¿Cuba será la próxima apuesta fallida de la Casa Blanca?

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Las fuerzas armadas estadounidenses están fuertemente desplegadas en Medio Oriente, pero en la Casa Blanca corren rumores de que se les ha ordenado mantenerse a la espera de una nueva intervención contra Cuba.

Como suele ocurrir con este presidente, aún no se ha tomado una decisión definitiva. Sin embargo, Donald Trump ve una oportunidad para actuar en el Caribe, donde el régimen de Castro, con 67 años de historia, se tambalea bajo el peso de las sanciones estadounidenses, el bloqueo del petróleo venezolano y su propia y formidable incompetencia.

El lunes, el presidente afirmó que EE.UU. podría “pasarse por Cuba” cuando haya terminado con Irán. Una cuarta parte de los 11 millones de habitantes de la isla, entre los que se encuentra la mayor parte de los profesionales de clase media, ha abandonado el país en los últimos cinco años para dirigirse a distintos destinos. La economía está destrozada. El hambre es generalizada. Pese al suministro de petróleo ruso, los cortes eléctricos son habituales. Apenas unos pocos privilegiados, con acceso a dólares estadounidenses y al mercado negro, gozan de prosperidad.

La tentación para Trump, inmerso en un lío en Medio Oriente que no le promete gloria alguna, es que aquí parece haber una oportunidad de obtener una victoria fácil, lo que sería bien recibido por numerosos estadounidenses de todos los partidos. Es poco probable que las fuerzas estadounidenses que desembarquen en la isla se encuentren con una resistencia significativa.

El presidente Miguel Díaz-Canel, cuya salida exigen desde Washington, declaró desafiante a comienzo de este mes: “Renunciar no es parte de nuestro vocabulario”. No obstante, su reciente liberación de más de 2.000 presos políticos de las cárceles cubanas es un reflejo tanto de la presión de EE.UU. como de la vulnerabilidad del régimen.

Existe una posibilidad realista de que, si las fuerzas de Estados Unidos desembarcan, en pocos días gran parte de la población salga a bailar a las calles. Tal es su desesperación que cualquier alternativa al castrismo parece ofrecerles más de lo que tienen ahora.

Piensa en las oportunidades para hacerse fotos que le esperan al presidente, como sus asesores seguramente le estarán diciendo ahora: este es uno de los pocos lugares del mundo donde, una vez que las fuerzas estadounidenses hayan asegurado la isla, si él mismo la visita, es probable que reciba una bienvenida multitudinaria como libertador del pueblo.

El éxito podría suponer un cambio radical para las perspectivas del Partido Republicano en las elecciones de mitad de mandato.

Y, aun así, las recientes payasadas de la Administración Trump a nivel mundial la han privado de cualquier atisbo de autoridad moral.

Uno de los riesgos de un ataque contra Cuba es que una resistencia inesperadamente fuerte podría provocar una masacre. Aunque la ocupación resultara fácil, Trump podría intentar inmediatamente restablecer el antiguo estatus de Cuba como colonia estadounidense de facto.

Hace cuatro años publiqué Abyss (Absimo), un relato de la crisis de los misiles cubanos de 1962. Durante una entrevista con un podcaster estadounidense, dije que un problema en la relación histórica del país con Cuba es que muchos estadounidenses creen que, debido a que la isla se encuentra a tan solo 90 millas del continente, Washington tiene derecho a decidir lo que sucede allí.

“Pero sin duda tenemos esos derechos”, dijo mi entrevistador. Le señalé que esa afirmación coincide con la que esgrimió Vladímir Putin para justificar su intento de invadir Ucrania.

La doctrina Trump reivindica explícitamente el derecho a dictar lo que ocurre en todo el hemisferio americano. Es poco probable que un presidente que reclama su dominio sobre Canadá se lo piense dos veces a la hora de presionar a Cuba.

No obstante, el pasado ofrece serias advertencias.

La despiadada explotación de Cuba por parte de empresas de Estados Unidos en la época pre-Castro, cuando el presidente Fulgencio Batista gobernaba y la mitad de la población moría de hambre, avergonzó a EE.UU. Exportaron a su país las ganancias del azúcar, los puros y los servicios públicos.

La mafia de Las Vegas compró licencias de juego a cambio de maletas llenas de dinero en efectivo. El embajador estadounidense Earl Smith jugaba a la canasta con Batista, sin importarle las crueldades de la policía secreta de la SIM ni los excesos de los inversionistas estadounidenses.

