La bandera ucraniana en un edificio en Odessa
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Bloomberg Opinión — Las imágenes de la pantalla dividida de esta semana crearon un sorprendente contraste. Por un lado, los líderes de Alemania y Estados Unidos estaban sentados frente a la chimenea del Despacho Oval, con un lenguaje corporal cordial y relajado, así como mensajes coordinados. Frente a la prensa, Olaf Scholz, el canciller alemán, cambió espontáneamente a un inglés redundante pero franco: “Actuaremos juntos y daremos todos los pasos necesarios y todos los pasos necesarios los daremos los dos juntos”.

El otro lado de la pantalla de mi televisor también mostraba una reunión de dos líderes: el presidente francés Emmanuel Macron y el presidente ruso Vladimir Putin. Este último es el objeto de toda esta diplomacia de crisis, a medida que acumula tropas en torno a Ucrania.

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Macron y Putin ya habían hablado por teléfono cinco veces desde diciembre. Ahora conversaron durante otras seis horas, frente a frente en una larga mesa en el tipo de sala que hoy en día sólo se ve en el mundo poscomunista: un espacio grandilocuente y una iluminación fría, diseñada para distanciar e intimidar a la gente en lugar de conectarla. Los dos hombres parecían diminutos en ella, con un lenguaje corporal tenso y cambiante.

Los tres líderes occidentales en estas dos reuniones separadas están trabajando juntos para persuadir a Putin de que baje la temperatura. Esto es loable. Posteriormente, Macron visitó Kiev y se reunió con Scholz y el presidente polaco Andrzej Duda en Berlín. Scholz, a su vez, visitará Kiev y luego Moscú la próxima semana.

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La diplomacia es mejor que la guerra, como supuestamente dijo Winston Churchill. Y que nadie diga que los diplomáticos de hoy no lo intentan. Lo que es más difícil de adivinar para el público es lo que se dice en estas reuniones maratonianas.

¿Negocia Putin de buena fe? Niega que tenga intención de invadir Ucrania. Si no tiene planes de hacerlo, esta diplomacia es todo un espectáculo, montado para la propaganda interna para presentarlo como el centro de la atención mundial y para, tal vez, ganar concesiones de Europa en cuestiones que han sido durante mucho tiempo una molestia. Si en cambio ya ha decidido atacar, sin decírselo a nadie todavía, también es un espectáculo. Sólo si todavía está sopesando qué camino tomar, la diplomacia puede lograr algo.

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Los interrogantes también rodean a Macron. En el pasado reflexionó sobre “la muerte cerebral de la OTAN”, al tiempo que hablaba de “autonomía europea”, con lo que aparentemente se refiere a una Unión Europea dirigida por Francia que actúe independientemente de Estados Unidos. Otra consideración: se presenta a la reelección.

Antes de reunirse con Putin, Macron pensó en la “finlandización” como opción para Ucrania. Esto se refiere al acuerdo de Finlandia con la Unión Soviética durante la Guerra Fría, en el que se mantuvo nominalmente independiente a cambio de no alinearse con ningún bloque, pero en realidad cedió parte de su autonomía a Moscú.

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Tras su reunión, Putin mencionó que era “demasiado pronto para hablar” de algunas ideas que Macron había planteado y que, sin embargo, podrían crear “una base para nuestros futuros pasos”. ¿Se refería eso a una finlandización de Ucrania? De ser así, Macron habría violado la unidad y los principios de Occidente: los aliados han insistido hasta ahora en que no se cerrarán acuerdos sin la participación y el consentimiento de las naciones más pequeñas.

Por el contrario, Scholz ha hecho un buen papel. Y lo necesitaba. Durante semanas se le criticó por tratar de mantenerse al margen de la crisis. Se acusó a Alemania de ser un aliado poco fiable, a su propio partido -los socialdemócratas- de apaciguar a Rusia y de estar en deuda con un gasoducto ruso-alemán llamado Nord Stream 2. Scholz tenía que cambiar esa percepción.

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Y lo hizo. Preguntado por el Nord Stream 2, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se limitó a afirmar que, en caso de invasión, “le pondremos fin”. Scholz no mencionó el gasoducto por su nombre, pero inmediatamente añadió que “estamos absolutamente unidos”, lo que no dejó lugar a dudas. Si no quiere ser demasiado específico antes de tiempo, explicó una vez más, es porque es mejor mantener a Putin adivinando cuán dura será la respuesta de Occidente. La Alemania de Scholz, insinuó, será muy dura.

Por lo tanto, por ahora, Occidente permanece unido. Bien. Macron y otros deben ahora reafirmar el mismo mensaje.

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Mientras se hable, no se dispara, dijo una vez un antiguo ministro de Asuntos Exteriores alemán. Puede que eso fuera ingenuo: la historia demuestra que se pueden hacer ambas cosas a la vez. Pero por ahora, la diplomacia es lo único que tenemos. Gracias a Dios, todas las grandes potencias -incluida Alemania- están plenamente implicadas en ese esfuerzo.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.