La Reina Isabel II con el Presidente de los Estados Unidos Joe Biden en el Gran Corredor durante su visita al Castillo de Windsor el 13 de junio de 2021 en Windsor, Inglaterra.
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Bloomberg Opinión — Las celebraciones del Jubileo de Platino de la Reina Isabel II en el Reino Unido, que finalizaron el domingo, han generado una pregunta en algunos sectores de Estados Unidos: ¿Debería EE.UU. tener una monarquía? La noción de monarquía absoluta, en lugar de una simbólica o constitucional, está encontrando algunos nuevos adherentes en la derecha.

El ingeniero y empresario Curtis Yarvin, que también ha escrito bajo el seudónimo Mencius Moldbug, ha pedido una nueva monarquía estadounidense, más parecida a la de Isabel I que la de Isabel II. La reacción instantánea en el país, por supuesto, es descartar la monarquía absoluta como injusta, anticuada e impráctica. Y, de hecho, esa sigue siendo la reacción correcta; sin embargo, merece la pena reflexionar sobre lo que el deseo de una monarquía dice sobre el estado actual de la derecha intelectual estadounidense.

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Una de las razones por las que algunos pensadores en la derecha buscan una monarquía absoluta es que quieren un gobierno que pueda trabajar con eficacia para lograr determinados fines. Yarvin compara con frecuencia a su ideal de monarca absoluto con un CEO, citando a Franklin Delano Roosevelt como un presidente que supo utilizar el poder para hacer que las cosas sucedieran. En su opinión, el presidente Biden no dirige en ningún sentido el gobierno que preside, y por ende la nuestra es una época de caos y colapso.

Merece la pena comparar esto con los años 80 y 90, cuando muchos en la derecha celebraban el estancaimiento y la parálisis del gobierno como el mejor resultado que se podría obtener. Esos días ya han pasado, y los pensadores de izquierdas deberían alegrarse de ello, aunque no estén dispuestos a entregar la túnica púrpura al siguiente aspirante plausible. Incluso escritores liberales (y no monárquicos) como Ezra Klein anhelan un gobierno que realmente pueda llevar a cabo sus planes, e instan a los progresistas a reorientar sus energías intelectuales en esa dirección.

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Cuando dos pensadores de extremos opuestos del espectro político se centran en la necesidad de “hacer las cosas”, llama la atención. Mi propia versión del “libertarismo de capacidad estatal” está en la misma línea. Si algunas personas necesitan los adornos de la monarquía para acercarse a esta posición, lo contaré como una victoria en lugar de temer el autoritarismo de la próxima reina estadounidense, lo cual no va a ocurrir de todas formas.

Los neomonárquicos también nos recuerdan, aunque sin quererlo, los peligros de aumentar demasiado la capacidad del Estado. Es fácil burlarse de la monarquía, pero ¿no podrían algunos de los problemas de la monarquía afectar los movimientos no monárquicos hacia una mayor capacidad estatal? ¿Cómo nos aseguramos exactamente de que la capacidad estatal se aproveche para mejorar las cosas? A China, por ejemplo, le resulta muy fácil construir a bajo costo, pero abusa de sus poderes de dominio, persigue infructuosamente una política de “Cero Covid” y vigila excesivamente a sus ciudadanos.

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Una de las principales formas de canalizar y dirigir la capacidad del Estado es a través de la cultura, un canal que no está fácilmente disponible para los monárquicos. Después de todo, la monarquía absoluta no es una tradición en EE.UU., una nación fundada en rebelión contra el gobierno de Jorge III. Yarvin esboza una visión en la cual un presidente de EE.UU. entrega una Biblia y el balón nuclear a Carlos III y se marcha en un Uber, mientras la Royal Navy navega por el Potomac.

Si no está seguro cuán en serio va Yarvin, ese es el punto. Es muy difícil hacer un retrato cultural coherente de la transición monárquica.

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Muchos críticos se centran en la naturaleza antidemocrática de la propuesta. Puede que no se den cuenta de hasta qué punto partes de la Nueva Derecha consideran que el statu quo promueve una conformidad asfixiante en el mundo académico, los medios de comunicación y la América corporativa (la “Catedral” de Yarvin), en lugar de un discurso verdaderamente pluralista.

Veo mucha más diversidad intelectual en Estados Unidos en la actualidad que Yarvin. Aún así, desearía que la “Catedral” (¿también puedo llamarla así?) fuera un poco más consciente de sus propias limitaciones, en lugar de limitarse a tachar de fascistas a los pensadores antidemocráticos. También es posible pensar en la monarquía absoluta como una forma desesperada de restaurar la diversidad de pensamiento, creando un cargo cuyo titular no tenga que rendir cuentas a la Catedral.

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La crítica más contundente a la monarquía absoluta es una crítica histórica. En Reino Unido, sobre todo, los llamados monarcas “absolutos” tuvieron que hacer frente a graves exigencias fiscales, que sólo satisfacían concediendo cada vez más poderes al Parlamento o a los nobles locales. Y eso era así cuando el gobierno era un porcentaje muy pequeño del PIB. ¿Cómo funcionarían las cosas hoy en día? ¿Tendría un rey tanto poder como, por ejemplo, Tim Cook? Si el poder ejecutivo y el legislativo tuvieran que renegociar hoy los viejos acuerdos, los resultados podrían ser tan desordenados que cada uno acabaría con menos poder y coherencia de lo que Yarvin ve ahora.

Para bien o para mal, el único camino factible hacia una mayor capacidad estatal es comprometerse a mejorar las fortalezas que ya tiene el Estado. Y a pesar de todas sus fallas, el actual Estado de EE.UU. Tiene muchos logros recientes notables: mantener a Al Qaeda bajo control, armar a Ucrania, ejecutar la Operación Warp Speed y (hace una década, pero aún así) salvar el sistema financiero.

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A mí, la monarquía ni siquiera me parece divertida. Por otra parte, soy alguien que ha estado en Londres muchas veces y nunca ha visitado el Palacio de Buckingham. Una monarquía estadounidense real no me interesaría en absoluto. Sin embargo, solo el hecho de pensar en la idea es una nueva forma útil de ver los problemas de nuestra forma de gobierno estadounidense.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Estefanía Salinas Concha.