Bloomberg — La cruzada de varios años del presidente Donald Trump para destituir al hombre fuerte de Venezuela, Nicolás Maduro —una misión que finalmente concretó este mes— se presentó como un intento de frenar el tráfico de drogas, controlar la migración y reactivar la industria petrolera venezolana. Pero detrás de la preocupación del presidente por la nación sudamericana también se esconde una historia más íntima de relaciones personales y comerciales de toda la vida con las élites venezolanas en Nueva York y Miami.
De esta pequeña clase privilegiada que conoció cuando era estudiante y empresario de la jet set, Trump habría absorbido recuerdos de un país donde los petrodólares construyeron un puñado de fortunas deslumbrantes, no muy distintas a la suya, según personas familiarizadas con sus interacciones sociales.
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Eso fue antes del auge, en la década de 1990, del ícono socialista Hugo Chávez, quien aprovechó la enorme desigualdad y corrupción que había en Venezuela para llevar a una de las economías más ricas de América Latina por el camino de la ruina. Maduro —y luego las sanciones estadounidenses— empeoraron la situación.
Aunque no hay pruebas de que haya visitado Venezuela, las propias palabras de Trump sugieren que esta dramática historia de decadencia, de más de un cuarto de siglo, contribuyó a alimentar su determinación de devolver al país a su antigua gloria.
“Venezuela es un país que conozco muy bien, por muchas razones”, dijo Trump durante su segunda toma de posesión en 2025. “Hace 20 años era un gran país y ahora es un desastre”, afirmó, la semana pasada repitió esos comentarios en el Foro Económico Mundial de Davos.
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La legendaria carrera empresarial de Trump incluye competir con el multimillonario venezolano Gustavo Cisneros, a quien admiraba, y superarlo en la puja por comprar el glamoroso certamen de belleza Miss Universo a mediados de la década de 1990. La adquisición impulsó la marca mediática de Trump y contribuyó a la creación del reality show de la NBC El Aprendiz, que disparó su popularidad.
Después de que las fuerzas estadounidenses capturaran a Maduro a principios de enero, Trump ha estado trabajando con la presidenta interina Delcy Rodríguez, la antigua número dos del régimen, de quien dijo que está “dispuesta a hacer lo que creemos necesario para que Venezuela vuelva a ser grande”.
Cuando se le pidió comentar las anécdotas de esta historia y las relaciones de Trump a lo largo de los años con las élites venezolanas, Anna Kelly, portavoz de la Casa Blanca, dijo que Trump ha dejado claro que su motivación para arrestar a Maduro fue que estaba “enviando drogas y delincuentes a nuestro país a un ritmo inaceptable”.
“El presidente hará todo lo que esté en sus manos para proteger nuestro país de quienes matan a estadounidenses con narcóticos ilícitos”, reiteró Kelly.
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Amigos en la cancha
La amistad de Trump con las élites venezolanas se remonta a su adolescencia en la Academia Militar de Nueva York, una escuela preparatoria situada en el valle del Hudson. Jugó en el equipo de fútbol soccer universitario a comienzos de la década de 1960, cuando el deporte aún era para pocos en EE.UU. Trump era uno de los pocos jugadores no hispanos en un equipo dominado por apellidos como Rosas, Rocha y Jaramillo, según el anuario de la escuela.
“El equipo de fútbol era como una fraternidad”, dijo Isilio Arriaga, un amigo y compañero de clase venezolano-estadounidense de Trump, en entrevista. “Conocía Venezuela desde que era niño y sentía un cariño especial por nuestra gente, por los latinos en general”.
Cuando Trump se mudó a Manhattan a comienzos de la década de 1970, se unió a Le Club, entonces uno de los clubes sociales más exclusivos de la ciudad y frecuentado por sudamericanos adinerados, escribió el presidente en Trump: El arte de la negociación.
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Cuando el ahora presidente se convirtió en un prometedor promotor inmobiliario a comienzos de la década de 1980, Diego Arria, exgobernador de Caracas y embajador ante la ONU, le presentó a Trump —que entonces tenía unos 35 años— al empresario italoargentino Franco Macri, dos décadas mayor que él y padre del futuro presidente de Argentina, Mauricio Macri.
Esa conexión llevó finalmente a Trump a comprarle a Macri, en 1985, una participación mayoritaria en el proyecto Lincoln West de Manhattan. Arria dijo en una entrevista que él y su esposa estuvieron entre los primeros amigos en visitar a Trump en Mar-a-Lago después de que Trump lo adquiriera como residencia privada ese mismo año.
A mediados de la década de 1990, Trump conoció a Cisneros, el apuesto patriarca de la familia venezolana que en su momento fue la más rica de Sudamérica y propietaria del certamen de Miss Venezuela, uno de los concursos de belleza más prestigiosos del mundo.
Trump, que en la década de 1980 había abierto casinos en Atlantic City, sede del certamen de Miss América, se interesó en comprar el certamen rival, Miss Universo, cuando salió a la venta en 1996. Trump fue a reunirse con Cisneros, cofundador del imperio mediático en español Univision, para desayunar en el apartamento del magnate venezolano en la Quinta Avenida, “un dúplex absolutamente magnífico que ocupaba toda una manzana”. Trump lo describió así más tarde en su libro Trump y el arte del regreso.
