Se trata de una imagen familiar en el paisaje urbano de México: ciudades cada vez más congestionadas, con un transporte público insuficiente y desplazamientos complicados de un extremo a otro. El tráfico es un problema en toda América Latina y más allá, pero la Ciudad de México se ha ganado con creces, según algunos indicadores, el título de la ciudad más congestionada del planeta.
Un nuevo estudio realizado por investigadores del Tecnológico de Monterrey arroja luz sobre la extraordinaria expansión de las grandes y medianas ciudades de México desde 1990 y cómo esta ha contribuido a generar estos y otros retos.
Después de analizar 70 ciudades en todo el país, los investigadores descubrieron que 63 de ellas seguían un patrón parecido: se expandían hacia periferias cada vez más dispersas, al tiempo que perdían población en sus zonas céntricas.
La población urbana de México casi se duplicó entre 1990 y 2020, pero la proporción de personas que vivían en los centros urbanos se redujo de más del 40% a solo el 22%. Según la investigación, esas zonas céntricas perdieron 2,5 millones de habitantes durante ese periodo.
El caso más llamativo es el de la localidad costera de Puerto Vallarta, en el Pacífico, donde la ciudad creció muy por encima de lo que habría sido necesario para mantener su densidad de población, una “sobreexpansión” de casi el 80%, según lo describen los autores.
Si esto fuera una pizza, explicaron los autores en su presentación, agregar toda esa masa extra convertiría una pizza mediana de estilo Chicago de masa gruesa en una extragrande de masa fina.
Otras ciudades de tamaño medio, como Veracruz o Matamoros, fronterizas con Texas, han perdido más del 50% de su población del centro durante ese periodo.
Estos hallazgos ponen de relieve la expansión urbana caótica y fragmentada de la segunda economía más grande de Latinoamérica.
En consecuencia, la población vive en zonas metropolitanas y suburbanas situadas a muchos kilómetros de los centros urbanos, donde se concentran la mayoría de los puestos de trabajo, lo que obliga a los gobiernos locales, con recursos limitados, a ampliar unos servicios ya de por sí sobrecargados, aun cuando las infraestructuras del centro de la ciudad están infrautilizadas.
La vida en la ciudad se vuelve más fragmentada, los desplazamientos al trabajo se prolongan y algunos trabajadores renuncian a mejores oportunidades profesionales para evitar pasar horas lidiando con un sistema de transporte ineficiente, llegando incluso a optar por permanecer en la economía informal.
“La ciudad ya no permite que las personas accedan a las mejores oportunidades laborales, ni que las compañías accedan al mejor talento”, me comentó José Antonio Torre, uno de los autores del informe. “Ya estamos observando los enormes costes sociales”.
La solución es obvia: México necesita construir edificios más altos y multifamiliares, tanto públicos como privados, con mayor densidad, sobre todo en las zonas céntricas que han perdido población a lo largo de los años.
Ya es hora de mirar más allá de las encarnizadas batallas contra la gentrificación que han consumido las grandes ciudades durante los últimos años y comprender que la escasez de viviendas en las zonas céntricas con servicios públicos dignos es precisamente lo que hace subir el valor de los inmuebles, lo que empuja a los residentes hacia la periferia en un círculo vicioso.
Para revertir esa escasez, sería necesario modernizar los códigos de construcción para permitir una tramitación de permisos más rápida, una mayor flexibilidad en el uso del suelo, límites más altos de densidad residencial y la construcción de más viviendas más pequeñas para dar cabida a familias con menos hijos.
Sin embargo, todo esto es fácil de decir y mucho más difícil de implementar. Los datos muestran que los mexicanos tienen una aversión particular a los edificios altos y los complejos de apartamentos.
Basta con comparar el horizonte de la Ciudad de México o Guadalajara con, por ejemplo, São Paulo o Buenos Aires: es sorprendente lo mucho más planas que son las ciudades mexicanas.
De hecho, solo el 5,6% de los hogares de México ocupados viven en edificios de apartamentos, según el último censodel país, una proporción que se ha mantenido prácticamente sin cambios durante este siglo.
Esto representa un menor uso de la construcción que en la mayor parte de Latinoamérica, incluyendo Bolivia. En Estados Unidos, las viviendas multifamiliares pequeñas, medianas y grandes ya representan más del 60% del mercado de alquiler.
Los motivos de este peculiar desplazamiento hacia la periferia son diversos, pero están inevitablemente vinculados al precio del suelo, a los cambios en los modelos de propiedad y a la estricta normativa para la construcción de viviendas.
Todo ello supone, para los promotores, menos incentivos para construir en zonas céntricas, donde la normativa puede ser compleja y los proyectos tienen más probabilidades de encontrar oposición por parte de los vecinos, lo que requiere más tiempo que en la periferia. Allí, el suelo es más barato, las normas son más sencillas y los promotores pueden optar por viviendas de planta baja, cuya construcción es más rápida.
Es cierto que también hay factores relacionados con la demanda, como los cambios en el estilo de vida que favorecen la vida en las afueras. Sin embargo, estos no parecen ser el principal motor de la tendencia, afirma Roberto Ponce, de TEC, que también participó en el estudio.
El impulso a la tan necesitada revolución de los rascacielos en México enfrentará resistencia.
En algunas zonas del país, los vecinos están tan bien organizados que incluso los proyectos en solares industriales abandonados pueden encontrar una oposición ruidosa, una versión moderna y urbana de la política de empobrecer al vecino. Los políticos son reacios a enfrentarse a grupos tan influyentes.
Si bien también existen factores relacionados con la demanda, como los cambios en el estilo de vida que favorecen la vida suburbana, estos no parecen ser el principal motor de la tendencia, según Roberto Ponce, de TEC, quien también participó en el estudio.
El impulso a la tan necesaria revolución de los rascacielos en México se topará con resistencia. En algunas zonas del país, los vecinos están tan bien organizados que incluso los proyectos en solares industriales abandonados pueden encontrar una oposición ruidosa , una versión moderna y urbana de la política de empobrecer al vecino. Los políticos son reacios a enfrentarse a grupos tan influyentes. Y, por supuesto, una regulación más estricta y ambigua siempre es un terreno fértil para la arbitrariedad, los sobornos y la extorsión.
Pero los costos sociales del crecimiento constante de las ciudades son cada vez más evidentes. Cuanto antes los aborden las autoridades locales y los urbanistas, antes podrán los mexicanos recuperar las ventajas de la vida metropolitana.
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