Vladimir Putin
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Bloomberg Opinión — Todos los indicadores están en rojo en Europa.

Las advertencias sobre una recesión en el invierno boreal son cada vez más fuertes, la moneda única se desploma y el mercado energético ya está en modo de crisis. Pero los gobiernos europeos siguen yendo tres pasos por detrás, en gran parte porque dedican demasiado tiempo intentando adivinar los próximos movimientos de Rusia. En cambio, deberían prestar más atención a lo que Moscú está impulsando: el malestar social.

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La semana pasada, Dmitri Medvédev, antaño una esperanza liberal para Rusia pero que se ha convertido en una de las voces más beligerantes contra Ucrania, escribió una larga publicación en su canal de Telegram en la que instaba a los ciudadanos europeos a protestar por las acciones “estúpidas” de sus gobiernos (es decir, las sanciones) y a castigarlos por ello (es decir, expulsarlos). Sugirió que los europeos quieren estrechar lazos con Rusia, pero se ven engañados por una política tonta, mientras que Rusia quiere cooperar con los pueblos de Europa. “No se queden callados... Rusia puede oírlo”, escribió. Medvédev terminó sugiriendo que en Rusia hace calor, un golpe bajo a Europa, que se adentra en un invierno de escasez energética causado precisamente por la falta de suministros rusos.

El mensaje se hizo viral en Italia, e incluso acabó en las portadas de La Repubblica y Corriere della Sera, los dos periódicos nacionales más importantes. Ambas publicaciones acusaron a Medvédev de interferir en la campaña electoral que se está llevando a cabo de cara a los comicios del próximo mes. La izquierda italiana fue más allá, sugiriendo que Rusia quiere agitar la tensión social. La derecha, que actualmente lidera las encuestas y a menudo es acusada de ser blanda con el Kremlin, dijo que las elecciones las decidirán los italianos, no los rusos. Sin embargo, Matteo Salvini, jefe del partido de extrema derecha Liga, ha relacionado las sanciones con la crisis del costo de vida, sugiriendo que es necesaria una solución diplomática para proteger a los hogares italianos y alejándose de la postura beligerante de Mario Draghi contra Rusia.

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A estas alturas no es ningún secreto que Rusia quiere forzar una vuelta de tuerca a las sanciones, convirtiendo a la energía en un arma. El Kremlin cree que los europeos acabarán tirando la toalla, y para ello está montando una estrategia doble. Por un lado mantiene la incertidumbre sobre el suministro de gas. Rusia no tiene que cortar los flujos por completo para causar daños: la mera idea de un invierno sin gas ruso es suficiente para causar estragos. Muchos indicadores sugieren que Putin está ganando en los mercados energéticos. Mientras tanto, la otra mano está ocupada avivando el malestar social. A eso se refería la arenga de Medvédev. El presidente Vladimir Putin también ha hablado del “suicidio económico” de Occidente, y los bots rusos han amplificado el mensaje mediante la desinformación en las redes sociales.

Europa no está prestando suficiente atención a los mensajes de guerra de Rusia. Las cuentas afiliadas a Rusia inundan la web con la narrativa del Kremlin sobre todo, desde la reapertura del gasoducto Nord Stream 2 hasta las sanciones. Desde el comienzo de la guerra, los diplomáticos rusos y los medios de comunicación estatales han tuiteado mucho más sobre la dependencia de Europa del gas ruso que sobre su creencia de que Ucrania simpatiza con los nazis (el pretexto original de Rusia para invadirla), según una investigación de la Alianza para la Seguridad de la Democracia del Fondo Marshall Alemán que rastrea la desinformación rusa.

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El objetivo, según Joseph Bodnar, que realizó la investigación, es socavar las sanciones europeas y enfriar el apoyo público a Ucrania presentándola como un lastre para el nivel de vida. Replicar las protestas de los chalecos amarillos en Francia, pero en toda Europa, sería “el escenario soñado por el Kremlin”, dijo.

La Unión Europea tomó medidas en febrero para silenciar la desinformación rusa cerrando medios como RT -la antigua Russia Today- y Sputnik. Pero los funcionarios admiten que es difícil contrarrestar todos los esfuerzos de propaganda en la web.

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El malestar social es una posibilidad real este invierno, una posibilidad para la que los gobiernos europeos deberían prepararse en lugar de maquillar.

Las cifras hablan por sí solas: Alemania calcula que la factura media de los hogares podría aumentar entre 500 y 1.000 euros este invierno, y esta estimación podría ser conservadora. La Agencia Federal de Redes alemana ya ha advertido a los consumidores que deben reservar dinero para hacer frente a los gastos adicionales. Para las familias con menos ingresos, eso obligaría a elegir entre comprar alimentos o combustible. El Canciller alemán, Olaf Scholz, ha restado importancia a los riesgos, insinuando que Alemania tiene grandes bolsillos para amortiguar cualquier golpe.

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Pero aunque esto sea cierto para la mayor economía de la zona del euro, el panorama fiscal varía mucho en el resto de Europa.

Por ejemplo, los franceses han optado por limitar los precios y canalizar las pérdidas a través de Électricité de France SA, la empresa de servicios públicos que va a ser totalmente nacionalizada. El Fondo Monetario Internacional ha advertido que no se deben tomar medidas de este tipo, sino que se deben adoptar medidas específicas para los hogares con menores ingresos. Pero hay un importante cálculo político aquí: Macron quiere evitar el tumulto de 2018 que desencadenó un impuesto al diésel, y quiere neutralizar a Marine Le Pen como candidata de la clase trabajadora. En ese sentido, está comprando la paz social.

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El FMI pronostica que la República Checa, Eslovaquia y Hungría se enfrentan a una recesión si Rusia corta el suministro de gas. Países como Bulgaria, uno de los primeros en recibir el corte de Gazprom en abril tras negarse a pagar en rublos, dice que tendrá que reiniciar las conversaciones con Rusia. La preocupación es que el gas ruso llegue con influencia política, lo que desharía gran parte del trabajo realizado por la UE desde el inicio de la guerra.

Como han demostrado las crisis anteriores, una Europa que va a varias velocidades es una unión que no funciona. La UE da lo mejor de sí misma cuando actúa conjuntamente y coordina las acciones. Mientras el Banco Central Europeo se centra en la lucha contra la inflación, los líderes europeos deben pensar en los estabilizadores políticos. El bloque necesita un debate sobre el reparto de la carga a corto plazo para reducir el dolor en las facturas de los hogares y la financiación a largo plazo para conseguir la independencia energética. La República Checa, que ostenta la presidencia rotatoria de la UE durante el resto del año, ya ha dicho que pondrá esta cuestión sobre la mesa. Los demás no deberían perder más tiempo. El invierno está a punto de llegar como una ducha fría.

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Si Europa no consigue dar una solución global a sus ciudadanos que se enfrentan al estrés financiero, el impacto en el tejido social del continente será enorme. Y alimentará directamente a los propagandistas rusos. La semana pasada, Emmanuel Macron, al rendir homenaje a la liberación de Bormes-les-Mimosas de la ocupación nazi, sugirió que la libertad tiene un precio, y es un precio que merece la pena pagar. Pero también debe ser un precio justo.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.