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Bloomberg Opinión — La tan esperada revolución de las vacunas contra el cáncer está cada vez más cerca de hacerse realidad. Nuevos datos de Moderna Inc. y Merck & Co. sugieren que, tras décadas de fracasos, los investigadores por fin están dando con la forma correcta de diseñar una vacuna capaz de enseñar a las células inmunitarias a reconocer y combatir tumores.

A principios de este mes, las empresas dijeron que cuando se utilizó en conjunto con la inmunoterapia contra el cáncer Keytruda de Merck, la vacuna contra el cáncer de ARNm de Moderna redujo el riesgo de ciertos cánceres de piel de regresar o muertes de pacientes en un 44% en comparación con solo la aplicación de Keytruda.

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Esta cifra generó gran expectativa. Es la primera vez que una vacuna contra el cáncer basada en ARNm se ha probado en un estudio aleatorizado y con un resultado inequívocamente positivo. Si ese resultado se mantiene en ensayos más amplios, supondría un gran avance tanto para la tecnología de ARNm que hay detrás de las vacunas contra el Covid como para el campo de las vacunas contra el cáncer en general.

Pero hay muchos pasos entre la obtención de datos tempranos y positivos para un subconjunto de pacientes de melanoma y el desarrollo de un tratamiento ampliamente accesible y rentable. Entre los retos más desalentadores: La vacuna debe adaptarse a la composición genética de los tumores de cada paciente.

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El estudio fue pequeño: incluyó a 157 personas con alto riesgo de recurrencia del cáncer de piel en fase avanzada. (Moderna y Merck aún no han facilitado todos los datos, aunque tienen previsto hacerlo en una próxima conferencia). Aun así, aunque los resultados sean ligeramente menos espectaculares en un estudio más amplio, la vacuna podría marcar la diferencia para los pacientes. “Sería un cambio sustancial” que se traduciría en remisiones a largo plazo, afirma Julie Bauman, directora del Centro Oncológico de la Universidad George Washington. Bauman dirigió un estudio anterior de una vacuna contra el cáncer de Moderna.

En él participaron pacientes con melanoma que habían sido operados para extirpar cualquier signo de cáncer. A diferencia de las vacunas a las que el público está acostumbrado -inyecciones producidas en masa cuyo objetivo es evitar que las personas contraigan una enfermedad contagiosa como la gripe o la poliomielitis-, la vacuna contra el cáncer de Moderna pretende evitar que la enfermedad reaparezca. Para ello, entrena a las células inmunitarias para que reconozcan como peligrosas las proteínas presentes en las células tumorales del propio paciente.

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La esperanza era que la vacuna amplificara el beneficio ya sustancial de Keytruda, que bloquea un método que las células cancerosas utilizan para esconderse del sistema inmunitario. Sorprendentemente, la combinación funcionó.

Moderna ya había demostrado su capacidad para desarrollar y fabricar vacunas de ARNm. Llevaba más de una década trabajando en vacunas contra el cáncer y las enfermedades infecciosas cuando se produjo la pandemia de coronavirus, que hizo que la empresa pasara a desarrollar una vacuna Covid que, junto con otras similares desarrolladas por Pfizer Inc. y BioNTech, se convirtió en la primera aplicación comercial generalizada de la tecnología del ARNm.

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Crear una vacuna exitosa contra el cáncer será mucho más difícil. Moderna comienza con una biopsia del tumor del paciente, que luego secuencia y utiliza inteligencia artificial para detectar las mutaciones que probablemente permiten que el cáncer prospere. A continuación, los ARNm codificados para las proteínas cancerígenas más relevantes se empaquetan dentro de un sistema de administración denominado nanopartícula lipídica, el mismo tipo de método de administración utilizado en las vacunas contra el Covid.

Desde la biopsia del tumor hasta la primera dosis de vacuna, el proceso puede durar entre ocho y diez semanas, explica Paul Burton, director médico de Moderna. Repetirlo una y otra vez para cada paciente inscrito en el ensayo clínico fue una tarea ingente, añade.

