Recorte salarial de 36% revela crisis laboral en América Latina

A raíz de la pandemia del coronavirus, los salarios informales cayeron más que los formales en toda la región.

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Bloomberg — (Bloomberg) -- De todas las cifras que ponen al descubierto la difícil situación de los trabajadores producto de la pandemia, pocas son tan impactantes como el recorte salarial que han sufrido los millones de argentinos que realizan empleos informales.

La caída de los salarios de camareros, trabajadores de la construcción y vendedores de golosinas fue del 36% en promedio el año pasado, considerando la inflación. Esta impresionante cifra es casi cuatro veces el recorte salarial promedio que tuvieron que absorber los argentinos en la economía formal.

Cada día son más los latinoamericanos que están atrapados en empleos informales, un aumento explosivo que ha dejado a millones sumidos en un abismo de trabajo inestable, pobreza y dependencia de la ayuda de Gobiernos que repentinamente se ven afectados por la falta de liquidez. Este año, cerca de 7,6 millones de personas más que en antes de la pandemia —el equivalente a toda la población de Bogotá— trabajarán de manera informal, según el Banco Interamericano de Desarrollo.

La peor recesión en dos siglos provocó un desempleo de dos dígitos, pero la recuperación probablemente consolidará la disparidad: los empleos “en negro” son invisibles para los Gobiernos, no cotizan en los planes de seguridad social y los trabajadores no tienen sindicatos que luchen por ellos.

En Argentina, el trabajo “en negro” se está recuperando dos veces más rápido que los empleos formales tras la pandemia y el default de la deuda pública. Para Juan Carlos Moyano, eso significó pasar de una carrera asalariada de 15 años como guardia de seguridad y gerente de mantenimiento a trabajos esporádicos en Buenos Aires que pagan US$1 por hora, cuando hay trabajo disponible.

“Vos estás en negro por ahí, hoy tuviste un trabajo, mañana y pasado también, capaz por 20 días no tenés”, cuenta Moyano.

Antes de la pandemia, alrededor de 140 millones de latinoamericanos trabajaban de manera informal, es decir, cerca del 53% de la fuerza laboral. En el segundo semestre del año pasado, más del 60% de los nuevos empleos en los países más grandes eran informales, según la Organización Internacional del Trabajo, respaldada por la ONU.

El nivel de trabajo “en negro” en América Latina es tres veces superior al de Estados Unidos o Europa, solo superado por África subsahariana. La pandemia tuvo “un costo salvaje” para los trabajadores, escribió Joana Silva, economista sénior del Banco Mundial, en un informe reciente. “Los perdedores pierden mucho”.

“Cada vez que hay una crisis o una recesión, la informalidad aumenta de manera persistente”, dijo en una entrevista. “Estamos viendo efectos que duran una década”.

La recuperación de América Latina depende de empleos que se puedan regular. Los Gobiernos endeudados no pueden pagar programas de estímulo y deben recortar el gasto que se disparó a raíz de la pandemia. El trabajo informal genera un crecimiento más débil, menores ingresos fiscales y un gasto social que se traduce en déficit, deuda o inflación.

Los trabajadores argentinos “en negro” sufrieron las mayores caídas salariales, en parte debido a la inflación del 50%, un problema crónico que los países vecinos resolvieron hace años.

Moyano, un hombre de 53 años con estudios de séptimo grado que vive en un suburbio de Buenos Aires, fue despedido en 2018 al comienzo de la recesión en Argentina. Su carrera asalariada le había permitido mantener a su esposa, Mabel, una maestra de escuela pública.

Ahora realiza trabajos esporádicos, como descargar cajas de frutas en un mercado, lo que agravó la artritis en sus rodillas. Mabel, que ya llevaba la mayor parte de la carga económica, tuvo que solventar sus visitas al médico.

“Esa es entre las cosas que más me duele: mi señora trabaja todo el año y no la puedo llevar 10 días a la playa”, se lamenta Moyano, quien gana alrededor de US$200 al mes cobrando el subsidio por desempleo y realizando pequeños trabajos.

El Banco Mundial descubrió que los salarios latinoamericanos son un 23% más bajos para los empleados informales que para los trabajadores formales con las mismas calificaciones y puestos. Al comienzo de la pandemia, los salarios informales disminuyeron más que los formales en Argentina, Brasil, Colombia y México, según el Banco Interamericano de Desarrollo.

La crisis crea conflictos

Las llamadas a la línea directa de abuso doméstico en Argentina aumentaron un 22% en los primeros tres meses de este año en comparación con el año anterior, según cifras oficiales. “El desánimo de la gente... eso genera socialmente conflicto de violencia doméstica”, dice Sergio Moreno, quien dirige un centro de capacitación laboral para personas de escasos recursos en el Gran Buenos Aires.

Los empleos informales también agravan la abrupta brecha de género en América Latina. En Perú, la mitad de las mujeres del sector informal —empleadas domésticas, trabajadoras de hotel, camareras— perdieron su empleo en los primeros seis meses del año pasado. Esta cifra es 20 puntos porcentuales superior a la de los hombres peruanos que trabajan de manera informal, según la Organización Internacional del Trabajo.

Desde un barrio pobre de Buenos Aires, Lidia Karina Pérez ve un trabajo asalariado como un sueño. Nunca ha tenido uno.

Pérez, que supervisa un centro de basura y reciclaje, se ha inscripto en varias ocasiones en cursos de bachillerato que le dan derecho a recibir ayuda social vinculada a la educación. También comenzó un programa de capacitación laboral textil en marzo. Abandonó ambos porque odiaba aprender en un teléfono móvil y no tenía espacio para el equipo de costura en su casa.

De todas formas, se inscribirá el próximo semestre: su trabajo paga 14.000 pesos (US$150) al mes, la mitad del salario mínimo de los empleados federales de Argentina. El programa de asistencia social supone otros 10.000 pesos.

Pérez, quien trabaja como voluntaria en un comedor social, duda que pueda conseguir un empleo asalariado a los 47 años sin tener estudios.

“Yo prefiero trabajar a tener un plan”, dice Pérez. “Me gusta la plata que tengo que ganarme, no lo que me den gratis, pero no se puede vivir con 14.000 pesos. Lo veo difícil para esta generación, cuando veo como está todo”.

En medio de la crisis, muchos de los votantes en América Latina apoyan a los izquierdistas cuya retórica se centra en mejores empleos. Los asesores del presidente peruano, Pedro Castillo, quien asumió el cargo el miércoles prometiendo redactar una nueva Constitución, dicen que el mayor problema del país es el desempleo masivo. Los principales candidatos para las elecciones del próximo año en Brasil y Colombia han atacado a los actuales presidentes por no crear empleos de calidad.

“La informalidad cambia la manera en que los individuos votan”, dice Eduardo Levy Yeyati, miembro senior no residente de la Brookings Institution. “El informal es un trabajador defensivo, le falta dinero, necesita el apoyo estatal, y pierde las esperanzas de progreso personal y ve sus expectativas en el apoyo del Estado, entonces vota candidatos distintos”.

Los políticos se alimentan de la furia popular, que ha crecido después de que muchos Gobiernos suspendieran los pagos de ayuda de emergencia.

En el centro de capacitación laboral al que asiste Moreno en Buenos Aires, Fundación Oficios, las deserciones aumentaron durante la pandemia, con estudiantes que lloraban por Zoom, enojados por no poder aprender en línea. Algunos simplemente no tenían datos en el teléfono móvil para continuar. Casi nadie ha conseguido un trabajo formal.

“El desánimo que reina ahora hace que la gente deje de buscar empleo y busca actividades de subsistencia”, dice Moreno.