Opinión - Bloomberg

Por el bien de Argentina el peronismo debe cambiar

Toma de posesión del presidente argentino Javier Milei
Por Juan Pablo Spinetto
23 de febrero, 2024 | 03:00 AM
Tiempo de lectura: 8 minutos

Bloomberg Opinión — Javier Milei ha provocado titulares desde el inicio de su presidencia en Argentina en diciembre, con su estilo abrasivo y su estrategia radical. Ha sido mucho menos notorio un debate dentro del peronismo —el partido que ha gobernado el país durante la mayor parte de su historia reciente— sobre su futuro político.

Varias figuras peronistas sugieren que el movimiento fundado por Juan Domingo Perón en la década de 1940 debería reformular sus propuestas después de haber vivido una de sus derrotas más humillantes en las elecciones presidenciales de noviembre del año pasado. Si bien no es la primera vez que el partido enfrenta esta situación, es una buena oportunidad para que el peronismo haga un examen de conciencia y ajuste su doctrina e ideas.

Esto sería una contribución importante para la estabilización de Argentina después de años de declive: independientemente del destino del Gobierno de Milei, el peronismo todavía controla áreas institucionales clave, incluidos los bloques más grandes en ambas cámaras del Congreso y la provincia de Buenos Aires, el principal distrito del país. Su respaldo a políticas sensatas será crucial para que cualquier plan de estabilización tenga éxito.

A continuación tres ideas que el partido debería considerar si quiere volver a ser políticamente competitivo:

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Reconciliarse con el capitalismo moderno: la marcha peronista proclama que el partido está “combatiendo al capital”, pero los cuatro Gobiernos peronistas de este siglo (entre 2003 y 2015 y luego entre 2019 y 2023) han llevado esa batalla demasiado lejos. Si bien el peronismo no es precisamente socialismo, a lo largo de los años, sus políticas poco ortodoxas, reglas arbitrarias e incentivos perversos han prácticamente eliminado todo vestigio de una economía de mercado competitiva y funcional en Argentina.

El actual malestar de la economía argentina no es por mala suerte o castigo divino; es la consecuencia obvia y muy previsible de malas decisiones políticas combinadas con vulnerabilidades históricas. Incluso se podría decir que el país todavía está pagando el precio de las ideas desacertadas del expresidente Néstor Kirchner, incluida la manipulación de las estadísticas oficiales para ocultar las presiones inflacionarias a partir de 2007 o los límites a los precios de la energía.

Estos ejemplos de economía vudú (incluidos controles de capitales, múltiples tipos de cambio, restricciones comerciales arbitrarias, subsidios multimillonarios financiados mediante la impresión de dinero) alguna vez fueron considerados medidas temporales de emergencia para evitar opciones políticamente más costosas, pero terminaron siendo las políticas centrales del peronismo. Con tres defaults de bonos internacionales, queda claro por qué el partido ha perdido toda credibilidad ante los inversores internacionales y locales.

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La próxima generación de líderes peronistas podría seguir los ejemplos del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y al de México, Andrés Manuel López Obrador, y entender que se puede liderar un movimiento nacionalista de izquierda sin tener que pelear con los mercados (no me refiero aquí a unos pocos operadores de Wall Street sino el universo de empresas y familias que a diario deben eludir regulaciones bizantinas).

Tanto Lula como AMLO tienen alas más radicales dentro de sus partidos, es cierto, pero no logran condicionar los lineamientos económicos principales del Gobierno. Si el peronismo quiere aspirar a ser un vehículo de prosperidad, necesita reparar sus relaciones con las reglas modernas del mercado (desde un marco fiscal sólido hasta una política monetaria independiente) porque no hay otra manera para que Argentina logre un crecimiento a largo plazo.

Aceptar que Argentina es parte de una economía global: Históricamente, el peronismo ha estado estrechamente vinculado a los sectores productivos de Argentina, que a su vez proporcionaron parte de su respaldo político. Pero el proceso de industrialización mediante sustitución de importaciones fracasó hace mucho tiempo. Es cierto que la política industrial ha vuelto a estar de moda en todo el mundo, pero mantener la economía como una de las más cerradas del mundo no tiene ningún sentido.

No habrá una economía argentina fuerte sin empresas sólidas que puedan competir en el mercado global. Está claro que el país, que ya es una potencia alimentaria, necesita exportar mucho más para sostener sus necesidades de dólares. También puede beneficiarse de la actual reubicación de las cadenas de suministro globales. Sin embargo, la Administración de Alberto Fernández, que terminó en diciembre, hizo todo lo posible para mantener cerrada la economía, estancando el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. Incluso se opuso a algunos más pequeños pero simbólicos, como un acuerdo fallido con el Gobierno mexicano para eliminar los aranceles al vino argentino. Según un negociador, un acuerdo inicial para que México eliminara hasta un 16% de los aranceles impuestos al vino argentino fracasó porque las autoridades de Buenos Aires no querían que pareciera que estaban haciendo concesiones de libre comercio incluso cuando el acuerdo los favorecía en términos generales.

