Bloomberg Línea — En Maracaibo, la capital del estado Zulia, en el occidente de Venezuela y a orillas de uno de los principales reservorios de agua y territorios petroleros del país, ya no se cuentan las horas que se va la luz, sino las horas que la dan al día.
Cuando vuelve la electricidad, hay que aprovecharla: cargar los teléfonos, los ventiladores y los bombillos recargables; encender el aire acondicionado; lavar, cocinar, llenar los tanques de agua o adelantar el trabajo pendiente. Nadie sabe con certeza cuánto durará ese intervalo.
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“Tú no sabes a qué hora se va”, cuenta Heberto Díaz, vecino de la zona norte de Maracaibo y secretario general del partido Copei en Zulia en conversación con Bloomberg Línea. “Después que se va la luz, ya sabes que por lo menos cinco o seis horas vas a estar sin luz, pero no sabes si va a ser en la mañana, si va a ser en la tarde, si va a ser en la noche. De manera que es imposible hacer una planificación”.
Los cortes en Maracaibo pueden extenderse entre seis y 12 horas al día, mientras en otros municipios del Zulia pueden distribuirse en dos bloques. Para una población acostumbrada a temperaturas elevadas durante buena parte del año, la falta de electricidad afecta algo tan básico como poder mantener un ventilador o un aire acondicionado encendido, pero también determina cuándo se puede trabajar, conservar alimentos, cocinar o descansar.
La respuesta de los hogares ha sido incorporar una infraestructura eléctrica propia, en la medida que el bolsillo lo permite.
La incertidumbre también está llevando el malestar a las calles. La noche del 24 de septiembre, vecinos de distintos sectores de Maracaibo salieron a protestar por los cortes prolongados. En Padre de la Patria y Estrella de Belén bloquearon la Circunvalación 1 con cauchos encendidos y cacerolazos; otras manifestaciones fueron reportadas en Delicias y Santa Rosa de Agua. Los vecinos denunciaron interrupciones de hasta 16 horas y reclamaron a Corpoelec por la falta de un suministro estable.
Las protestas no son la única forma de respuesta. Dentro de las casas, la estrategia es otra: prepararse para el próximo corte.
Los ventiladores recargables son ahora habituales en las casas marabinas. Hace un año podían conseguirse por unos US$40;actualmente llegan a costar unos US$80. También se han extendido los bombillos que almacenan carga durante las horas de servicio para funcionar durante los apagones, con un costo de unos US$6 cada uno aproximadamente.
Quienes pueden asumir un gasto mayor recurren a pequeñas plantas eléctricas. Las de menor capacidad rondan los US$700 y permiten mantener encendidos algunos equipos básicos. Las que cuestan cerca de US$1.000 pueden alimentar un aire acondicionado durante varias horas.
Pero una planta necesita combustible.
La gasolina es otro de los problemas que atraviesa el día a día del zuliano. Algunas estaciones mantienen el suministro subsidiado y otras venden el litro a unos US$0,50, mientras persisten las colas aunque en menor intensidad que años anteriores, y hay estaciones cerradas, especialmente en la Costa Oriental del Lago. En las noches también aparecen ventas informales de combustible en botellas de unos cinco litros.
Para una familia que consigue una planta, el costo del apagón ya no termina en el precio del equipo. Hay que sumar la gasolina y el mantenimiento. Para un comercio, además, están las horas en las que no puede operar o debe asumir el costo de mantener refrigeradores, computadoras o sistemas de pago funcionando por otra vía.
“Estamos haciendo magia para poder vivir, tratar de conseguir algo de calidad de vida”, dice Díaz.
El problema que obliga a los hogares a buscar estas soluciones empieza mucho antes de que la electricidad llegue a un enchufe.
Dídimo Antonio León, ingeniero electricista y presidente de la Asociación Venezolana de Ingenieros Electricistas, Mecánicos y Afines del estado Zulia, estima que la generación propia disponible en el estado ronda actualmente los 573 megavatios. Es una estimación, porque, según explica, los gremios de ingenieros no tienen acceso a información oficial suficiente para conocer con precisión el estado operativo de cada unidad.
Zulia también depende de la electricidad que recibe desde Guri, la central hidroeléctrica más grande de Venezuela ubicada en el estado Bolívar, al sur del país. León calcula que en junio el aporte podría rondar los 1.200 MW y que actualmente sería menor de los 2.100 MW que requiere la entidad. La combinación de una menor energía recibida desde el sistema nacional y una generación térmica local limitada amplía el déficit que debe administrarse mediante racionamientos.
