Buenos Aires — Desde que empezó el año, el peso argentino atraviesa un proceso de apreciación que desafía su historia. Impulsado a la baja por factores globales y domésticos, el dólar retrocedió en los últimos días hasta perforar los ARS$1.400 en un contexto en el que el Banco Central (BCRA) compró más de US$2.500 millones y en el que el Indec reveló que la balanza comercial en enero arrojó un superávit de US$1.987 millones impulsado por exportaciones que treparon 19,3% hasta los US$7.057 millones. Pero esa apreciación, de prolongarse, amenaza con sumar presión a sectores cuya competitividad ya se ha visto afectada por la agenda de reformas estructurales que impulsa el gobierno de Javier Milei.
Los principales factores que empujaron al dólar a la baja en Argentina en el inicio de este 2026, coinciden analistas, son externos: la debilidad de la divisa estadounidense a nivel global y el flujo positivo a emergentes. Pero en el equipo económico confían en que esa apreciación del peso no será coyuntural ni pasajera. “El peso fuerte llegó para quedarse”, aseguró en agosto del año pasado el viceministro de Economía, José Luis Daza, al participar de una exposición en la Bolsa de Comercio de Córdoba.
En el Gobierno esperan que la apreciación del peso sea consecuencia de distintos factores. “Los pesos van a faltar y los dólares van a sobrar”, auguró alguna vez el ministro de Economía, Luis Caputo, en X. Pero a futuro, creen que esa apreciación podría incluso profundizarse ante la posibilidad de que se replique en el país un fenómeno económico conocido como la ‘enfermedad holandesa’.
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¿Qué es la enfermedad holandesa?
Al participar de un desayuno de la Fundación Libertad en diciembre de 2024, el propio Daza se había referido a la posibilidad de que Argentina experimente su propia ‘enfermedad holandesa’.
Se llamó así al fenómeno económico que se observó en los Países Bajos en la década de 1960, en el que el descubrimiento de yacimientos de gas natural en el norte del país produjo un ingreso extraordinario de divisas que apreció su moneda (el florín) y afectó la competitividad de su sector manufacturero.
¿Puede replicarse esto en Argentina? Desde el Gobierno no han ocultado su optimismo respecto del potencial energético del país. En especial, apuntan al petróleo, el gas y la minería. “En dos años, solo estos tres ítems van a traer tantos dólares como el superávit comercial de este año, que rondará los 17 o 18 mil millones de dólares”, había señalado Daza al cierre de 2024.
Meses después, en julio de 2025, Luis Caputo compartió en X una proyección oficial que estimaba para 2031 que los sectores energético y minero arrojarían un saldo comercial positivo de US$47.000 millones. “En seis años, entre Energía y Minería vamos a tener un saldo exportador equivalente a dos veces el agro. Casi 50 mil millones de dólares”, celebró.
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Se trata, sin embargo, de una proyección de mediano plazo. Para 2026, ese mismo cálculo oficial anticipaba un saldo exportador positivo de US$16.000 millones. La semana pasada, el Indec informó que Argentina tuvo un superávit energético de US$618 millones en el primer mes de 2026, saldo positivo que fue posible gracias a que el país exportó US$781 millones de combustibles y energía.
Aún así, los analistas de Econviews advirtieron en su último informe semanal que evitar que se replique ese fenómeno será crucial para que una apreciación excesiva de la moneda no afecte aún más la competitividad de sectores que ya atraviesan dificultades para sostenerse. En ese trabajo, titulado ‘El desafío es que Fate sea un caso aislado’, señalaron que “la experiencia internacional sobre la enfermedad holandesa, por ejemplo, demuestra que evitar una moneda excesivamente fuerte es vital para proteger la competitividad de los sectores transables”.
Desde la consultora que encabeza Miguel Kiguel analizaban que el proceso de normalización de la macro que está llevando adelante el gobierno de Milei “trajo aparejados cambios inevitables en las reglas de juego”. En ese proceso, anticipan que “algunos jugadores quedarán inevitablemente en el camino, otros podrán adaptarse y otros sectores más competitivos van a emerger como ganadores”.
Pero en ese camino, marcaron que “el problema central no es el rumbo, sino la velocidad del cambio y la ausencia de amortiguadores”. Es que, a su entender, hoy las empresas enfrentan desafíos por dos frentes: la competencia externa y una demanda interna que sigue débil. “El impacto ya es visible en las estadísticas oficiales: en los últimos cinco meses se perdieron 71,000 empleos registrados, los salarios reales sufrieron nuevos retrocesos y la actividad económica sigue estancada”, precisaron.
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¿Puede darse ese fenómeno en Argentina?
Para Santiago Bulat, economista de Invecq e Idea, la débil posición de reservas que aún mantiene el Banco Central (BCRA) aleja la posibilidad de que aquella ‘enfermedad holandesa’ pueda replicarse en el país. “Para mí no tiene mucho sentido eso”, dice.
Si bien señala que es cierto que un tipo de cambio real bajo aumenta la demanda de bienes transables (importados) y baja la demanda de productos locales, complicando algunos sectores, señaló: “De todas maneras, no me cuadra hablar de enfermedad holandesa con un BCRA que tiene reservas negativas aún. Si en efecto hay un boom exportador, eso no debería seguir apreciando el tipo de cambio, sino que el BCRA debería aprovechar a sanear el balance”.
Kevin Sijniensky, economista jefe de Econviews, coincide con Bulat al señalar que “no es algo que ya esté pasando en Argentina”, aunque advierte que “con el boom de Vaca Muerta y la minería podría ser un escenario factible en el futuro”.
“No es algo que esté pasando todavía en Argentina”, reitera. Pero cuando ocurre, muchos países intervienen en el tipo de cambio para que no se aprecie demasiado y termine afectando a otros sectores. En algunos casos, precisó el economista, los países intervienen comprando reservas, lo que también tiene riesgo inflacionario porque implicaría emitir muchos pesos. En otros como Noruega o Chile hicieron fondos soberanos que invierten en activos sin tener que entrar las divisas al país, agregó.
Por ese motivo, Sijniensky señala que el fenómeno “tiene dos riesgos: inflacionario, si se sostiene el tipo de cambio comprando reservas y se emiten muchos pesos; o que se aprecie demasiado y termine afectando la competitividad de toda la economía”.
Consultado respecto de cuáles cree que podrían ser los sectores más afectados, indicó que “sufrirían los industriales por competencia externa y los exportadores por ser menos competitivos”, antes de precisar que “los más perjudicados podrían ser agroindustria, economías regionales, turismo, exportación de servicios, e industriales”.
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