Boris Johnson
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Bloomberg Opinión — La suerte se le está terminando a Boris Johnson. La postura desafiante del primer ministro del Reino Unido en la Cámara de los Comunes el miércoles generó un renovado apoyo de los leales, pero no logró aplacar a nuevos y viejos enemigos dentro de su partido, que le piden que renuncie por las reuniones celebradas en el número 10 de Downing Street durante la pandemia pese a la imposición de confinamientos. Los miembros conservadores del Parlamento pueden desencadenar una contienda por su liderazgo con 54 declaraciones de censura. Todavía no ha surgido un sucesor convincente, pero con el colapso del apoyo popular a Johnson y su partido, es plausible que Johnson pierda esa votación. Pocos negarían que se lo merece.

La caída de Johnson es irónica. Nunca nadie lo apoyó por su talento gerencial, dominio de los detalles, consistencia ideológica o integridad personal. Sus fallas en todos esos aspectos han sido ampliamente documentados y nunca realmente negados. De hecho, casi lo contrario: él y sus seguidores los vieron como parte de su marca política. A pesar de sus antecedentes de clase alta, dirigió al país como un populista payaso, decidido a darle al país lo que la mayoría de los británicos querían, en particular, el Brexit. Sus formas erráticas fueron vistas como una especie de autenticidad. Con Boris no había ni brillo ni pretensiones. (mira su cabello). Lo que viste es lo que obtuviste.

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O eso afirmó él. El incumplimiento de reglas innecesariamente opresivas puede ser tolerado si es cometido por miembros del público y perdonado incluso si lo hicieran miembros ordinarios del Parlamento, pero cuando el primer ministro, autor y principal ejecutor de las reglas, se comporta como si no se aplicaran a él, la reacción es inevitablemente negativa. La conducta de Johnson muestra arrogancia elitista, simple y llanamente, y hace añicos su afirmación de estar del lado de la gente común. Lo notable es que un líder con los instintos políticos de Johnson no se diera cuenta de esto o simplemente asumiera que la información nunca se filtraría.

El primer ministro ha dicho que lo siente y está ganando tiempo, aparentemente planeando una reorganización del personal y esperando que las pasiones se calmen cuando concluya una investigación sobre la debacle. Pero las condiciones que dieron lugar a la asombrosa victoria electoral de Johnson en 2019 ya no están. Los beneficios prometidos del Brexit son invisibles y sus crecientes cargas son imposibles de ignorar. La pandemia, después de unos dos años, amenaza una vez más con abrumar al Servicio Nacional de Salud. Los costos de la energía y los precios en general están aumentando, amenazando el costo de vida. Aumentos de impuestos prometidos, necesarios para restablecer el control fiscal, están a punto de agravar ese problema. Y la oposición laborista ya no está dirigida por un socialista que fue suspendido por su propio partido en medio de acusaciones de antisemitismo.

Suceden cosas extrañas en la política, y especialmente en la política británica. Pero si Johnson y su partido prevalecen contra estas fuerzas, será un milagro.

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Editor senior responsable de los editoriales de Bloomberg Opinion: David Shipley

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Miriam Salazar