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Ahora imagínese hacer eso con un medicamento comercial destinado a miles de personas en lugar de a unos cientos en un estudio controlado. Según la Sociedad Americana del Cáncer, en Estados Unidos se producen casi 100.000 casos de melanoma al año. Aunque la mayoría de los casos son curables cuando se detectan a tiempo, más de 7.500 personas mueren cada año a causa de esta enfermedad.

Reducir el tiempo “aguja-aguja” entre la biopsia y la inmunización será fundamental para garantizar que el tratamiento no sólo sea prometedor, sino práctico y accesible a cualquiera que pueda beneficiarse de él. Una forma de acelerar las cosas sería establecer centros regionales para procesar rápidamente las biopsias.

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Otra medida que podría acelerar el desarrollo de la vacuna contra el melanoma sería simplificar sus componentes. En la actualidad, la vacuna se dirige a una larga lista de 34 proteínas mutadas para obtener todo su efecto. Valdría la pena averiguar si los rendimientos empiezan a disminuir después de, digamos, 15 o 20 proteínas.

A los investigadores también les gustaría saber si determinados tipos de tumores dependen de factores comunes que, si se descubrieran, podrían servir de base para una vacuna de diseño más amplio con algunos componentes hechos a medida.

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Burton afirma que Moderna no ha observado hasta ahora ningún factor común que pudiera ayudar a generalizar los componentes de la vacuna, pero que los datos son limitados y la esperanza es que surjan algunas pistas a medida que la vacuna se utilice a largo plazo y se trate a muchas más personas.

Los científicos también tienen que estudiar la mejor manera de utilizar esta vacuna para la supresión del cáncer a largo plazo, teniendo en cuenta, por ejemplo, si las personas tienen que seguir tomándola cada tres semanas de por vida, o si pueden arreglárselas con un refuerzo periódico. Y si la enfermedad progresa, ¿hay que modificar la vacuna para adaptarla a las nuevas mutaciones que puedan haber aparecido?

Quizá la mayor incógnita en este momento sea si el efecto observado en el melanoma puede extenderse a otros tipos de cáncer. El CEO de Moderna, Stéphane Bancel, declaró recientemente a la CNBC que la empresa está avanzando agresivamente en los estudios de fase 3 con la convicción de que “en cualquier lugar donde Keytruda funcione, esto debería funcionar”.

Keytruda, mientras tanto, está aprobado para tratar una larga lista de cánceres más allá del melanoma -tantos, de hecho, que se espera que aporte más de US$24.000 millones de dólares en ventas en 2023. Bancel sugirió que la vacuna podría incluso lograr respuestas en tumores en los que Keytruda ha fracasado, ya sea por sí sola o actuando en sinergia con el fármaco de Merck.

Es una afirmación optimista, digna de estudio, pero una hazaña que ha eludido a otras inmunoterapias contra el cáncer. El melanoma es lo que se conoce como un tumor “caliente”, es decir, uno que presenta muchas mutaciones y tiene muchas células inmunitarias pululando por ahí, listas para ser empujadas a hacer su trabajo de matar a través del cáncer. Es razonable albergar esperanzas de que la vacuna de Moderna pueda ampliar los beneficios de Keytruda en otros tumores “calientes”, como los del cáncer de pulmón.

Pero los tumores “fríos”, o sin esa multitud de células inmunitarias listas para ser activadas, son una propuesta mucho más difícil. En un pequeño estudio anterior de la vacuna Moderna en tumores sólidos, por ejemplo, ninguno de los pacientes con cáncer de colon -un tumor notoriamente “frío”- respondió, afirma Bauman.

Otro reto inmenso es el altísimo costo probable de una terapia personalizada además del uso de Keytruda, que por sí solo tiene un precio de lista de unos US$185.000 al año. La única ventaja de este elevado precio es que las empresas estarán motivadas para responder a estas preguntas lo antes posible. De hecho, Bancel ha declarado que Moderna tiene previsto invertir de forma agresiva en el cáncer.

Todo el dinero que se invierta en la vacuna contra el cáncer de Moderna servirá para enseñar no sólo ese producto, sino también cómo diseñar, probar y utilizar otros. Esperemos que sea el catalizador de la verdadera revolución de las vacunas contra el cáncer, que podría convertir el cáncer de una enfermedad potencialmente letal en una enfermedad crónica y estable.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.