Por una vez, Italia no tiene a nadie a quien culpar de las convulsiones que se avecinan, sino a sí misma

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Bloomberg Opinión — Italia vuelve a estar en crisis, y no es una sorpresa.

El ciclo político que comenzó con un terremoto populista en 2018, el cual reunió a fuerzas marginales de la izquierda y la derecha en una inusual coalición, y ha terminado de la misma manera que empezó: con un amargo golpe al sistema y turbulencias en los mercados por el futuro de Italia.

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A lo largo del camino este ciclo ha alimentado el ascenso de los Hermanos de Italia, un partido de extrema derecha, y visto la caída del primer ministro Mario Draghi, que finalmente no ha podido escapar de las maquinaciones de Roma. Parece que nadie, ni siquiera el hombre al que se atribuye la salvación del euro, puede conseguir una salida limpia del gobierno, por muy aplaudido o venerado que sea a nivel internacional. Porque en Italia, la política es personal.

Para los que no son parte de los círculos italianos, fue una sorpresa: una tormenta política en medio de una guerra y a pocas horas de una reunión crucial del Banco Central Europeo. Cada vez será más difícil proteger al país de los golpes de mercado que la misma política italiana ha provocado.

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La crisis comenzó con Giuseppe Conte, el líder del partido Cinco Estrellas, que precipitó la ruptura de la coalición; Matteo Salvini, de la Liga, la remató abandonando la votación de confianza que habría permitido a Draghi permanecer en el cargo hasta la primavera boreal.

La ironía es que ambos hombres formaban parte del llamado Governo del Cambiamento, la coalición que reunió a la Liga y al Cinco Estrellas en 2018, que prometía revitalizar la política. Ese experimento fracasó estrepitosamente. Los italianos deben entender ahora que llevar a los extremos a sus instituciones principales no es mejor ni más eficiente que la política del establishment. Y hay que hacer un examen de conciencia sobre lo que salió mal -y por qué- antes de que las próximas elecciones perpetúen la mala política durante más tiempo.

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No se puede negar que la legislatura que está a punto de terminar se ha visto acosada por constantes luchas internas, puñaladas por la espalda y maquinaciones personales de los mismos que prometieron anteponer el interés de la nación a la política partidista en 2018. En los últimos cuatro años se han producido enormes oscilaciones ideológicas, suficientes para enfadar y confundir a los votantes italianos en cada momento.

Draghi ofreció un breve descanso de la inestabilidad, y una visión necesaria para impulsar las reformas. Pero la mala política desatada por el populismo es profunda. Ahora nos espera una campaña electoral brutal.

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Sin embargo, será interesante. Por una vez, Italia no tiene a nadie a quien culpar de las convulsiones que se avecinan, sino a sí misma. No hay ningún enemigo externo al que señalar con el dedo. La Comisión Europea ha señalado que está dispuesta a trabajar con cualquier gobierno que salga de las elecciones. Bruselas también ha cambiado desde la crisis del euro: en contra de lo que sostienen los críticos, los responsables de formular políticas se han acercado. La buena voluntad de Roma ha avanzado mucho, y la constante pontificación (en gran parte estereotipada) sobre el sur de Europa se ha suavizado. En este invierno boreal puede ser Alemania la que pida solidaridad para asegurar el suministro de energía. Cómo han cambiado las cosas.

Mientras tanto, el BCE ha demostrado su voluntad y capacidad de actuar con firmeza para proteger la moneda única. Con todos sus defectos, Italia, miembro fundador del euro y tercera economía del bloque, seguirá siendo una pieza clave del rompecabezas monetario con el que tiene que trabajar Fráncfort.

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Si los sondeos no fallan, el próximo gobierno reunirá probablemente una coalición de derechas en el Palazzo Chigi, sede del primer ministro, liderada por Hermanos de Italia, la Liga y la Forza Italia de Silvio Berlusconi, que todavía anda por ahí.

Una cosa que hay que saber sobre Giorgia Meloni, la jefa de los Hermanos de Italia, es que su capital político proviene de ser una fuerza de oposición. Actualmente es popular porque oponerse a la política es más fácil que tomar decisiones difíciles en el gobierno. Como suele ocurrir en política, una vez que se tiene que hacer política de verdad, el apoyo público se disipa rápidamente.

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Italia también tiene una extraordinaria capacidad para construir y quemar políticos. De hecho, para Meloni, convertirse en la próxima primera ministra -si es que eso ocurre- puede resultar un cáliz envenenado. Sus rivales son muy conscientes de ello.

En tiempos de tensión política y de mercado, es fácil que los inversores se agiten. ¿Quién puede culparlos después del más reciente drama? Pero es importante tener en cuenta que, a pesar de todo el histrionismo, las instituciones italianas tienen una notable capacidad para ajustarse, reducir pérdidas y salvar la cara. Decir que Italia se va a desmoronar o que va a volver a considerar dejar la UE, sacando al país del euro y devolviéndolo a la lira, es una narrativa demasiado simplista cuando los tiempos se ponen difíciles. De hecho, ignora lo mucho que el sistema -y la clase empresarial italiana- se oponen a ese resultado.

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Más pronto que tarde, Italia tendrá que abandonar los fuegos artificiales y centrarse en la economía. Pero eso sólo ocurrirá si los italianos dejan claro con su voto que el experimento populista ha terminado y que el país necesita un gobierno serio. No se puede dar carta blanca a los mismos políticos que han traído a Italia hasta aquí.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.