La mayor economía del sudeste asiático se ha convertido en un nuevo epicentro mundial del virus tras superar a Brasil e India en el recuento diario de casos y muertes a principios de este mes.
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Bloomberg Opinión — Se suponía que las vacunas contra el Covid-19 iban a ser una oportunidad diplomática de oro para que las grandes potencias y rivales cortejaran a amigos (e incluso a los enemigos) necesitados. No está saliendo según lo planeado.

Rusia fue la primera en aprobar una vacuna y el comercializador más entusiasta, pero ha quedado muy lejos de sus hiperbólicas promesas de entrega. China ha hecho un mejor trabajo, pero se ve plagada de preguntas sobre la relativamente baja eficacia de sus vacunas, incluso si parecen resistir contra las variantes más problemáticas. Mientras tanto, los países occidentales estaban proporcionando muy poco incluso antes de que comenzara la actual lucha por asegurar las dosis de refuerzo. Y ni los poco numerosos esfuerzos bilaterales ni los poco impresionantes hechos a nivel global se están traduciendo en influencia geopolítica real.

El sudeste asiático es quizás uno de los ejemplos más claros. Una región estratégicamente vital de 670 millones de habitantes y ubicada a las puertas de China, ha sido desde el principio un campo de batalla de vacunas crucial, y todos los actores lucharon por ganar influencia. Pero ahora también está en un momento de necesidad desesperada. Luego de un comienzo prometedor el año pasado, una oleada de variantes ha golpeado la región en los últimos meses. Vietnam, que no tuvo muertes durante los primeros meses de la pandemia y contuvo las infecciones durante gran parte de 2020 a pesar de ser compartir frontera con China, ha pasado de menos de 1.000 casos diarios a principios de julio a más de 12 veces esa cifra a principios de este mes, lo que ha obligado a un cierre draconiano de la ciudad de Ho Chi Minh. Menos del 3% de la población está totalmente vacunada. Indonesia está saliendo de su última ola devastadora, pero ha inmunizado completamente a poco más del 13%.

Tras el inicio de la pandemia que sugería que la región se libraría de lo peor, las infecciones se han disparado en las naciones más pobladas del sudeste asiático.dfd

No es que se ignorara la región. China, de hecho, la convirtió en una prioridad desde el principio. El ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, se propuso viajar en enero (no por casualidad, justo antes de la toma de posesión del presidente de Estados Unidos, Joe Biden) con generosas promesas de vacunación junto con otras más amplias de infraestructura e inversión, incluido el apoyo a Indonesia, socio clave, para que se convierta en un centro de producción de vacunas. Fue durante su escala en Yakarta cuando el presidente Joko Widodo lanzó la campaña de vacunación del país, con la vacuna de Sinovac fabricada en China. El sudeste asiático representa aproximadamente una cuarta parte de las ventas globales de China y prácticamente todos los países de la región han comprado dosis o recibido donaciones de China.

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Como dijo el líder camboyano Hun Sen, inicialmente cauteloso, en un discurso en mayo: “Si no me apoyo en China, ¿en quién lo haré?”

Y, sin embargo, la retribución no es evidente. No se ha producido ningún cambio drástico de posición sobre cuestiones que realmente importan a Pekín, por ejemplo, como sus reclamos sobre aguas en disputa en el Mar de China Meridional. El apoyo a Filipinas no fue suficiente para evitar que el presidente Rodrigo Duterte renovara, a finales de julio, un pacto militar estratégicamente significativo que rige la presencia de tropas estadounidenses en el país.

Eso es porque la diplomacia de las vacunas no ocurre en el vacío. El enfoque de soft power (poder blando) de Pekín no ha sustituido al antiguo, ejemplificado cuando China sobrevoló con naves militares las aguas de la costa de Malasia, una demostración de fuerza que obligó a este país a desplazar aviones. Y está el hecho más simple de que las vacunas no se consideran igual de eficaces. Aunque los ciudadanos y los gobiernos entienden que no están en posición de ser exigentes, es difícil no notar que incluso el agradecido Hun Sen se vacunó con AstraZeneca Plc cuando llegó el momento, o que cientos de trabajadores sanitarios de Indonesia, vacunados con Sinovac, se enfermaron. Infecciones entre personas completamente inoculadas ocurren con todas las vacunas, pero eso no ayuda a la causa de Pekín. El mes pasado, Tailandia administró a decenas de miles de médicos vacunados con Sinovac una dosis de refuerzo de Pfizer-BioNTech.

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Pero donde flaqueó China, ¿lo han hecho mejor otros? La respuesta, sin duda, es no.

Japón, uno de los principales donantes e inversores en la región, ha hecho un esfuerzo menor, tal vez porque no es un productor importante de vacunas y porque ha estado luchando con su propia campaña de inoculación. Rusia, sin dudas, vio la oportunidad e hizo grandes promesas, pero realizó pocas entregas mientras lidiaba con problemas de producción. Vietnam, posiblemente su socio más importante en la región y uno de los principales receptores de exportaciones de armas, dijo a principios de junio que recibiría 20 millones de dosis de Sputnik V este año. Una nota en el sitio web del Ministerio de Sanidad a principios de agosto decía que había recibido 12.000, una cantidad insignificante para un país de casi 100 millones de habitantes.

Estados Unidos, que se esfuerza por ponerse al día en la región después de años de negligencia bajo la anterior administración, lo ha hecho algo mejor, ofreciendo contribuciones de manera deliberada que, según dice, “no acarrean ningún compromiso”. Pero incluso los gestos aparentemente generosos (lo que ahora suma 6 millones de dosis donadas para Vietnam, por ejemplo) son una gota en el océano en una región dramáticamente subvacunada que necesita suministros, no simplemente caridad.

Esas cantidades, como me dijo Ben Bland del Lowy Institute en Sydney, representan el precio de un asiento en la mesa de la diplomacia de las vacunas, no el boleto a la victoria.

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El sudeste asiático" está muy atrasado en materia de vacunación.dfd

Es demasiado pronto para decir quiénes son los ganadores o los perdedores en lo que respecta a la diplomacia de las vacunas. Las reverberaciones de la pandemia serán largas, especialmente en las economías emergentes. Chong Ja Ian, profesor asociado de ciencias políticas de la Universidad Nacional de Singapur, separa el corto y el largo plazo: las entregas inmediatas de dosis donadas o vendidas, por un lado, y, por otro, el impacto de años de suministros de refuerzo, apoyo a la capacidad de producción y ayuda al sistema de salud pública. La infraestructura aportará recompensas diplomáticas más duraderas, y la mejor manera de construirlas es mediante un esfuerzo de colaboración, no mediante una serie de gestos bilaterales.

La influencia geopolítica, después de todo, requiere éxito.