Un centro de vacunación de Covid-19 en Hammons Field, en Springfield, Missouri, EE.UU., el martes 3 de agosto de 2021.
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Bloomberg Opinión — A medida que las nuevas variantes delta, y después probablemente épsilon (y las que vengan después) nos traen más oleadas de Covid-19 en otoño e invierno, los responsables políticos y ciudadanos de todos los países desarrollados deberían alzar la voz y al unísono manifestar: Esta vez, salvemos a nuestros hijos.

Esto significa ofrecer vacunas a los jóvenes si sus padres están de acuerdo, como acaba de anunciar Alemania para niños mayores de 12 años, incluso mientras una comisión de científicos todavía duda en recomendar la medida.

Y lo que es todavía más importante, significa que aquellos adultos rezagados deberíamos finalmente poner los brazos para construir el equivalente epidemiológico de un cortafuegos alrededor de los jóvenes. Sigo estando en contra de las vacunas obligatorias. Pero los argumentos morales para vacunarse son ahora incontrovertibles y abrumadores.

Pero sobre todo, significa que cuando lleguen el otoño, el invierno y la primavera, las escuelas deben permanecer abiertas, suban los casos o no.

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En esta pandemia, hasta ahora los niños no han sufrido demás en términos puramente médicos. Rara vez enfrentan casos graves de la enfermedad, aunque lamentablemente no hay muchas investigaciones sobre el “Covid prolongado” en pacientes jóvenes. En cambio, han sufrido en todos los demás sentidos (educativo, psicológico y social), porque no pueden desarrollarse de una manera saludable sin asistir físicamente a la escuela.

En efecto, en 2020 decidimos tácitamente, como sociedad, que debíamos rodear al grupo más vulnerable (los ancianos aún no vacunados) cerrando escuelas,de las que sospechábamos (generalmente sin buena evidencia) que propagaban en exceso el virus.

Al hacerlo, aceptamos que muchos niños se sumieran en la soledad, la ansiedad y la depresión; que pasaran una parte considerable de su juventud sin contactos sociales; y que se retrasaran mucho en su aprendizaje, hasta el punto en que quizá nunca puedan compensar esa la pérdida.

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Por lo tanto, a partir de este próximo año académico debemos devolver colectivamente el favor: Ahora los adultos debemos cerrar filas para que los jóvenes puedan reanudar el aprendizaje y la socialización que tanto necesitan.

Como se ha mencionado anteriormente, la forma más fácil de hacerlo es vacunándonos, si aún no lo hemos hecho. Pero también podemos ayudar renunciando a algunas de nuestras otras reliquias de la “normalidad” adulta, que parecen triviales en comparación con las necesidades de los niños. En caso de necesidad, ¿qué es realmente más importante, abrir cines y bares o mantener a los niños en sus aulas? La próxima vez (si es que tiene que haber una próxima) dejemos que todo lo demás se cierre antes de siquiera pensar en las escuelas.

Incluso cuando volvamos a abrir las escuelas, por supuesto, debemos tomar muchas precauciones, que pueden llegar a ser casi permanentes, ¿y por qué no?, En general, los niños deberían usar cubrecoas, a menos que el sentido común sugiera que la situación es segura (como cuando se reúnen al aire libre, por ejemplo). Las ventanas deben permanecer abiertas siempre que las condiciones del clima lo permitan. Y las escuelas deberían instalar filtros de aire, que nosotros, como contribuyentes, deberíamos financiar generosamente y sin quejarnos.

Pero la enseñanza presencial por parte de maestros vacunados y el aprendizaje deben continuar. La educación es un derecho demasiado fundamental como para sacrificarlo en aras de “aplanar las curvas”. Por lo demás, ya que estamos aprendiendo a vivir con este virus a largo plazo, también deberíamos despedirnos de las cifras de contagios como métrica para la política, y basar nuestras decisiones exclusivamente en las hospitalizaciones y muertes, como haríamos en un brote de gripe.

Y sí, todo esto lo digo como padre iracundo y preocupado. En general, hemos gestionado la pandemia razonablemente bien en países como Alemania, donde casualmente vivo, sobre todo teniendo en cuenta que siempre tuvimos información mala, confusa o contradictoria con la qué trabajar. Pero no fuimos justos con los niños. Sea lo que sea que nos depare el virus, de ahora en adelante pongamos a los niños en primer lugar.