.

La región enfrenta, una vez más, un choque externo. La diferencia es que esta vez llega mejor preparada. La incógnita es si eso será suficiente para sostener la estabilidad en un entorno global cada vez más incierto.