Tiempo de lectura: 4 minutos

Bloomberg Opinión — Esta es la “semana del FMI”, en la que diplomáticos, miembros del directorio ejecutivo, economistas y muchos otros relacionados con el Fondo Monetario Internacional se reúnen para discutir negocios. Además de eso, ha habido controversia en torno al rol anterior de la principal funcionaria del fondo, Kristalina Georgieva, en la supervisión del índice Doing Business del Banco Mundial. Por lo tanto, nuevamente están surgiendo interrogantes sobre la misión del Fondo, su fiabilidad y si siempre debe estar dirigido por un europeo, como es costumbre.

¿Es necesario reformar de alguna manera el FMI? ¿No debería el Fondo estar dirigido por “la mejor persona”, sin importar su país de origen? ¿Debería ser de alguna manera más democrático?

Mi respuesta, en pocas palabras, es “en realidad, no”. Sería mejor que nos diéramos cuenta de que el FMI es intrínsecamente una institución aburrida y, de hecho, algo nepotista, y así debe ser.

El FMI fue creado por el acuerdo de Bretton Woods, moldeado por EE.UU. y Reino Unido, y fue diseñado para imponer una hegemonía financiera y monetaria occidental y, de hecho, anglosajona en el mundo. En estos días, las naciones originales del Grupo de los Cinco (EE.UU., Alemania, Reino Unido, Francia y Japón) ejercen una influencia dominante a través de sus cuotas de voto. China tiene mucho más poder del que solía tener, pero aún no puede anteponerse al consenso del G5.

El Fondo es utilizado por las naciones del G5 y sus aliados para poner su capital y reputación detrás del orden monetario internacional. Obviamente, los países patrocinadores solo suscribirán un sistema que aprueben en gran medida y del que se beneficien.

Si el FMI no existiera, las naciones insolventes igualmente serían rescatadas periódicamente por los países ricos, aunque sólo fuera porque los políticos del G5 no quieren poner en peligro la estabilidad del orden financiero mundial. Pero surgirían problemas ya que los rescates tendrían que organizarse desde cero en cada ocasión. ¿Qué país aportaría cuánto? ¿Quién abandonaría a las naciones en cada ocasión y cuándo? ¿Quién o qué haría cumplir el pago? Todos esos interrogantes se regularizan e institucionalizan a través de la existencia del FMI.

El elemento nepotista consiste en que las naciones del G5 utilizan el FMI y sus líneas de crédito para proteger la solvencia de sus propios bancos y sistemas financieros. En contraste, un FMI al servicio de “los ciudadanos del mundo”, sea lo que sea que eso signifique, sería un FMI sin mucho respaldo de los actores financieros más grandes e importantes. Sería más como Unicef, que no cuenta con el capital suficiente, que una institución que puede mover los mercados mundiales o ayudar a preservarlos.

Tampoco funcionaría si China tuviera demasiada influencia sobre el FMI, ya que China no apunta a construir un orden global de movimientos de capital y comercio relativamente libres. Los chinos lo saben y han estado creando sus propios proyectos de préstamos e inversiones, como la gigantesca iniciativa “Franja y Ruta” y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura.

Por lo tanto, no debería sorprendernos que los europeos nominen a un director gerente del FMI y que EE.UU., en esencia, elija al presidente del Banco Mundial, algo que sucede de mutuo acuerdo desde hace mucho tiempo. Se instala a figuras del establishment para garantizar que el FMI y el Banco Mundial continúen respaldando el orden económico nternacional imperante. Estas no son instituciones para radicales o disidentes.

Si la dirección y el gobierno del directorio del FMI fueran elegidos por votación de los 190 países miembros, las naciones del G5 pondrían mucho menos de su capital y reputación detrás de la institución. El FMI es un bien público internacional, pero esos bienes públicos solo se producen cuando alguien lo hace por su propio interés egoísta.

Los críticos desde la izquierda, como el economista Joseph Stiglitz, argumentan que el FMI ha impuesto demasiada austeridad a los países deudores y ha insistido en demasiados aumentos de tasas de interés en los momentos equivocados. Esas críticas podrían tener algo de verdad, pero no hay muchas alternativas viables. El FMI efectivamente trata de hacer cumplir el pago de las deudas y la resolución ordenada de las solicitudes, y eso limita el tipo de asesoramiento y también la presión que puede brindar. Si la institución de alguna manera se convirtiera en un mecanismo para el jubileo de deudas, el resultado final sería una disminución de los flujos de capital privado hacia las naciones más pobres. ¿Por qué conceder préstamos si nadie trabajará para asegurarse de que se devuelva el dinero? El FMI también perdería credibilidad y eso limitaría su capacidad para luchar contra las crisis financieras mundiales.

Los órdenes económicos internacionales exitosos generalmente se han basado en un grado considerable de hegemonía, ya sea el patrón oro liderado por los británicos en el siglo XIX o el dominio estadounidense más reciente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Una vez que se dan cuenta de eso, muchas de las actuales interrogantes en torno al FMI se responden por sí solas de manera bastante automática. El problema real no es cómo mejorar el FMI, sino cómo vamos a enfrentarlo a medida que las hegemonías actuales continúan perdiendo su dominio.