El estado tiene capacidad instalada muy superior a la electricidad que actualmente consigue producir. TermoZulia, por ejemplo, fue diseñada para generar hasta 1.300 MW, según las estimaciones manejadas por León, pero hoy opera muy por debajo de ese nivel. Las autoridades han anunciado la recuperación de varias unidades, entre ellas la TZ7, con una capacidad prevista de unos 150 MW.
El gobernador Luis Caldera informó esta semana que una falla en el Sistema Eléctrico Nacional afectó las unidades termoeléctricas del estado y elevó nuevamente las horas de racionamiento. El gobierno regional trabaja en la recuperación de TermoZulia y ha informado de avances en distintas unidades para volver a elevar la generación disponible.
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Pero recuperar las plantas no resuelve por sí solo el problema. “Es un problema estructural. Es decir, todo depende de todo”, explica León al ser consultado por Bloomberg Línea.
La electricidad tiene que generarse, pero después debe poder transportarse por las líneas de transmisión, pasar por las subestaciones y recorrer las redes de distribución hasta llegar a hogares y comercios. León señala que también existen problemas acumulados en esos tres niveles: equipos dañados u obsoletos, falta de mantenimiento y subestaciones que necesitan ser recuperadas.
“Si tú arreglas una cosa y no la otra no vas a poder hacer nada”, dice.
Esa dependencia ayuda a explicar una de las mayores paradojas del Zulia: el estado que concentra una parte fundamental de la historia petrolera venezolana es también uno de los que enfrenta mayores restricciones eléctricas.
La recuperación del petróleo tampoco ocurre al margen de ese problema.
Venezuela vuelve a apostar por aumentar su producción y atraer inversiones internacionales al sector, con el Zulia nuevamente en el centro de la actividad. Pero producir más petróleo requiere energía para operar campos, instalaciones y servicios. Y recuperar la generación termoeléctrica también depende de disponer de gas y combustibles para hacer funcionar las plantas.
“Una cosa va de la mano de la otra y viceversa”.
No se trata, por tanto, de que una mayor producción petrolera vaya a resolver automáticamente la crisis eléctrica ni de que recuperar el sistema eléctrico sea suficiente para reactivar por sí solo la industria. Son infraestructuras conectadas que necesitan inversiones diferentes y que, al mismo tiempo, dependen una de otra para funcionar.
La propia planificación de la nueva apertura petrolera refleja parte de esa limitación. En medio de las expectativas que crecen tras la firma de nuevos acuerdos petroleros entre Venezuela y Estados Unidos, así como el impulso de empresas internacionales como el anunciado por Chevron Corp., las autoridades han planteado que los nuevos proyectos deben contemplar mecanismos de generación propia para no añadir presión a un sistema regional que ya trabaja con restricciones.
El cuello de botella es especialmente visible en el Zulia porque la recuperación petrolera y la crisis eléctrica ocurren en el mismo territorio, que de acuerdo al gobernador cuenta con una producción actual cercana a los 400.000 barriles diarios, y espera alcanzar los 800.000 bpd.
Una empresa puede volver a producir crudo, pero eso no reconstruye una línea de transmisión. Una termoeléctrica puede recuperar una turbina, pero si la red no tiene capacidad para transportar esa energía, el beneficio no llega necesariamente a los hogares. Y una red recuperada necesita generación suficiente para mantenerse estable.
León considera que la recuperación debe avanzar de manera simultánea sobre generación, transmisión y distribución. También advierte sobre otra dificultad menos visible: la pérdida de personal especializado después de años de migración de ingenieros y trabajadores técnicos.
El presidente de Corpoelec, Juan Crisóstomo Fernández, reconoció esta semana en una rueda de prensa desde el Zulia que recuperar el equilibrio entre generación y demanda llevará tiempo y que algunos repuestos para equipos eléctricos tienen plazos de entrega superiores a un año.
Mientras tanto, en Maracaibo el problema se resuelve a otra escala. La solución puede ser un ventilador que se carga durante las horas con electricidad. Un bombillo con batería, incluso una planta si el ingreso familiar permite comprarla y pagar después el combustible.
Para quienes no pueden asumir esos gastos, queda esperar que vuelva la luz.
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Díaz dice que el zuliano se ha convertido en un sobreviviente y que, pese a los cortes, intenta mantener sus rutinas. Pero su primera descripción del problema es más concreta que cualquier diagnóstico: no saber cuándo llegará el próximo apagón hace imposible organizar el día.
En el Zulia, la electricidad dejó de ser un servicio que simplemente se utiliza. Para una parte de la población, se ha convertido en algo que hay que almacenar, generar, comprar y administrar.
Y en el estado petrolero que vuelve a esperar inversiones para recuperar su industria, esa es la paradoja: el petróleo puede volver a producirse sin que por ello vuelva automáticamente la electricidad. Para que una recuperación sostenga a la otra, primero hay que reconstruir la infraestructura que las conecta.