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Bloomberg Opinión — Japón se ha visto paralizado por la noticia de que el ex primer ministro, Shinzo Abe, ha sido asesinado tras ser baleado en la campaña electoral para las elecciones a la cámara alta del domingo.

Un pistolero solitario atacó a Abe, que fue declarado muerto en un hospital de Nara como consecuencia de heridas en el pecho y el cuello. Se trata de una tragedia que tendrá repercusiones mucho más allá de las votaciones de este fin de semana.

Es difícil pensar en un lugar más inesperado para este tipo de acontecimiento: Japón se enorgullece de ser una sociedad segura. El impacto de los ataques con gas sarín en el metro de Tokio por parte de la secta Aum Shinrikyo, casi 30 años atrás, todavía resuenan precisamente porque este tipo de incidentes son muy infrecuentes, sobre todo los tiroteos. El asesinato no resuelto en 2013 de Takayuki Ohigashi, el jefe de una famosa cadena de restaurantes al que dispararon frente a la sede de su empresa, aún perdura en la memoria. Los asesinatos políticos son aún más extraordinarios: El tiroteo mortal del alcalde de Nagasaki en 2007, un hecho vinculado a la yakuza, podría ser el único corolario reciente.

Sí se producen ataques violentos al azar. En los últimos años se ha visto un aumento de este tipo de sucesos, como el asesinato en masa de 26 personas en Osaka el pasado mes de diciembre, en el que el sospechoso prendió fuego a una clínica de salud mental, suicidándose en el proceso; o los ataques con cuchillo en el metro de Tokio el pasado Halloween, que afortunadamente no causaron víctimas mortales.

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Aunque en Japón hay algunas armas disponibles para los cazadores, cualquier compra requiere controles estrictos. Al parecer, las fotos del lugar de los hechos muestran un arma de fuego inusual, de aspecto casi artesanal. El año pasado, un hombre se suicidó en Ibaraki con una pistola que se cree que fue fabricada con una impresora 3D. Pero debido al historial de seguridad de Japón, la seguridad en los mítines políticos es escasa. No es nada raro ver a ex primeros ministros u otras personalidades haciendo campaña en una esquina o frente a una estación de tren sin que haya un destacamento de policía o de seguridad visible.

El asesinato de Abe tendrá un efecto rotundo en el país. Aunque la gente de fuera pueda pensar en él como un antiguo político, mantenía una inmensa influencia en Japón. Dirigía la mayor facción del Partido Liberal Democrático y, con sólo 67 años, seguía en la flor de la vida. Muchos especularon con que podría haber vuelto a presentarse como primer ministro. Aunque no lo hiciera, Abe estaba en condiciones de ayudar a decidir el próximo primer ministro.

Al momento de escribir estas líneas, sabemos poco del sospechoso y nada de sus motivaciones. Abe ha atraído protestas violentas en el pasado, incluyendo una autoinmolación en 2014 contra la legislación de seguridad que él encabezó. Pero este tipo de ataque a una figura nacional de su talla no tiene ningún precedente en la historia moderna del país.

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Una cosa parece segura: El 8 de julio es un día que marcará a Japón para siempre.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.