Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, en una reunión en el último día de la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el Centro de Congresos de Ifema en Madrid, España, el jueves 30 de junio de 2022.
Tiempo de lectura: 4 minutos

Bloomberg Opinión — Boris Johnson es el condenado que se niega a morir. Durante siete meses se ha abierto camino a través de una serie de escándalos y caídas que habrían derribado a la mayoría de los titanes de la política británica de la posguerra. Para gran irritación de sus enemigos y rivales, se ha negado a aceptar la sentencia de muerte política.

Sin embargo, a la hora del té del martes (entre 3:30pm a 5:00pm), la dimisión casi simultánea del Ministro de Hacienda, Rishi Sunak, y del Secretario de Sanidad, Sajid Javid, parecía el final del primer ministro del Reino Unido. Una serie de ministros subalternos siguieron su estela durante el resto del día y también el miércoles. A una velocidad vertiginosa, el número 10 ha ido improvisando sustitutos sin experiencia.

Esta vez, su liderazgo parece haber recibido una herida de muerte. El tiempo que tarde en irse determinará el posible resultado de las próximas elecciones británicas y el futuro de su partido.

Sunak y Johnson debían hacer una declaración conjunta sobre la economía la semana que viene. Pero el ministro de Hacienda estaba frustrado por el aire de crisis permanente que se cierne sobre el gobierno y la formulación de políticas contradictorias: en su carta de dimisión dijo que había estado dispuesto a comprometerse y aceptar la responsabilidad colectiva de las decisiones con las que no estaba de acuerdo, pero que sus diferencias con el primer ministro eran ahora demasiado grandes para continuar. En otras palabras, el primer ministro quiere comprar a los votantes enfurecidos por las subidas de impuestos y la inflación, mientras que el canciller tiene pesadillas causadas por el creciente déficit. La ortodoxia fiscal de Sunak ya no podía conciliarse con la intención de gastar libremente de Johnson.

PUBLICIDAD

Otro golpe de efecto vino de Javid, el ahora ex secretario de Sanidad, que en su carta de despedida le dijo a Johnson que “usted también ha perdido mi confianza” y puso en duda la integridad del primer ministro. Javid ya había dimitido de este gobierno antes, después de ser un efímero ministro de Hacienda. Esta vez declaró “que el público está listo para escuchar la verdad”. Ello insinúa que no la han escuchado desde el Nº 10 de Downing Street.

Sin embargo, el asesinato político de Johnson ha sido tan lento e incompetente como el de Rasputín: Los aristócratas descontentos probaron el arsénico, las balas de un revólver y el ahogamiento en el río Neva congelado antes de despachar finalmente al “monje loco”, que era el favorito del zar. También Johnson se las está arreglando para mantener la cabeza fuera del agua.

Las investigaciones policiales y de la administración pública sobre el escándalo conocido como Partygate se tropezaron entre sí y no consiguieron acabar con el primer ministro a principios de este año, aunque sí fue multado por romper sus propias normas de confinamiento. Ni siquiera una reciente revuelta parlamentaria logró tumbarlo pese a que hasta 148 diputados conservadores declararon que no confiaban en su gestión. Si los rebeldes hubieran esperado a los resultados de dos catastróficas derrotas electorales parciales para el gobierno quince días después, Johnson probablemente hubiera estado frito.

PUBLICIDAD

Recordando la revuelta del gabinete que anticipó la caída de Margaret Thatcher (la primera ministra más fuerte y exitosa de Gran Bretaña), los disidentes conservadores han rogado recientemente a los altos ministros, en público y en privado, que echen a Johnson. El gabinete tiene la responsabilidad última de llamar a filas a un líder que no puede liderar. Pero el viejo adagio de que “quien empuña el cuchillo nunca lleva la corona”, y el conocimiento de que muchos leales que rodean a Johnson probablemente no verán un alto cargo bajo otro primer ministro conservador, aseguró que las filas permanecieran intactas. Hasta ahora.

Aun así, se recordará entre las bases que ambos ministros salientes tienen en sus bolsillos green cards estadounidenses, que les permiten residir y trabajar en el país. Sunak, un ex ejecutivo de Goldman Sachs muy empleable y con contactos empresariales mundiales de primera fila, sugirió imprudentemente en su carta de dimisión que el Tesoro podría ser su último puesto ministerial.

Puede que este desafío haya sido liderado por plutócratas acaudalados, pero ¿cuánto disimulo pueden soportar los parlamentarios de Johnson, el partido y el país en general? El más reciente escándalo sexual en el que se ha visto envuelto un whip del partido conservador, Chris Pincher, cuyo trabajo era ejercer la disciplina del partido y que fue promovido personalmente por el primer ministro, ha humillado a los colegas del gabinete, de quienes se esperaba que defendieran las falsedades del primer ministro.

Johnson envió a un ministro tras otro para respaldar la negación del número 10 de que estaba al tanto de la conducta sexual depredadora de Pincher antes de darle el puesto. El domingo, un aliado del gabinete protestó: “No tengo conocimiento de que se le hayan hecho denuncias específicas”. El lunes, según otro ministro, Johnson no tenía conocimiento de “ninguna denuncia específica grave”. Sin embargo, pronto se reveló que Johnson había bromeado al respecto en una ocasión.

PUBLICIDAD

Se ve horrible ante los votantes que incluso los amigos del primer ministro estén escribiendo ahora su obituario político. Anoche estuve en una reunión de personas que simpatizaban con Johnson y me llamó la atención cómo muchos recordaban su habilidad, desde sus días en Oxford, para conseguir un gran número de leales y compañeros de viaje, mientras era apoyado por un pequeño núcleo de íntimos. Ese talento lo sostuvo a través de muchas tormentas.

Hoy en día, los leales oportunistas se están desvaneciendo o escribiendo cartas “Dear Boris” (“Querido Boris”), lamentando su renuncia. El resultado es un gabinete desguazado y un primer ministro que se aferra con las puntas de los dedos. No es una buena imagen para el gobierno ni una buena apuesta para los conservadores británicos.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Andrea González