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Trump describió a Cisneros como “deslumbrantemente guapo” y dijo que “si estuviera haciendo un casting para una película cuyo protagonista masculino fuera un aristócrata sudamericano, el papel sería para él”, y añadió: “Aprendí algo sobre estilo esa mañana”. Tras plantear brevemente la idea de una asociación, Trump terminó superándolo en la puja por el certamen.
“Hubo varias reuniones con el señor Trump para discutir la adquisición del certamen de Miss Universo”, recordó Beatrice Rangel, que fue jefa de gabinete adjunta de Carlos Andrés Pérez, el presidente venezolano socialista convertido en neoliberal a quien Chávez intentó derrocar en un golpe de Estado en 1992. Más tarde se convirtió en asesora principal del Grupo Cisneros antes de la venta de Miss Universo. “Estas conversaciones no dieron ningún fruto en términos de asociación, porque el señor Trump quería quedarse con el activo para sí mismo”.
Durante las dos décadas en que Trump fue propietario de Miss Universo —hasta 2015— cuatro venezolanas obtuvieron la corona, lo que consolidó la imagen del país como una potencia en concursos de belleza durante esa época.
“Es posible que Trump recuerde a Venezuela durante sus años de bonanza, cuando el certamen de Miss Venezuela era un gran espectáculo, y Trump es sin duda un hombre al que le encantan los espectáculos. Le fascinan”, dijo Giovanna De Michele, analista venezolana de asuntos internacionales.
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La familia del primo de Gustavo Cisneros, el magnate de las bebidas y las telecomunicaciones Oswaldo Cisneros, también conocía a Trump y a su primera esposa, Ivana, y en una ocasión alquiló un apartamento en la Torre Trump, justo debajo del apartamento del futuro presidente.
“Yo daba una fiesta y ellos bajaban. Ellos daban una fiesta y yo subía”, recordó la viuda de Oswaldo, Ella Fontanals-Cisneros, en un evento el año pasado para promocionar un libro.
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El circuito de concursos de belleza le dio a Trump la oportunidad de relacionarse con modelos venezolanas en fiestas. También estableció una relación profesional con el extravagante cubano-venezolano Osmel Sousa, conocido como el “zar de la belleza”, que preparaba a las mujeres para la competencia.
“Durante los años en que Donald Trump fue propietario de Miss Universo, cada vez que me veía me llamaba ‘mi rey de Venezuela’”, relató Sousa en su biografía titulada Osmel: un hombre desconocido.
Arria, el exgobernador de Caracas, mantuvo una relación amistosa con Trump durante la década de 1990 y dijo que, en cierto momento, Trump le pidió que se pusiera en contacto con Sousa e intentara contratarlo para Miss Universo. Arria afirma que Sousa rechazó la propuesta.
Paraíso perdido
Décadas después, de manera irónica, el presidente Trump ha aceptado trabajar con Rodríguez, quien ascendió al poder bajo la bandera ideológica de Chávez de redistribuir la riqueza. Al mismo tiempo, ha marginado a la líder opositora María Corina Machado, graduada de un internado estadounidense como él, cuyo padre dirigía Sivensa, una empresa siderúrgica cuyos activos fueron expropiados por Chávez en 2010.
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Aun así, tras una reunión reciente con Machado, Trump dijo que estaba “impresionado” con ella y que pensaba que podría “participar de alguna manera” en la reconstrucción de Venezuela.
Ese proceso incipiente está impregnado de las reflexiones de Trump sobre la gloria perdida de Venezuela, que han aflorado incluso en momentos de enorme importancia política.
El 5 de febrero de 2020, Trump recibió por primera vez en la Casa Blanca al entonces líder opositor Juan Guaidó. Un año antes, Trump había reconocido a Guaidó, entonces presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, como el presidente legítimo del país e impuso sanciones de “máxima presión” en un intento por derrocar a Maduro, después de que EE.UU. y otros países denunciaran fraude en las elecciones de 2018.
Durante una conversación sobre cómo lograr un cambio en Venezuela, Trump se dirigió a los equipos reunidos y preguntó por el nombre del hombre que preparaba a las concursantes venezolanas para Miss Universo, según personas con conocimiento de la reunión.
Atónitos, los venezolanos dudaron antes de responder. Finalmente, alguien sugirió: “Osmel Sousa”.
Trump confirmó con entusiasmo que era la persona en la que había estado pensando, según relataron las fuentes, y su afecto por el hombre y por aquella época perdida se desbordó.
Arriaga, compañero de clase de Trump, regresó a Venezuela después de la universidad y siguió una carrera en los negocios y la política durante tres décadas antes de volver a EE.UU. Vio a Trump en Mar-a-Lago hace algunos años, entre sus mandatos presidenciales, como invitado de otro amigo. Arriaga recuerda que Trump lo saludó de inmediato exclamando “¡Chico!”, el apodo de la infancia de Arriaga.
Recordaron juntos sus días en la academia. Antes de irse, Arriaga le hizo una petición: “Señor presidente, no se olvide de Venezuela”.
“Nunca lo olvidaré”, dijo Arriaga en la entrevista. “Me dijo: ‘Estoy en ello’”.
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