Benjamin Netanyahu
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Bloomberg Opinión — Para describir la suavización de sus opiniones una vez en el cargo, el ex líder israelí Ariel Sharon supuestamente parafraseó la letra de una canción: “Lo que se ve desde aquí, no se ve desde allí”. El primer ministro entrante, Benjamin Netanyahu, que conoce el cargo mejor que nadie, haría bien en recordar esas palabras a sus nuevos socios de coalición.

El gobierno que Netanyahu está formando actualmente puede ser el más radical de la historia de Israel. Para ganar las elecciones, su partido conservador Likud se alió con un bloque de extrema derecha conocido como Sionismo Religioso. Uno de sus líderes, el ex ministro de Transporte Bezalel Smotrich, ha pedido cambios que limitarían drásticamente los poderes del poder judicial. Otro, Itamar Ben-Gvir, aboga por el desmantelamiento de la Autoridad Palestina, la ampliación de los derechos de oración de los judíos en el Monte del Templo -uno de los lugares más sagrados tanto del judaísmo como del islam-, desafiando un acuerdo de hace 55 años, y la expulsión de los ciudadanos judíos y árabes de Israel considerados “desleales”. Ambos apoyan la anexión directa de Cisjordania sin conceder a los palestinos plenos derechos de ciudadanía.

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Tras haber alienado a otras figuras de la derecha durante sus anteriores etapas en el poder, Netanyahu depende ahora del sionismo religioso para mantenerse en el poder. Sin embargo, satisfacer las demandas más extremas del bloque sería profundamente corrosivo para la democracia de Israel y su posición internacional. Socavar la independencia del poder judicial, que podría ayudar a Netanyahu a eludir las acusaciones de corrupción, eliminaría uno de los pocos controles y equilibrios del sistema político israelí. La expulsión de los árabes israelíes, la expansión de los asentamientos, la anexión de territorios y el cambio del statu quo en el Monte del Templo provocarían casi con toda seguridad una nueva oleada de violencia.

Tales políticas complicarían también las relaciones con el gobierno de Estados Unidos, que ha insinuado su reticencia a tratar con figuras como Ben-Gvir. Las actitudes hacia Israel en el Congreso y entre la comunidad judía estadounidense podrían volverse aún más partidistas. Los avances en la profundización y ampliación de las relaciones de Israel con sus vecinos árabes -especialmente Arabia Saudita- probablemente se ralentizarían, mientras que las relaciones con Europa se agriarían aún más.

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Netanyahu ha tratado de mitigar estos temores. Ha prometido un gobierno que “cuidará de todos los ciudadanos de Israel, sin excepción” y se ha comprometido a “rebajar las llamas del discurso público para sanar las fisuras” dentro del país. Aseguró al presidente estadounidense Joe Biden que quería ampliar los llamados Acuerdos de Abraham, forjando la paz con más países de la región.

Si Netanyahu quiere cumplir esas promesas, primero tiene que limitar la influencia de incendiarios como Smotrich y Ben-Gvir en su gabinete. Debería resistirse a sus ideas más peligrosas, condenar la retórica incendiaria o intolerante y recordarles que la seguridad de Israel -especialmente contra la amenaza de Irán- depende del apoyo incondicional de sus amigos tanto como de sus propios esfuerzos. También debería intentar reparar las relaciones con los partidos conservadores más importantes, para poder ampliar finalmente su coalición y diluir la influencia del sionismo religioso.

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Los palestinos tienen poco derecho a señalar con el dedo. El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, no se ha sometido al juicio de los votantes desde 2005. Aunque los jóvenes palestinos han dirigido su ira contra las fuerzas israelíes y los colonos, también están profundamente frustrados con su liderazgo esclerótico e ineficaz. Para que haya alguna esperanza de cambio, los palestinos deben unirse en torno a nuevos líderes que pongan coto a la violencia y la corrupción, y den a los israelíes de a pie razones para creer que un acuerdo de paz es todavía posible.

Las negociaciones son una esperanza lejana. Sin embargo, el hecho sigue siendo: No hay forma de preservar el carácter judío y democrático de Israel sin establecer algún día un Estado palestino viable. Por muy lejana que parezca esa perspectiva, ninguna de las partes debería tomar medidas que la alejen aún más.

Editores: Nisid Hajari, Timothy Lavin