Port-au-Prince, Haiti
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Bloomberg Opinión — Haití, que ya es el país más pobre del hemisferio occidental, está al borde del colapso social. Al menos el 40% de los 11,5 millones de habitantes del país padecen hambre aguda. La guerra de bandas y las continuas protestas antigubernamentales han bloqueado la distribución de alimentos, combustible y agua. Un brote de cólera ha matado a decenas de personas y ha enfermado a muchas más. El aumento de los asesinatos, secuestros y violaciones ha provocado que decenas de miles de personas intenten huir, agravando la crisis migratoria de la región.

A petición del primer ministro Ariel Henry, Estados Unidos y sus socios regionales han estado estudiando una posible intervención armada para restablecer la estabilidad y prestar ayuda humanitaria. Deberían pensárselo dos veces. Los vecinos ricos de Haití deben hacer más para ayudar, pero el envío de tropas extranjeras a un entorno tan caótico corre el riesgo de provocar un desastre aún mayor.

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Haití lleva mucho tiempo sufriendo la anarquía, el tráfico de drogas y la corrupción, además de una serie de desastres naturales devastadores. Estas fuentes crónicas de inestabilidad se han visto exacerbadas por una crisis política desencadenada por el asesinato del entonces presidente Jovenel Moise el pasado mes de julio. Se han detenido a al menos 40 sospechosos en relación con el crimen, pero la investigación no ha resuelto si hubo funcionarios del gobierno implicados. (A pesar de las acusaciones de que Henry estuvo en contacto con un sospechoso del caso, ha negado cualquier implicación).

Mientras tanto, Henry se ha negado a fijar un calendario para la celebración de nuevas elecciones, lo que ha agravado el enfado de la población por la escasez de alimentos y el aumento de los precios del gas y ha debilitado aún más la autoridad del gobierno. Se calcula que las bandas controlan más de la mitad del país, incluidos sus principales puertos.

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El mes pasado, Estados Unidos redactó una resolución en la que solicitaba la autorización de las Naciones Unidas para una misión de seguridad internacional en Haití. Con la esperanza de limitar la participación de las tropas estadounidenses, la administración del presidente Joe Biden ha propuesto que un “país asociado” dirija el esfuerzo. Entre los posibles candidatos se encuentran México y Canadá.

Estados Unidos y sus socios tienen interés en evitar el colapso de Haití. Pero en las condiciones actuales, cualquier intervención militar extranjera probablemente haría más daño que bien. Hay pocas posibilidades de que la operación sea limitada y tenga un “alcance cuidadoso”, como pretende Estados Unidos; una anterior misión de mantenimiento de la paz de la ONU en Haití duró 13 años y estuvo plagada de escándalos. Los intentos de asegurar los puertos, carreteras y almacenes para permitir el flujo de ayuda humanitaria producirán inevitablemente enfrentamientos entre las tropas extranjeras y las bandas locales fuertemente armadas. Y como la fuerza internacional actuaría en nombre de un gobierno que carece de legitimidad popular, su capacidad para ganarse la confianza y la cooperación del pueblo haitiano se vería comprometida desde el principio.

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Es mejor centrarse en el desarrollo de la capacidad de los propios haitianos. El Departamento de Estado ha prometido US$48 millones en asistencia este año a la fuerza policial nacional de Haití, compuesta por 14.000 personas, lo que es un buen comienzo. Estados Unidos debería ampliar programas similares que han demostrado ser prometedores, como un esfuerzo conjunto con Francia para entrenar a equipos SWAT antipandillas, y presionar a los gobiernos asociados para que aumenten las contribuciones a un fondo de la ONU destinado a reforzar las capacidades policiales de Haití. Debería proporcionarse más ayuda humanitaria directamente a las agencias gubernamentales con un historial probado de distribución de fondos eficaz.

En respuesta a la petición de Henry de una misión de seguridad internacional, la administración Biden debería descartar la posibilidad de poner botas estadounidenses sobre el terreno, pero ofrecer el despliegue de activos marítimos adicionales en los puertos de Haití para frenar el contrabando de drogas y armas. A cambio, Henry debería comprometerse a celebrar nuevas elecciones, incorporar a los grupos de la oposición al gobierno y trabajar con los líderes empresariales, los sindicatos y otros grupos de la sociedad civil para desarrollar planes para una transición democrática ordenada.

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El mundo no puede ignorar el sufrimiento del pueblo haitiano, pero es imperativo que los extranjeros eviten empeorar la situación. El compromiso diplomático sostenido y la asistencia en materia de seguridad, y no la intervención militar, son la mejor oportunidad de éxito.

Editores: Romesh Ratnesar, Timothy Lavin.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.