ESG

El sucio secreto de la contabilidad de carbono

A diferencia de la contabilidad financiera, casi toda la contabilidad del carbono es voluntaria y se basa en estándares voluntarios.

La estación generadora de Kentucky Utilities Co. E.W. Brown en Harrodsburg, Kentucky, EE.UU.
Por Akshat Rathi
03 de agosto, 2021 | 05:30 AM

Bloomberg — Hay un sucio secreto en el área de la contabilidad de carbono y pronto podría quedar de manifiesto. Eso porque las presunciones bajo las que operan la mayoría de las compañías para hacer sus cálculos podrían ser erróneas.

Tomemos perspectiva. La contabilidad financiera de las empresas nos indica cuánto ganó, cuánto gastó y cuánto debe. Por lo general se puede confiar en esas cifras porque la mayoría de las grandes empresas emplean a expertos y costosos auditores para garantizar que sean lo más precisas posible. Cuando las empresas se equivocan, pueden esperar fuertes sanciones por parte de los reguladores, que van desde grandes multas hasta penas de prisión. Eso significa que tienen que ser capaces de justificar cada cifra en cada línea.

La contabilidad del carbono no es tan rigurosa. A diferencia de la contabilidad financiera, casi toda la contabilidad del carbono es voluntaria y se basa en estándares voluntarios. Sea precisa o no, es probable que una empresa reciba elogios sólo por intentarlo. Por mucho que un experto en la materiaa se equivoque, es poco probable que acabe en el interior de una cárcel.

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Si bien las empresas pueden ser bastante precisas en cuanto a las emisiones que producen directamente (denominadas de alcance 1), esa precisión disminuye rápidamente cuando tienen que contabilizar las emisiones de su cadena de suministro o de los usuarios de sus productos (denominadas de alcance 3). Por tanto, incluso en el mejor de los casos, la contabilidad del carbono se basa en un gran número de supuestos.

Probablemente adivine a dónde voy con esto. La información voluntaria combinada con una larga lista de suposiciones presenta un enorme riesgo de cometer errores. Pongamos un ejemplo. Estados Unidos tiene una reglamentación más estricta sobre la notificación de emisiones que la mayoría de otros pases que son grandes emisores. Y, sin embargo, un estudio tras otro ha demostrado que las empresas de petróleo y gas no reportan sus emisiones de metano. El metano es el segundo mayor contribuyente al calentamiento del planeta después del dióxido de carbono.

Esto es un gran problema por sí solo, pero lo es aún más porque las emisiones que las empresas de gas declaran como su Alcance 1 constituyen la base de las emisiones de Alcance 3 declaradas por las empresas de servicios públicos que utilizan el gas para generar electricidad, por las empresas tecnológicas que utilizan el gas para calentar edificios, etc. (Sin duda, la quema del gas por parte de las empresas de servicios públicos o de tecnología contarían como sus emisiones de Alcance 1, las cuales podrían calcularse con precisión. Pero las emisiones de metano generadas durante el proceso de producción y transporte del combustible se contabilizarían como emisiones de alcance 3 de esas empresas).

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“Ese error se propaga por todo el sistema y te da una imagen falsa de tu impacto real de carbono”, afirma Ryan Orbuch, que trabaja en el equipo climático del gigante de pagos Stripe. Los informes de emisiones que comunican las empresas forman la base de las decisiones de inversionistas y de la opinión pública. En los mercados de cumplimiento, como el Sistema de Comercio de Emisiones de la Unión Europea, las empresas están obligadas a proporcionar información de emisiones de carbono precisas sobre cada uno de sus activos. Éstas cubren sólo las emisiones directas de Alcance 1, y empresas que se equivoquen en esas cifras pueden ser multadas.

Durante los últimos seis meses, Bloomberg Green ha estado informando sobre fugas de metano en todo el mundo, desde Australia hasta Canadá. Muchas empresas admiten las fugas cuando aparecen en imágenes de satélite, pero hasta que aparecieron ojos en el cielo, podrían haberse salido con la suya fácilmente: no se puede rastrear una molécula de metano hasta su origen.

Son este tipo de revelaciones las que pueden dar lugar a decisiones importantes. El año pasado, la compañía de energía Engie interrumpió un acuerdo de gas natural con una empresa estadounidense porque le preocupaba que las fugas de metano de la producción del combustible pudieran ir en contra del plan del gobierno francés para reducir las emisiones.

Aún así, los mercados de cumplimiento y monitoreo satelital solo cubren una fracción de las emisiones globales. Los gobiernos no emplean a personal para controlar cada dólar, sino que confían en los controles regulatorios para garantizar que las empresas no mientan. De manera similar, la contabilidad del carbono no será del todo sólida como debe serlo sin una normativa, afirma Cynthia Cummis, directora de mitigación del clima del sector privado en el Instituto de Recursos Mundiales. Sin esas regulaciones, dice Cummis, “las empresas no tienen mucha influencia sobre, por ejemplo, su proveedor de energía para proporcionar datos precisos sobre las emisiones”.

Como dice el mantra, si no se puede medir, no se puede gestionar. Si el mundo se toma en serio la reducción de las emisiones, primero tendrá que mejorar la contabilización exacta.

Con asistencia de Joe Deaux y Will Mathis.

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