Peatones en una calle comercial en Bursa, Turquía, el martes 4 de enero de 2022. Los inversores turcos siguen aferrándose a las monedas extranjeras, lo que socava el plan del presidente Recep Tayyip Erdogan de apoyar la lira sin subir los tipos de interés. Fotógrafo: Moe Zoyari/Bloomberg
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Bloomberg Opinión — El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha pasado gran parte del año pasado intentando desafiar la lógica económica, sin conseguirlo. Por el bien de las empresas y los consumidores turcos, por no hablar de su propio futuro político, ha llegado el momento de cambiar el rumbo.

En contra de la postura de la mayoría de los economistas ortodoxos, Erdogan lleva mucho tiempo convencido de que subir las tasas de interés, algo que ha descrito como “la madre y el padre de todos los males”, fomenta la inflación en lugar de desanimarla. En los últimos tres años se ha deshecho de funcionarios clave que no están de acuerdo con él, incluyendo dos ministros de finanzas y tres gobernadores del banco central. A pesar de que los precios se han disparado y la lira se ha desplomado, el banco central ha bajado las tasas de interés otros 500 puntos básicos entre septiembre y diciembre. Para persuadir a los ciudadanos de que se aferren a sus depósitos en liras, cuyo poder adquisitivo se está erosionando, el gobierno prometió recientemente compensarles por cualquier otra caída de la moneda frente al dólar estadounidense.

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Como es lógico, los resultados han sido desastrosos. La inflación en diciembre superó el 36% en comparación con el mismo mes del año anterior, la tasa anual más alta en casi dos décadas. La lira ha perdido cerca del 46% de su valor en el último año, a pesar de un repunte temporal tras la puesta en marcha del nuevo sistema de depósitos en liras. Los salarios reales han caído, los turcos han hecho colas para comprar pan y algunos huyen del país en busca de oportunidades en otros lugares.

Hay pocas razones para pensar que el experimento de Erdogan de garantizar los depósitos en liras vaya a mejorar la situación. La mayoría de los economistas pronostican una inflación aún mayor mientras la moneda sigue depreciándose. Cumplir sus promesas a los depositantes podría costarle caro al gobierno. S&P y Fitch Ratings han rebajado la perspectiva de la calificación crediticia soberana de Turquía a negativa.

En una entrevista con Bloomberg News, el nuevo ministro de Finanzas de Turquía, Nureddin Nebati, dijo que el gobierno espera llegar a las elecciones generales del próximo año con una inflación de un solo dígito. Sin embargo, el creciente descontento público ha envalentonado a la oposición turca. El riesgo es que Erdogan arremeta ante la presión. Si bien el presidente turco ha dado muestras recientemente de querer arreglar las cosas con sus antiguos rivales en el extranjero, eso no desalentará los ataques contra los enemigos percibidos a nivel doméstico. Erdogan ya ha lanzado oscuras advertencias contra las protestas callejeras. Algunos analistas temen que intente subvertir la votación de 2023 para aferrarse al poder, provocando una crisis constitucional.

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Hay un camino más sencillo y mucho más eficaz: Erdogan debería dejar que el banco central haga su trabajo. Ya lo ha hecho en el pasado, permitiendo una subida de tasas como medida de shock, antes de las elecciones de 2018, que pretendía hacer frente a una crisis monetaria similar. Aunque el banco central ha sugerido que ha terminado con la flexibilización por el momento, se requiere una acción mucho más contundente. Para estabilizar la lira en el pasado, señala Bloomberg Economics, las tasas de interés tenían que superar la inflación entre el 2% y el 3%. Es probable que sea necesaria una serie de subidas.

La reunión del comité de política monetaria de esta semana sería un buen punto de partida. Cuanto más espere el banco central a subir las tasas, más dolorosa será la medicina que finalmente se necesitará. Si no se actúa, el país se hundirá más en la crisis y Erdogan sólo se tendrá a sí mismo para culpar.

Editores: Nisid Hajari, Romesh Ratnesar.

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Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Andrea González