Bloomberg Opinión
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Bloomberg Opinión — La muerte de la reina Isabel II el jueves marca el final no sólo de una era que abarca siete décadas, sino de una de las carreras públicas más notables de la historia moderna. En medio de la guerra, la agitación geopolítica, los disturbios sociales y la revolución tecnológica, la decencia y la gracia de la reina aportaron estabilidad a Gran Bretaña y la hicieron merecedora del cariño de generaciones a lo largo de todo el mundo.

Es difícil exagerar la magnitud del cambio que se produjo bajo la mirada de Isabel. Cuando accedió al trono en 1952, tras la muerte de su padre, el rey Jorge VI, Gran Bretaña poseía más de 70 territorios de ultramar. La humanidad aún no conocía la televisión en color, los ordenadores personales o las píldoras anticonceptivas. Los Beatles estaban en la escuela primaria. Varios de los 15 primeros ministros que acabaron sirviendo bajo su mandato aún no habían nacido.

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Bajo el mandato de Isabel II, Gran Bretaña renunció a su imperio, pero siguió siendo un eje de la alianza atlántica que preservó la democracia en Europa y ganó la Guerra Fría. La reina presidió durante el conflicto de Irlanda del Norte, que duró 30 años; la entrada y salida de Gran Bretaña de la Unión Europea; la privatización de las compañías aéreas, de telecomunicaciones y de gas nacionales; y el aumento de la inmigración masiva en el Reino Unido. La población británica nacida en el extranjero ha pasado de una fracción de punto porcentual en 1954 a más del 14% en la actualidad. Si bien el país está en cierto modo más polarizado políticamente y es más caótico que cuando Isabel II llegó al poder, también es más rico, más sano, más dinámico y más diverso.

Teniendo en cuenta la transformación de la sociedad británica, quizá el logro más sorprendente de la reina haya sido preservar la propia institución de la monarquía. Ha superado no sólo las cambiantes costumbres sociales, sino también la predilección de su propia familia por las luchas internas, la tragedia y el escándalo. Ha conseguido proyectar dignidad y compostura en todo momento, incluso participando en ocasionales acrobacias de alto nivel, como la memorable aparición de un salto en paracaídas en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de 2012. Es un testimonio del liderazgo de la reina que, aunque el apoyo a la monarquía ha disminuido en las últimas décadas, una sólida mayoría de británicos quiere que continúe.

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Los críticos señalarán que, a pesar de sus instintos modernizadores, Isabel no consiguió reducir los extravagantes privilegios de los que disfrutaban la familia real y sus sátrapas. En el último año completo de su reinado, los gastos de la monarquía sufragados por los contribuyentes superaron los 100 millones de libras (US$115 millones), un 17% más que el año anterior. La adoración del público por su soberana ha aislado a la monarquía de la presión política para que se reforme; el rey entrante, una figura mucho menos popular, puede no tener tanta suerte.

Todo eso queda para otra ocasión. Como demostró por última vez durante la pandemia de Covid-19, el papel de Isabel ha sido el de servir como símbolo perdurable de tranquilidad, diligencia e integridad. Por ello, merece la admiración y la gratitud del mundo.

-Editores: Romesh Ratnesar, Timothy Lavin.