Biden en su llegada a Tel Aviv
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Bloomberg Opinión — Los viajes de los presidentes estadounidenses a Medio Oriente siempre están cargados de expectativa y aprensión, pero pocos han tenido el bagaje geopolítico que conlleva la visita de Joe Biden, a Jerusalén hoy y Jeddah a finales de semana. Algo inusual es que el invitado estará tan ansioso por el resultado como sus anfitriones.

Biden, que llegó al poder con ideas sobre la despriorización de Medio Oriente en la política exterior de Estados Unidos, quiere ahora reafirmar lo que él llama el “vital papel de liderazgo” de Estados Unidos en los asuntos de la región. Pero los líderes israelíes y árabes necesitan pruebas de que se toma en serio ese papel. Los príncipes de los países del Golfo son especialmente escépticos, pues intuyen que dirá cualquier cosa para que saquen más petróleo.

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Las dudas sobre su sinceridad se centran en su actitud hacia el país que más temen israelíes y árabes: Irán. Creen que Biden, deseoso de revivir el acuerdo nuclear de 2015 que Teherán alcanzó con las potencias mundiales, es demasiado tolerante con las actividades desestabilizadoras del país en la región, que van desde la financiación y el armamento de una amplia red de milicias y grupos terroristas hasta el enriquecimiento de uranio a niveles muy superiores para cualquier propósito pacífico.

Biden ha defendido que el acuerdo, conocido como Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA por su sigla en inglés), limitará el programa nuclear de Irán. También espera persuadir a Teherán para que acepte un acuerdo de seguimiento que ponga fin a sus amenazas no nucleares para la estabilidad de la región.

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Se trata de un cambio absoluto con respecto a las políticas de su predecesor, Donald Trump, que sacó a EE.UU. del JCPOA y trató de frenar las actividades de Irán imponiendo fuertes sanciones económicas.

La administración de Biden ha mayormente mirado hacia otro lado mientras Irán ha burlado las sanciones, exportando cada vez más petróleo y aumentando enormemente su gasto militar. Uno de los primeros actos de Biden al asumir su cargo fue anular la decisión de Trump de designar a los rebeldes hutíes de Yemen respaldados por Irán como grupo terrorista.

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Todo esto parece ingenuo para los israelíes y los árabes del Golfo, que señalan que Biden no ha obtenido nada a cambio de su actitud conciliadora. Irán ni siquiera quiere negociar directamente con EE.UU., prefiriendo utilizar intermediarios europeos. Tampoco ha hecho ninguna concesión significativa; por el contrario, el principal negociador de Biden afirma que Teherán ha añadido nuevas exigencias incluso cuando ha acelerado sus actividades de enriquecimiento de uranio.

Lo más probable es que Irán esté alargando deliberadamente las negociaciones hasta que haya alcanzado el estatus de Estado al umbral de poder fabricar armas nucleares, similar al de Japón y Corea del Sur, que no han llegado a armar sus arsenales. El organismo de control nuclear de las Naciones Unidas dice que Irán ya tiene suficiente material para una bomba. En efecto, Teherán está aumentando su capacidad para aterrorizar a sus vecinos y chantajear a la comunidad internacional mientras finge que el enriquecimiento es sólo una táctica de presión para que EE.UU. vuelva al JCPOA.

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Hay algunos indicios de que la venda está cayendo finalmente de los ojos de Biden. Sus funcionarios han reconocido que las perspectivas de volver al acuerdo nuclear “son tenues en el mejor de los casos” y han anunciado nuevas sanciones contra el contrabando de petróleo iraní. También están advirtiendo de que la amenaza de Teherán se extiende más allá de la región: El lunes, el asesor de Seguridad Nacional de EE.UU. Jake Sullivan, anunció que Irán se estaba preparando para proporcionar a Rusia hasta varios cientos de aviones no tripulados, probablemente para su uso en la invasión de Ucrania.

Dadas las circunstancias, el presidente estadounidense se verá en apuros para explicar en Jerusalén y Jeddah por qué aún se aferra a la esperanza de que sea posible volver al JCPOA, o que Teherán acepte un segundo acuerdo para frenar su amenaza no nuclear. Sus anfitriones tampoco se conformarán con vagas promesas de una alianza de seguridad en Medio Oriente contra Irán.

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En lugar de intentar defender lo indefendible, Biden debería aprovechar la oportunidad para terminar con su fracasada política hacia Irán. El jueves, cuando se cumple el séptimo aniversario del anuncio del JCPOA, el presidente estadounidense debería anunciar que se ha agotado el tiempo para su reactivación. Debería poner fin a la farsa de las negociaciones y presionar a los demás firmantes para que invoquen la característica de “reversión” del acuerdo, que impone sanciones más amplias de las Naciones Unidas a Irán.

No todos los firmantes estarán de acuerdo, pero sólo hará falta uno; los términos del JCPOA no permiten el veto. Los europeos, al igual que EE.UU., están perdiendo la paciencia ante la negativa de Irán a llegar a un acuerdo. China y Rusia no están de acuerdo: Vladimir Putin viajará a Teherán la próxima semana en una muestra de solidaridad. Pero a diferencia de lo que ocurrió en 2020, cuando el intento de Trump de imponer el snapback (mecanismo para el restablecimiento de las sanciones contra Irán) fue recibido con una burla universal, nadie puede argumentar que su sucesor no ha hecho un esfuerzo sostenido y de buena fe para revivir el acuerdo. Puede que mayores sanciones no detengan la carrera de Irán hacia el estatus de umbral nuclear, pero tampoco podrá seguir fingiendo que su actividad de enriquecimiento es una mera táctica de negociación.

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Mientras tanto, el gobierno de Biden debería aplicar rígidamente las sanciones de EE.UU., comenzando por tomar medidas enérgicas contra todos los que permiten el comercio ilícito de petróleo de Irán, incluidas algunas personas y empresas árabes del Golfo. Y debería proporcionar a los israelíes y a los árabes las armas que necesitan para defenderse de Irán y de sus apoderados.

Si Biden toma la iniciativa en la cuestión que más preocupa a sus anfitriones, puede convertir la visita en un punto de inflexión para la región. Si es sincero en cuanto a reclamar el “papel de liderazgo vital” de EE.UU. en Medio Oriente, Biden debería demostrar su liderazgo donde es más vital.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.