El odio popular hacia Batista, considerado un títere estadounidense, hizo que el triunfo guerrillero de Castro en enero de 1959 gozara de una enorme popularidad entre todos los cubanos, excepto entre las clases terratenientes.

En mi libro cité a una mujer que, al recordar la revolución, dijo: “Fidel devolvió a los cubanos su dignidad”. Incluso disfrutaron desafiando la voluntad de Washington durante los años siguientes, hasta que las privaciones del comunismo se volvieron insoportables y se cortó la ayuda soviética.

La situación actual de Cuba se debe en gran medida a la pésima gestión de sus gobernantes, pero también a décadas de sanciones estadounidenses, diseñadas para forzar un cambio de régimen.

El peligro de un golpe de Estado liderado por Trump radica en que, si le sigue un capitalismo desenfrenado, el pueblo cubano podría volver rápidamente a la situación anterior.

Entre los 3 millones de exiliados en Florida, a quienes el Partido Republicano les debe favores políticos, los más decididos ansían regresar a casa y tomar las riendas de la economía con todos los dólares a su disposición. “Tenemos muchos cubanoamericanos excelentes”, dijo Trump el lunes, “casi todos votaron por mí, y fueron tratados muy mal [por el régimen cubano]”.

Eso último es cierto, pero la venganza de los exiliados, respaldada por la fuerza de EE.UU., sería desastrosa si no se controlara. El sentir popular podría volverse rápidamente contra los libertadores estadounidenses si Trump y su gente permiten que se reanude la explotación económica.

Ciertos analistas de Cuba señalan que la estrategia más inteligente para EE.UU. sería levantar las sanciones económicas y buscar una vía diplomática para expulsar al régimen. Sin embargo, esto podría no ser fácil.

El corrupto conglomerado militar GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A., propiedad de la Fuerzas Armadas Revolucionarias) controla gran parte de la economía, al igual que la Guardia Revolucionaria Islámica controla los sectores más rentables de Irán. Podría ser difícil desmantelar GAESA sin el despliegue de la fuerza estadounidense.

Además, los defensores de una vía diplomática para lograr un cambio de régimen están barajando medidas a relativamente largo plazo, como el levantamiento de las sanciones a cambio de garantías de unas elecciones libres en un plazo de, digamos, un año.

Ahora bien, Cuba ha sido un Estado unipartidista durante tanto tiempo que no existe una verdadera oposición clandestina, sino solo los exiliados de Florida. Y Trump, y más aún su partido, que teme unas elecciones desastrosas en noviembre, busca una victoria rápida, como la que podría proporcionar el Cuerpo de Marines.

Una línea de actuación probable, en consonancia con la estrategia que Trump ha adoptado frente a otros gobiernos extranjeros que le desagradan, sería lanzar un ultimátum exigiendo la dimisión de los principales dirigentes cubanos, seguido de la intervención de las fuerzas estadounidenses si La Habana se niega a cumplirlo.

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha estado manteniendo contactos con el nieto del revolucionario más famoso del país, Raúl Castro, de 94 años. El anciano Castro ya no ocupa ningún cargo oficial, pero sigue ejerciendo una gran influencia.

Existe el temor de que el equipo de Trump se conforme con una victoria similar a la que lograron en Venezuela: asegurar la influencia de Estados Unidos y un éxito mediático, mientras dejan en sus puestos a la mayoría de los líderes del régimen, para que sigan haciendo lo que les plazca con su propio pueblo.

Sin embargo, en territorio Trump nada está garantizado, y casi nada está descartado salvo la desobediencia a sus exigencias. Los hechos fundamentales permanecen: el presidente quiere una victoria rápida y Cuba le parece un objetivo fácil de conquistar.

Parece plausible que, en las próximas semanas, Trump intente desviar la atención de Medio Oriente al Caribe. Ha especulado abiertamente sobre el despliegue militar en la zona, afirmando: “A veces hay que usarlo. Y Cuba es la siguiente”.

El problema es que el historial de esta administración en política exterior es casi uniformemente desastroso, y Venezuela no es la excepción, si se consideran los intereses de su pueblo.

Independientemente de lo que el mundo necesite ahora mismo, lo último que desea son bayonetas estadounidenses en las playas de Cuba.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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