Nord Stream 2
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Bloomberg Opinión — Ante el fracaso de su campaña terrestre en Ucrania, los rusos han incrementado la utilización de drones dirigidos a atacar infraestructuras esenciales de Ucrania, y han señalizado que están preparados para efectuar operaciones semejantes contra los países occidentales. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, insinuó hace siete días que “todo edificio de infraestructura, de medios de transporte, energéticos o de servicios básicos de crucial importancia”, sin importar su ubicación, es susceptible de ser atacado. Ante este tipo de ataques, los líderes de Estados Unidos y Europa han de intensificar sus acciones destinadas a preservar las instalaciones esenciales y advertir que todo ataque intencionado de sabotaje conllevará una reacción igualmente severa.

Esta última agresión aérea rusa se ha centrado en distintas ciudades de Ucrania, entre ellas Kiev, además de sus centrales eléctricas y de suministro de agua. Según declaró el presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskiy, en algo más de siete días los ataques de Rusia acabaron con el 30% de la generación energética de su país. Mediante el lanzamiento de hordas de drones “kamikazes”, presuntamente proporcionados por Irán y dirigidos a las infraestructuras, Rusia pretende sembrar el pánico entre los civiles ucranianos y minar su resolución de cara al invierno boreal.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la UE hace tiempo que han alertado acerca del peligro de que se produzcan estos ataques mixtos contra blancos que van desde las líneas eléctricas al cableado submarino de fibra óptica. Hace años que los rusos utilizan este tipo de maniobras para desestabilizar a Ucrania, suspendiendo ocasionalmente el abastecimiento de gas, trastornando la distribución de electricidad y apoderándose de bienes o destruyéndolos. Estos actos pueden haber sido el preámbulo del ataque a los gasoductos Nord Stream en el mar Báltico en septiembre. Si bien los investigadores todavía no han determinado quiénes fueron los autores, EE.UU. y Europa consideran que los rusos están involucrados en la catástrofe, que tuvo la suficiente envergadura y complejidad como para romper acero y hormigón a más de 60 metros (230 pies) de profundidad.

Desde entonces, los casos de conducta malintencionada se han multiplicado. En un acto de evidente sabotaje se interrumpió el tránsito ferroviario en el norte alemán y los sitios web de más de doce aeropuertos estadounidenses dejaron de funcionar momentáneamente por obra de unos piratas cibernéticos presuntamente rusos. Mientras las fuerzas rusas continúen cediendo terreno, hay más probabilidades de que el presidente Putin propicie agresiones semejantes para generar confusión y restar respaldo a los ucranianos.

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Los líderes occidentales deben hacerle pensar dos veces. Desde la explosión del Nord Stream, Noruega y Dinamarca han reforzado la seguridad en su sector energético y el secretario general de la OTAN ha prometido una “respuesta unida y decidida” a cualquier ataque adicional. Sin embargo, gran parte de la infraestructura en Europa y EE. UU. sigue siendo vulnerable. Las redes de comunicaciones y energía dependen de sistemas que con demasiada frecuencia son viejos, complicados o están expuestos, y en su mayoría son de propiedad privada: Google (GOOGL), por ejemplo, posee miles de millas de cables submarinos, algunos no mucho más gruesos que una manguera de jardín. La infraestructura energética, en particular, corre el riesgo de sufrir una “falla en cascada”, en la que la desactivación de una red desencadena una agitación más amplia e incluso la pérdida de vidas.

Reforzar las defensas de Occidente es fundamental para disuadir a Putin. La OTAN debería desplegar unidades especializadas en operaciones anti-híbridas para ayudar a vigilar las instalaciones energéticas de alta prioridad en toda Europa y evitar los ciberataques. Deberían incrementarse las patrullas marítimas, especialmente en el Báltico, para detectar posibles interrupciones en los oleoductos y cables submarinos.

En el futuro, los países de la OTAN deberían dedicar una mayor parte de sus presupuestos de defensa a medidas de resiliencia, como limitar las consecuencias de los ataques cibernéticos. También deberían hacer más para compartir inteligencia y profundizar la coordinación con las empresas del sector privado, particularmente en torno a las amenazas a la seguridad cibernética. Inspecciones más estrictas y regulares de la infraestructura crítica ayudarían a identificar y rectificar las debilidades en cables, redes y tuberías.

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Al mismo tiempo, la alianza debe recordarle a Putin que Rusia tiene sus propias vulnerabilidades, como lo expuso el ataque al puente de US$4.000 millones que conecta a Rusia con la Crimea anexada, y los informes anteriores de incursiones en la red eléctrica rusa. El presidente Joe Biden y los líderes europeos deberían advertir al Kremlin que los ataques híbridos destinados a dañar a los civiles serán tratados como actos de agresión militar, manteniendo la ambigüedad necesaria sobre cómo respondería exactamente la OTAN.

Las amenazas de Rusia contra la infraestructura crítica representan una escalada peligrosa. La acción rápida y coordinada para fortalecer las defensas de Occidente es la mejor respuesta.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

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