Acaparando también el mercado del neodimio.
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Bloomberg Opinión — “Medio Oriente tiene petróleo. China tiene metales de tierras raras”. Así se expresó en la década de 1980 Deng Xiaoping, el arquitecto de la apertura y el ascenso de China tras el maoísmo, con notable clarividencia y precisión. El resto del mundo está comprendiendo ahora las implicaciones de su intuición para la geopolítica del siglo XXI.

El recurso natural que ha dado forma a la política mundial en el largo siglo XX (que, a estos efectos, comenzó a finales del XIX y aún no ha terminado del todo) ha sido el petróleo. Cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor, reaccionaron (al menos en su opinión) a un embargo petrolero occidental. Cuando Adolf Hitler envió la Wehrmacht a Stalingrado, tenía los ojos puestos en el oro negro del Cáucaso. Cuando los estadounidenses empezaron a estrechar la mano de la Casa de Saud, iban tras el crudo de Arabia y de todo Medio Oriente . Las crisis del petróleo, las guerras de Irak y otros muchos acontecimientos no han dejado de recordar al mundo que gran parte de su superestructura económica, diplomática y política se ha basado en la subestructura de este hidrocarburo.

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Aquellos líderes mundiales que (a diferencia de Deng) miran hacia atrás en el tiempo han tendido a sacar conclusiones erróneas de esta historia. El presidente ruso, Vladimir Putin, ha construido su propio ascenso durante el siglo XXI sobre el supuesto de que podía convertir a Rusia de un petroestado en una superpotencia que es, al mismo tiempo, su feudo personal. Durante décadas tendió oleoductos y gasoductos rusos con la intención de hacer que países desde Ucrania hasta Alemania dependieran de estos flujos y, por tanto, se sometieran a su chantaje geopolítico. Un año después de su ataque a Ucrania, parece que calculó mal.

Desde los años ochenta, los chinos han seguido una estrategia diferente, extrayendo esas tierras raras de las que hablaba Deng. Se trata de 17 elementos de los que la mayoría de la gente no ha oído hablar y que apenas podría encontrar en la Tabla Periódica, en parte porque 15 de ellos, los llamados lantánidos, están desterrados a su propio exclave en la tabla. Tienen nombres exóticos, iterbio, erbio, praseodimio, neodimio, samario, disprosio, que suenan como el reparto de villanos de una mala secuela de Star Wars.

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A pesar de su etiqueta, estas “tierras” no son tan raras. Algunas, como el cerio, son más abundantes que el cobre o el plomo, e incluso una de las más escasas, el tulio, es más común que el oro. Pero son mucho más difíciles de extraer, porque tienden a estar diseminados en sus minerales. Construir la infraestructura necesaria para extraerlos de la tierra y separarlos de otras rocas lleva décadas. Incluso entonces, el proceso es caro, sucio y perjudicial para el medio ambiente.

China, a partir de Deng, decidió tolerar todo esto. Tiene cerca de un tercio de los yacimientos del mundo, la mayoría en un gigantesco filón en Mongolia Interior. Invirtiendo pacientemente en todas las partes del proceso de producción, desplazó al anterior líder del mercado, Estados Unidos, en la década de 1990. En 2010, China tenía el monopolio mundial de la oferta, con cuotas de mercado superiores al 90%.

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Esto hizo saltar las alarmas en las capitales occidentales. Las tierras raras se utilizan en todo, desde la fibra óptica y los láseres hasta los escáneres médicos y los discos duros de nuestros ordenadores: son los componentes básicos del mundo moderno. También se encuentran en los sistemas de armamento más avanzados y, por tanto, son un requisito previo para la destreza militar. Cada avión de combate estadounidense F-35, por ejemplo, contiene unos 450 kilos de tierras raras.

Algunos de los 17 elementos son cruciales para el éxito de la próxima revolución verde. Para eliminar progresivamente los combustibles fósiles es decir, para salir de la era del petróleo, el gas y el carbón) necesitamos aprovechar mucha más energía del viento y utilizar la electricidad resultante para propulsar nuestros autos y camiones. Pero las turbinas y los vehículos eléctricos funcionan con superimanes fabricados en parte con praseodimio, neodimio, samario y disprosio.

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Por tanto, en el siglo XXI, una crisis de las tierras raras podría arruinar economías, ejércitos y países tanto o más que las crisis del petróleo de los años setenta. Pekín lo sabe y le gusta esa perspectiva. En 2010, después de que Japón detuviera un pesquero chino que había navegado a través de un grupo de islas en disputa, China detuvo todas las exportaciones de tierras raras a Japón hasta que Tokio liberara el barco. Una década más tarde, después de que EE.UU. ofreciera a Taiwán un acuerdo de defensa, Pekín amenazó con dejar de suministrar a Lockheed Martin, el fabricante del F-35, y a otras empresas estadounidenses.

La buena noticia es que se ha caído la breva y ahora son más los países que se esfuerzan por desenterrar sus propios suministros y diversificarse lejos de China. EE.UU. ha vuelto al negocio, al igual que Australia, Myanmar, Canadá y otros. Japón ha descubierto un enorme filón, aunque se encuentra bajo el lecho marino y es difícil acceder a él. Turquía ha encontrado su propio yacimiento en Anatolia central. Pero la construcción de infraestructuras y conocimientos técnicos lleva años.

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Aunque la cuota de mercado de China en tierras raras tiende a la baja, sigue siendo enorme: representará el 60% de la extracción mundial en 2019 y el 87% del procesamiento. Desde EE.UU. hasta la Unión Europea, los gobiernos están trabajando para añadir nuevas cadenas de suministro. Países como Alemania, aún dolida por su ingenua sumisión a la diplomacia de los oleoductos de Putin, están reconsiderando su dependencia de China.

Y deberían hacerlo. Ahora que Putin, como parte de su bárbaro asalto contra Ucrania y la decencia en general, ha declarado la guerra energética a Occidente, parece prudente no tropezar directamente con la siguiente dependencia de un régimen autocrático con rencores irredentistas. Como les gusta decir a los espías occidentales, “Rusia es la tormenta, China es el cambio climático”. El siglo XXI es joven. Sería una pena que permitiéramos que las tierras raras le hicieran lo que el petróleo le hizo al XX.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.