Economía

Caminos diferentes llevan a Brasil y México a la recesión

Ambos países terminaron con economías estancadas y pocas señales de crecimiento en el futuro cercano

Una fila para vacunarse en Ciudad de México.
Por Max de Haldevang y Maria Eloisa Capurro
01 de febrero, 2022 | 08:57 AM

Bloomberg — Llegaron allí de maneras marcadamente contrastantes, pero las dos economías más grandes de América Latina se encuentran en un lugar similar y poco envidiable dos años después del inicio de la pandemia: de nuevo en recesión.

La producción mexicana se contrajo un 0,1% en los tres meses hasta diciembre, informó el lunes el Instituto de Estadísticas del gobierno, luego de una contracción de 0,4% en el período anterior. La economía de Brasil, de US$1,6 billones, la única en la región que supera en tamaño a la de México, entró en recesión en el segundo trimestre de 2021 y se pronostica que se estancará durante todo este año.

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Las políticas pandémicas de los dos países difícilmente podrían haber sido más diferente. Brasil desembolsó más efectivo que otras economías emergentes y más que muchas economías ricas. Sus medidas de estímulo sumaron alrededor del 12% del producto interno bruto, según el Fondo Monetario Internacional, lo que se traduce en un déficit presupuestario históricamente grande.

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México mantuvo el gasto tan ajustado que incluso los economistas de Wall Street, que suelen alentar la prudencia fiscal en los países en desarrollo, pidieron que lo aumentara. Excluyendo los pagos de intereses, el gobierno estuvo cerca de equilibrar su presupuesto tanto en 2020 como en 2021.

Sin embargo, ambos países terminaron con economías estancadas y pocas señales de mucho crecimiento en el futuro cercano, un resultado familiar en América Latina, que ya estaba rezagada a nivel mundial en las décadas previas a la pandemia y que ahora se encuentra más afectada que la mayoría a causa del Covid-19.

“Recesión sincronizada”

“Ambas economías enfrentan ahora una recesión sincronizada, que refleja una combinación de problemas de las cadenas de suministro, aumentos de tasas locales, incertidumbre política y sus propios problemas estructurales”, dice Adriana Dupita de Bloomberg Economics.

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Eso no quiere decir que no haya diferencias.

El fuerte gasto de Brasil desencadenó una recuperación mucho más rápida. La economía se contrajo un 3,9% relativamente manejable en 2020 y en marzo del año pasado ya había recuperado con creces esa pérdida. Mientras tanto, los programas pandémicos del gobierno, incluidas las transferencias de efectivo a hogares de bajos ingresos, lograron reducir la pobreza, brevemente, a cerca de mínimos históricos.

Por el contrario, no se prevé que México (que se contrajo más del 8% en 2020) vuelva a alcanzar los niveles de producción anterior a la pandemia hasta 2023. Y ahora tiene unos 4 millones más de personas viviendo en pobreza que en 2018.

Pero el crecimiento de Brasil disminuyó cuando el año pasado se retiró el estímulo fiscal mientras el banco central se embarcaba en el ajuste monetario más agresivo del mundo. Elevó la tasa de referencia en 725 puntos básicos para frenar la inflación, que superó el 10%, en parte impulsada por el gasto público. Se espera otra alza de 150 puntos esta semana.

El presidente Jair Bolsonaro, candidato a la reelección en octubre, ha comenzado otra ronda de transferencias de efectivo. Pero con la política monetaria ahora en la dirección opuesta, no se espera que esas medidas impulsen el crecimiento muy por encima de cero durante el resto de este año.

Algunos analistas dicen que el gasto tiene como objetivo asegurar el apoyo político en lugar de apuntalar el potencial de la economía al abordar sus debilidades a largo plazo.

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“Supervivencia política”

“Es supervivencia política o populismo”, dijo Barbara Fritz, profesora de economía en el Instituto Latinoamericano de la Universidad Libre de Berlín. “No hay medidas como políticas industriales, fomento de la inversión, o reducción del gobierno”.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien diariamente critica el neoliberalismo en sus conferencias de prensa matutinas, dice que su austeridad pandémica eventualmente dará sus frutos. Mantener baja la carga de deuda del país, según su argumento, garantizará que México evite desviar demasiados recursos al pago de intereses en lugar de a programas sociales.

La deuda nacional es de alrededor del 60% del PIB, según cifras del FMI, en comparación con aproximadamente el 90% de Brasil. El banco central de México no ha tenido que subir las tasas de interés tan agresivamente como el de Brasil, porque la inflación no se ha disparado tan bruscamente.

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Aun así, todavía no está claro si se observarán muchos dividendos en términos de crecimiento. El FMI espera que la economía de México se expanda 2,8% este año, muy por debajo del promedio de 4,8% para los mercados emergentes.

“Extremadamente débil”

Lo que también llama la atención es que ambas economías dependen de motores de crecimiento que son exactamente lo contrario de lo que prometieron sus políticos.

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Bolsonaro contrató a Paulo Guedes (economista de una escuela de pensamiento asociada con la Universidad de Chicago, que es famosa por su reticencia al gasto público) para dirigir las cosas. Presidió un derroche fiscal masivo, rompiendo las reglas presupuestarias que se suponía que limitarían los desembolsos.

López Obrador llegó al poder con la promesa de reducir la dependencia de su gigantesco vecino del norte. Pero el mayor impulso que la economía de México obtuvo en los últimos dos años fue el resultado indirecto de la generosidad fiscal de Estados Unidos en la pandemia, que desencadenó un auge en la demanda de exportaciones mexicanas, así como una ola de remesas enviadas a casa por inmigrantes que recibieron cheques de estímulo.

Es “preocupante”, dice Alberto Ramos, economista jefe para América Latina de Goldman Sachs Group Inc. (GS), que México solo llegó tan lejos apoyándose en la política estadounidense. Tampoco confía en las perspectivas de Brasil: “Ambos tienen motores de crecimiento extremadamente débiles”.

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¿Otra década perdida?

Cuál país logrará acelerar esos motores primero, si alguno lo hace, es una pregunta que aún no tiene respuesta.

Para economistas orientados al crecimiento, como Arturo Huerta de la Universidad Nacional Autónoma de México, la política pandémica de Brasil de impulsar la economía y aliviar la pobreza a través de transferencias de efectivo ofrece mejores perspectivas.

Los analistas que se preocupan más por los riesgos fiscales, especialmente ahora que la Reserva Federal está a punto de comenzar a subir las tasas de interés de EE.UU., pueden ver beneficios en la cautela de México y riesgos para Brasil.

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El propio jefe del banco central de Brasil, Roberto Campos Neto, en noviembre sonaba como si pudiera estar de ese bando, cuando previno que la combinación de Brasil de bajo crecimiento, alta deuda, y aumento de la inflación y de las tasas de interés sugiere una perspectiva que “ya no es sostenible, sino explosiva”.

Ninguno de los dos países parece estar cerca de lograr lo que ha sido esquivo para la economía de la región en los últimos tiempos.

América Latina necesita “crecimiento inclusivo y de largo plazo”, dice Ernesto Revilla, jefe de economía latinoamericana de Citigroup Inc. (C) y execonomista jefe de la Secretaría de Hacienda de México. “Existe el potencial de otra década perdida, pero no está escrito en los libros aún.”

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