Educar a Donald Trump ha sido una proposición costosa y arriesgada, tanto para Estados Unidos como para el mundo.
Su guerra contra Irán le ha costado a los contribuyentes de EE.UU. decenas de miles de millones de dólares desde que se inició el 28 de febrero, y todo parece indicar que la factura alcanzará al menos los US$100.000 millones. Han fallecido soldados estadounidenses y han perdido la vida miles de iraníes. Se estima que más de 22 millones de personas en Medio Oriente viven cerca de las zonas afectadas por los ataques militares. El precio del petróleo y del gas se ha disparado. La inflación se ha acelerado y se cierne la incertidumbre económica sobre el país.
También han sido enormes los costos para Estados Unidos en términos de reputación, civismo y estrategia.
En los días previos al alto al fuego de dos semanas anunciado este martes por la noche, el presidente recurrió a las redes sociales y a los medios de comunicación para advertir a Irán y al mundo de que “una civilización entera morirá” y que tenía la intención de bombardear el país “hasta devolverlo a la Edad de Piedra”.
Desestimó las preguntas sobre si estaba dispuesto a cometer crímenes de guerra señalando que los iraníes son “animales”.
Las peligrosas y temerarias demostraciones de fuerza de Trump en Irán pueden no haber sido más que un juego de engaño, pero los negociadores experimentados saben que las amenazas que no se pueden cumplir tienen un efecto contraproducente cuando se descubre el engaño.
Irán ha descubierto el engaño de Trump.
Sus opciones están ahora limitadas a intentar salvar las apariencias aceptando la salida que ofrece el alto al fuego o a redoblar la apuesta por una guerra implacable que es poco probable que logre un cambio de régimen ni la mayoría de los demás objetivos prácticos.
El mundo puede confiar en lo primero, pero debe prepararse para lo segundo. Las treguas no son pactos de paz definitivos y Trump es, básicamente, un cable de alta tensión que se ha caído. Si se le deja actuar a su antojo, con sus vaivenes, nuevas conflagraciones podrían arrasar Medio Oriente.
Todo esto debería servir para recordar a los estadounidenses y a las diversas instituciones a las que Trump viene poniendo a prueba y atacando sin piedad desde que irrumpió en la escena electoral en 2015 que los presidentes no deberían necesitar de la Casa Blanca como escuela de formación.
Al asumir el cargo, deberían contar con aptitudes tangibles en materia de gestión, liderazgo, política, racionalidad y decencia, sin importar su partido o ideología.
Las consecuencias de tener a otra clase de estudiante ocupando indebidamente el Despacho Oval, por ejemplo, alguien sin experiencia, entrado en años y desorientado que aspira a ser un hombre fuerte y trata la guerra como si fuera un avance de su propio y desquiciado reality show, son existenciales.
Aunque Trump es en gran medida incapaz de aprender y sus innumerables defectos fueron analizados y comprobados durante décadas antes de que se convirtiera en presidente, ha instruido con entusiasmo a otros estudiantes que necesitaban un pequeño empujón para reconocer de qué estaba hecho su maestro.
“¡¡¡Enmienda 25!!! Ni una sola bomba ha caído sobre Estados Unidos. No podemos aniquilar a toda una civilización. Esto es maldad y locura", advirtió la excompañera de viaje y congresista de Trump, Marjorie Taylor Greene, en una publicación en redes sociales sobre la guerra de Irán este martes.
No obstante, el hecho de que el presidente revele tardíamente su verdadera naturaleza e invoque una enmienda constitucional que ni su propio gabinete ni su vicepresidente podrían utilizar, no resulta tranquilizador.
El alto el fuego con Irán representa una especie de receso para el alumno más poderoso e incendiario del mundo, y podría regresar a clase sin haber asimilado lo aprendido.
Irán está gobernado por una teocracia cruel y opresiva que no comparte la predilección de Trump por los estallidos de violencia esporádica.
Su estrategia es a largo plazo, sin importarles los ostentosos salones de baile de la Casa Blanca ni las imponentes bibliotecas presidenciales. Están dispuestos a soportar castigos extraordinarios para proteger su fe y su país.
Trump no lo comprendió antes de ir a la guerra y quizás ni siquiera lo entienda ahora. Su capacidad de razonamiento se limita a la riqueza, la fama, la autoexaltación y el instinto de supervivencia, y poco más.
A Trump también le falta notablemente ese ingrediente secreto de buen carácter.
John Kennedy aportó a la Casa Blanca, durante la crisis de los misiles cubanos de 1962, cualidades que Richard Nixon, a quien derrotó en las elecciones presidenciales de 1960, no poseía. Esto marcó la diferencia en la resolución del conflicto nuclear entre Estados Unidos y Rusia. Tanto Kennedy como Nixon serían mucho mejores administradores de los intereses globales hoy en día que Trump.
Trump sigue siendo un líder miope y de mente cerrada.
El esclarecedor relato del New York Times sobre lo que llevó a Trump a la guerra en Irán, y cómo Israel contribuyó a acelerar el proceso, es el ejemplo de un alumno rodeado de instructores en su mayoría incompetentes a quienes, en realidad, no le interesa guiar.
Esto resultó en que un puñado de aficionados inconscientes involucraran a EE.UU. en una sangrienta y trascendental confrontación en una tierra lejana que no comprenden.
Una posible escalada devastadora de la guerra contra Irán se evitó este martes por la noche gracias a la intervención de mentes brillantes.
Dicho esfuerzo,según informó Bloomberg News, fue liderado por aliados de toda la coalición de Trump que le advirtieron que no cumpliera su amenaza genocida de acabar con la civilización persa. La decisión de Trump fue de último momento.
La realidad es que Trump, un experto en bancarrotas antes de llegar a la Casa Blanca, nunca fue un negociador hábil. Ha seguido la misma línea, demostrando que también es incapaz de cerrar acuerdos esenciales que mejoren la posición del país en el mundo, desde sus disparatadas políticas arancelarias hasta sus retrógradas políticas industriales.
Ha emprendido la guerra con la seguridad en sí mismo de alguien que consiguió múltiples aplazamientos del servicio militar durante la guerra de Vietnam y que permanece ajeno a la mayoría de las consecuencias, económicas y sociales, de lo que él ha descrito como su “pequeño viaje” a Irán.
El respiro que ofrece el alto el fuego no ha sacado por completo a Trump del atolladero en el que se metió en Irán. Un estudiante serio intentaría aprender de esa dura lección, crecer y seguir adelante. Pero un Trump acorralado y sin sus opciones preferidas puede convertirse en un Trump todavía más peligroso y violento.
Así pues, a medida que el alto el fuego siga su curso, un ejecutivo en formación, temerario e impredecible, será juzgado por si define sus estudios sobre Irán en función de semanas de exámenes suspendidos o si se compromete a años de clases monótonas y catastróficas.
Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.
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