Bloomberg Opinión
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Bloomberg Opinión — Los mercados y los inversionistas se sintieron aliviados por la victoria de Emmanuel Macron sobre la euroescéptica Marine Le Pen en las elecciones presidenciales francesas del mes pasado. Pero no deberían bajar la guardia. Una nueva amenaza surge del incansable laboratorio político italiano.

Al gobierno tecnócrata de Mario Draghi le queda menos de un año para terminar su mandato, y “Super Mario” ha dicho que no se presentará a otro mandato. Giorgia Meloni, la primera mujer que lidera un partido político en la machista Italia, es vista ahora como la fuerza a batir en la era posDraghi. Y si resulta ser su sucesora, será un terremoto político para Italia y para Europa.

Y es que los Hermanos de Italia, el partido liderado por Meloni, se fundó de las cenizas de la fascista Alianza Nacional en 2012. El 17 de mayo, las encuestas situaban el apoyo de su partido en el 23% de los posibles votantes, dos puntos por delante de la coalición de centro-izquierda liderada por Enrico Letta. La otrora potencia de la derecha, la Liga de Matteo Salvini, tiene un 16% en las encuestas, un desplome desde un máximo del 30% en 2019. Si las elecciones nacionales tuvieran lugar ahora mismo, una posible alianza (liderada por Meloni e incluyendo a la Liga de Salvini y a los seguidores del magnate caído en desgracia Silvio Berlusconi) captaría el mayor número de escaños en la legislatura y formaría gobierno.

El ascenso de un partido neofascista provocaría el pánico en los mercados internacionales. Además, Italia no puede permitirse en este momento volver a la violenta volatilidad de los mercados de la primavera boreal de 2018, cuando la Liga y el populista Movimiento Cinco Estrellas se erigieron como ganadores impensados en las elecciones nacionales. La deuda de la tercera economía de la eurozona ronda ahora el 150% del producto interior bruto y su breve racha de crecimiento pospandémico (tras dos décadas de estancamiento económico) ya está siendo puesta a prueba por los aumentos de los precios de la energía inducidos por la guerra en Ucrania.

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Meloni ya está tratando de ampliar su atractivo, suavizando su retórica. En los programas de entrevistas y ante la prensa ha empezado a describirse a sí misma como de centro-derecha. Pocos (o ninguno) de sus entrevistadores le han cuestionado este autorretrato revisado. Según personas con las que se ha puesto en contacto su equipo, está buscando académicos y líderes empresariales que la hagan parecer políticamente más convencional. Pero si se investigan sus ideas, estas tiene más en común con las democracias antiliberales del partido polaco Ley y Justicia y con el húngaro Viktor Orban.

El éxito de Meloni se debe en parte a su exclusión. Su partido fue la única organización política importante que no se incluyó en el “gobierno de unidad” de la era de la pandemia de Draghi. Eso le ha dado libertad para captar votos de protesta entre los afectados por la creciente desigualdad económica de Italia y desilusionados por las élites de Bruselas. Draghi, el antiguo presidente del Banco Central Europeo, también fue nombrado, no elegido, primer ministro. Eso le convierte en el complemento perfecto para la retórica antisistema de Meloni.

Meloni, de 45 años, acumuló capital político gracias al kabuki político que pretendía desplazar a Draghi a una posición de poder más segura y permanente (la presidencia) en febrero. Una votación que fue una farsa y terminó inconclusa hizo que Sergio Mattarella, el presidente en funciones, aplazara su retirada por falta de apoyo parlamentario suficiente para la medida. Ninguno de los miembros de la coalición gobernante (incluido Salvini) salió bien parado. Pero el caótico proceso también humilló a “Super Mario”. El primer ministro ya no es el semidiós salvador que solía ser.

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Meloni es ahora la única estrella política real no contaminada por las maquinaciones del sistema. Ha aprendido la lección del fracaso del euroescepticismo duro de Le Pen y Salvini (de hecho, se había distanciado de Le Pen mucho antes de las elecciones francesas). Meloni se ha posicionado como un nuevo tipo de conservadora, llamándose a sí misma “una Tony Blair de derechas”. Si eso es confuso, probablemente sea la intención. Muchas de las posiciones de Meloni son contradictorias. Sabe que Italia necesita los fondos de la Unión Europea, de ahí su postura más suave contra la UE. Pero sigue oponiéndose abiertamente a la inmigración y al federalismo europeo. Madre soltera, se presenta como defensora de los valores familiares cristianos y tradicionales.

Fue elegida líder del Partido de los Conservadores y Reformistas Europeos en 2020, una agrupación de partidos de extrema derecha que incluye al partido polaco Ley y Justicia. Meloni (que domina el inglés y el francés) fue ponente en la convención republicana CPAC, donde profundizó en sus vínculos con el contingente de Donald Trump y arremetió contra la “invasión” de Estados Unidos por parte de los migrantes mexicanos, comparándola con los africanos en Italia. En España, el año pasado subió al escenario entre los miembros del partido de derechas Vox y se describió (esta vez en un español fluido) como “una madre y una mujer” que defiende a Europa de las élites globalistas.

Es un personaje llamativo en la cultura del machismo tóxico de Italia y, si sale victoriosa en las elecciones, sería la primera mujer primer ministra del país. Ya sólo por eso se está ganando el apoyo de sectores improbables. La semana pasada me reuní con una empresaria italiana que, naturalmente, se inclina por la izquierda, pero que cree que vale la pena considerar a Meloni porque haría historia por su género.

Pero no hay que dejarse engañar. Meloni ha dicho que “el aborto es una derrota para la sociedad” y ha liderado la oposición en el parlamento italiano a una ley que consagra los derechos del colectivo LGBTQ+.

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Hay muchas cosas que pueden cambiar desde ahora hasta el final del mandato de Draghi en la primavera boreal de 2023. Una reescritura de la ley electoral italiana para favorecer una representación más proporcional podría reducir en gran medida las posibilidades de Meloni. También necesita el apoyo de la élite industrial del norte de Italia y de la clase empresarial. Es una tarea difícil para una mujer que creció en un barrio obrero de Roma. A Salvini tampoco le gustaría que se metiera en su terreno.

Sin embargo, ahora es la cara aceptable de la extrema derecha y su legado posfascista, y la prueba de que la democracia antiliberal está llegando al corazón de Europa.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Estefanía Salinas Concha.