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Bloomberg Opinión — Para recuperar América Latina, el Gobierno de Biden tiene que ofrecer a la región un acuerdo mejor que China.

A mediados de octubre del año pasado, el Gobierno chileno adjudicó un contrato de US$205 millones a un consorcio chino-alemán para fabricar los documentos de identidad y pasaportes del país durante la próxima década. Pocos días después apareció el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos. A mediados de noviembre se anuló el contrato.

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Este hecho no está ni cerca de alcanzar los niveles de interferencia estadounidense durante la Guerra Fría. Han pasado 20 años desde la última vez que EE.UU. apoyó un golpe de Estado en América Latina. Sin embargo, la cancelación del contrato de los pasaportes es una muestra de lo incómodo que EE.UU. ha pasado a estar ante la creciente participación de China en lo que durante mucho tiempo consideró su patio trasero.

Los funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional estuvieron en Santiago solo para “evaluar la elegibilidad del país y su permanencia en el Programa de Exención de Visas”. Chile es el único país de América Latina con este privilegio. Sin embargo, es evidente que la permanencia en el programa sería difícil si China tuviera acceso a los datos de los pasaportes de los chilenos.

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“Existe un alto grado de probabilidad que se pusiera término al Programa Visa Waiver con EE.UU., y probablemente con Canadá” si Chile continuaba el contrato con el consorcio liderado por China, reconoció el director del Registro Civil al declarar su cancelación.

Carlos Ominami, que fue ministro de Hacienda a principios de los 90, en el primer Gobierno democrático en el país andino tras casi tres décadas de la dictadura apoyada por EE.UU., no pudo dejar de advertirlo: “La presión de EE.UU. ha comenzado”, me dijo.

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El malestar de Washington por las incursiones de China en el hemisferio occidental es evidente desde hace tiempo. En marzo, el Senado del país norteamericano celebró una audiencia sobre la influencia de China en la región. “El Partido Comunista Chino está exportando activamente su modelo de gobierno a todo el hemisferio”, advirtió entonces el senador Marco Rubio.

El conflicto por los pasaportes chilenos tuvo lugar después de que Washington también interviniera en la decisión de Chile de rechazar un plan de la empresa china Huawei para construir un cable submarino transpacífico que conectara Valparaíso con Shanghái, optando finalmente por la ruta Valparaíso-Sídney ofrecida por BW Digital, con sede en Singapur. La desconfianza de EE.UU. también surgió en torno a la decisión de Argentina de dejar que China construya su nueva central nuclear de US$8.000 millones, Atucha III.

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El problema para EE.UU., mientras marca el territorio con la esperanza de poner a América Latina de su lado en su enfrentamiento con el nuevo rival geoestratégico, es que gran parte de la región se ha salido de su órbita.

La nueva atención de su vecino del norte resulta un poco sorprendente para una región que, para bien y para mal, fue en gran medida descuidada por EE.UU. tras el fin de la Guerra Fría, el comienzo de la Guerra contra el terrorismo y el surgimiento de la cuenca Asia-Pacífico como una región económica más vibrante.

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Pero no es de extrañar que las naciones latinoamericanas buscaran oportunidades en otros lugares. México, quizás, estaba demasiado cerca de EE.UU. como para correr el riesgo de alejarse, atado por los vínculos construidos durante 30 años del TLCAN. Casi todos los demás países de la región vieron a China, con sus fajos de dinero y su hambre de materias primas, como un regalo del cielo.

En 2019, antes de la pandemia de Covid-19, Brasil exportó US$63.000 millones a China, más del doble de sus exportaciones a EE.UU., según datos del Banco Mundial. Medido en dólares, China se llevó un 65% más de exportaciones de Argentina que lo que se llevó EE.UU., y un 83% más de productos chilenos.

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Aunque las inversiones estadounidenses en la región siguen siendo sustancialmente mayores, China está recuperando terreno. Desde 2010, las empresas chinas han invertido US$64.000 millones en Brasil, US$25.000 millones en Perú, US$16.000 millones en Chile y US$11.000 millones en Argentina, según el rastreador global de inversiones chinas, elaborado por el American Enterprise Institute y la Heritage Foundation. Y están construyendo —y financiando— infraestructura, desde el metro de Bogotá hasta la mayor planta de energía solar de Sudamérica en Jujuy, en el norte de Argentina.

Esta posición no es del todo cómoda para los países latinoamericanos. Ser cortejados tanto por Washington como por Pekín significa que inevitablemente decepcionarán a uno de los dos. Y aunque valoran los lazos económicos chinos, tienen poco interés en formar parte de un bloque prochino. “Estamos más cerca de EE.UU. en términos de derechos humanos y asuntos militares”, dijo Ominami. De hecho, todos los altos mandos militares de América Latina fueron a formarse a EE.UU.

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Los nuevos vínculos con China plantean otros riesgos complicados. Por un lado, China ya no compra tanto cobre, mineral de hierro y soja como antes. Si su economía sigue desacelerándose, es probable que compre menos. Por otro lado, si China sigue comprando materias primas a gran escala, se complicará el eterno objetivo regional, siempre ligeramente inalcanzable, de desarrollar una economía industrial sofisticada.

Las exportaciones masivas de materias primas al gigante asiático ya han obstaculizado el desarrollo de una base manufacturera. Han hecho subir las divisas de la región y han frenado su competitividad industrial.

Por ejemplo, la participación de las materias primas en las exportaciones de Brasil aumentó de una cuarta parte a cerca de la mitad entre 2000 y 2019, según datos del Banco Mundial, incluso cuando el porcentaje de las manufacturas cayó de casi el 60% a menos de un tercio.

Desde 2003, más o menos cuando las exportaciones a China empezaron a dispararse, el valor agregado de la industria manufacturera de Brasil ha disminuido del 15% al 10% del producto interno bruto. El desafío es similar en la mayor parte de Sudamérica. El valor agregado de la industria manufacturera cayó del 15% al 9% del PIB en Chile y del 23% al 17% en Argentina.

Manejar a China y a EE.UU. no será pan comido para las naciones latinoamericanas, pero la situación también plantea la molesta cuestión en Washington: ¿Cómo responder?

Un buen punto de partida sería que EE.UU. volviera a comprometerse con sus vecinos del hemisferio occidental, ofreciendo una alternativa a la oportunidad china en términos de comercio e inversión. Los países latinoamericanos parecerían candidatos naturales para albergar algunas de las cadenas de valor que los responsables de formular políticas de EE.UU. quieren arrebatar a China. Pero al igual que Pekín ha mejorado sus relaciones ofreciendo financiar inversiones en infraestructura desde la Patagonia hasta el desierto de Atacama, Washington tiene que ofrecer verdaderos incentivos —financiamiento, acceso al mercado— si espera reconfigurar la globalización en su beneficio.

La cuestión es si EE.UU. puede cumplirlo. Una Administración Biden que parece haberse comprometido a no cerrar más acuerdos comerciales que mejoren el acceso al mercado estadounidense, entra en la lucha con las manos atadas.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

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