Jack Dorsey, cofundador de Twitter
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Bloomberg Opinión — Es normal cometer errores en la industria tecnológica. Un producto no va a ninguna parte así que lo cierras y sigues adelante; los reguladores te dan un tirón de orejas; luchas contra alguna demanda. La mayoría de los costos son calderilla, porque cuando se avanza rápido y se rompen cosas en tecnología, las consecuencias no son tan dolorosas.

Pero ahora sí lo son.

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Por primera vez en su historia, Facebook, Twitter y otras empresas tecnológicas están recortando miles de puestos de trabajo, acabando con la reputación de la tecnología como paraíso del empleo, envuelto en comidas gratis y altos salarios. Es lo más difícil que han hecho sus fundadores, dijeron en largos memorandos anunciando los despidos y pidiendo disculpas, declaraciones que eran tan similares en cuanto a la forma de hilar el problema como producto de un exceso de entusiasmo y no sólo de malas decisiones empresariales que podrían haber salido de la misma empresa de relaciones públicas.

“Fuimos demasiado optimistas”, dijeron Patrick y John Collison, los hermanos fundadores de la empresa de pagos Stripe Inc. al despedir al 14% de su plantilla. “Animados” por el éxito del producto, “contratamos en exceso”.

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El cofundador de Facebook, Mark Zuckerberg, expresó un sentimiento similar en su propia nota: “Tomé la decisión de aumentar significativamente nuestras inversiones”, durante el boom de actividad online durante la pandemia. “Me equivoqué, y asumo la responsabilidad por ello”. Está recortando 11.000 puestos de trabajo, o el 13% de su plantilla.

Y la semana pasada, mientras Elon Musk despedía a casi la mitad de la plantilla de Twitter, el cofundador de esta última, Jack Dorsey, tuiteó: “Hice crecer el tamaño de la empresa demasiado rápido. Me disculpo por ello”.

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En otras palabras, todo iba demasiado bien, los fundadores se dejaron llevar por la emoción y llevaron las cosas demasiado lejos. Pero eso es sólo la mitad de la historia.

Zuckerberg no se refirió a los miles de millones de dólares que ha invertido en el metaverso, un proyecto en el que está apostando el futuro de toda la empresa. Habría tenido más sentido cultivar su proyecto de realidad virtual en una unidad de negocio más pequeña, pero el giro ha sido demasiado grande y radical, resultado tanto de la arrogancia de Zuckerberg como de su control unilateral de Meta a través de acciones con supervoto, algo que no ha mostrado interés en cambiar. El proyecto del metaverso ha costado a Meta más de US$10.000 millones, y su personal está pagando ahora el precio.

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También parece poco sincero que los fundadores de las grandes empresas tecnológicas culpen de sus primeros despidos importantes a un crecimiento demasiado rápido cuando Silicon Valley lleva años venerando el crecimiento con forma de palo de hockey. Dorsey podría haber hecho más para acabar con gran parte de la disfunción cultural en Twitter mientras era CEO, con historias que ahora están surgiendo de antiguos empleados. No ayudó que dirigiera simultáneamente otra empresa, Square (ahora Block Inc.), una estrategia de liderazgo que Musk está llevando al siguiente nivel.

Para Zuckerberg, una mejor manera de mostrar contrición sería revisar la estructura de doble clase que le ha hecho intocable. Por mucho que sea impresionante oírle asumir la responsabilidad de haberse equivocado, las palabras significan poco cuando la estructura accionaria de Meta le permite poner a la empresa en el camino de crear daño a la sociedad o invertir libremente en una aventura quijotesca como el metaverso.

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Gigantes tecnológicos como Alphabet Inc, Shopify y Pinterest siguen la misma estructura de doble clase. Pero los inversores probablemente se replantearán cuán acertado es ese sistema cuando cree soberanos permanentes que puedan salirse con la suya escribiendo largas disculpas en lugar de rendir cuentas a los accionistas.

Aunque la oleada de despidos aún no supera la carnicería de la quiebra de las puntocom en el año 2000, cuando empresas enteras se fueron al garete, éste sigue siendo el peor momento de la historia de las grandes tecnológicas desde entonces. Debería ser una ocasión de humildad para los más grandes del sector y, con un poco de suerte, marcará el fin de la era de los fundadores tecnológicos visionarios y autocráticos que “crecen demasiado rápido”.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.