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Argentina tiene buenos ejemplos de unicornios tecnológicos que crecieron más allá de sus fronteras. Y, por supuesto, los argentinos son muy competitivos en varios campos, incluido el deporte. A estas startups se les deberían dar las herramientas para ir por los mercados extranjeros en lugar de quedar relegadas a un segundo plano por los esfuerzos del Gobierno para sostener industrias no competitivas a expensas de la población en general.

Defender la movilidad social ascendente: El amplio concepto de “justicia social” ha sido la esencia del peronismo desde su fundación. Pero con el descenso de los niveles de vida, el aumento de la pobreza y la escasez de recursos, la idea de que el partido defendía la movilidad social ascendente se ha vuelto más difícil de sostener. El peronismo se encerró en un marco de políticas asistencialistas que no son suficientes para contener el malestar que produjeron sus propios desequilibrios macroeconómicos.

La paradoja del peronismo es que se considera una fuerza progresista pero pasó años defendiendo un status quo regresivo: el Estado siguió gastando más (en subsidios energéticos que benefician a las clases altas, por ejemplo), incluso cuando crecía la insatisfacción con la prestación de estos servicios.

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No es sorpresa que Milei obtuviera un apoyo extraordinario entre los votantes jóvenes (algunas encuestas mostraron un respaldo cercano al 70% en el segmento de 16 a 24 años). Estos jóvenes crecieron bajo Gobiernos peronistas que no mejoraron su vidas. Recuperar ese electorado será clave si el movimiento quiere algún tipo de futuro político. Pero eso no se puede lograr con las mismas políticas sociales fallidas. El peronismo necesita dejar de lado los eslóganes sin sentido y presentar una agenda seria de políticas públicas reformistas.

Un acceso más fácil a empleos buenos, una expansión de los programas de crédito e hipotecas y mejores servicios públicos podrían reactivar la movilidad ascendente que caracterizó a Argentina a mediados del siglo XX.

¿Seguir estas recomendaciones haría que el peronismo perdiera su esencia y se convirtiera en una opción política de derecha? No, desde mi punto de vista. De hecho, aceptar estas premisas permitiría poner a un lado las cuestiones macroeconómicas (es decir, políticas fiscales, monetarias y cambiarias), pero quedará mucho espacio para luchas políticas sobre temas importantes para el peronismo, desde los impuestos hasta la desigualdad o los derechos laborales. Es más, en comparación con algunas de las propuestas radicales de Milei (como la dolarización), estas ideas podrían volverse más aceptables para los votantes y ayudarlos a recuperar su confianza en que el peronismo finalmente puede ofrecer una alternativa económica viable.

Por supuesto, el peronismo primero debe aceptar que necesita cambiar y renovar su liderazgo. El partido ha ocupado la presidencia de Argentina durante 28 de los 40 años transcurridos desde el regreso de la democracia, y ha tenido el control o la mayoría en el Congreso durante la mayor parte de ese tiempo. Independientemente de sus preferencias políticas, los resultados son objetivamente negativos (Fernández se fue con una inflación del 211%, una pobreza superior al 40%, la economía en contracción, sin acceso al crédito internacional, un éxodo empresarial, etc.).

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¿El partido lo aceptaría? Varios líderes peronistas estarían de acuerdo con las premisas que he expuesto. De hecho, algunos rompieron con la corriente principal del partido hace años. Pero los estrategas del partido bien podrían verse tentados a permanecer al margen durante los próximos meses y ver si el experimento de Milei colapsa. Primero, porque el estilo del peronismo no ha sido los mea culpa públicos. En segundo lugar, porque Cristina Fernández de Kirchner —que ha sido presidenta dos veces, vicepresidenta y facilitadora de la mayoría de estas políticas radicales— todavía ocupa un lugar preponderante. Y en tercer lugar, porque las propuestas disruptivas de Milei pueden ser una invitación a la confrontación, como lo demuestra el hecho de que los sindicatos vinculados al peronismo convocaran a un paro nacional apenas 49 días después del inicio de su gestión (cuando evitaron acciones similares contra el Gobierno anterior).

Pero posponer una reestructuración solo correría el riesgo de acelerar el declive del partido, reduciéndolo a una minoría de votantes atraídos simplemente por razones identitarias o nacionalistas. Hubo un tiempo en que la gente decía que solo el peronismo podía gobernar Argentina. Eso ya no es cierto.

Una de las lecciones de la elección de Milei es que los argentinos buscan a alguien que pueda solucionar sus problemas económicos crónicos. Después de intentarlo sin éxito con la política tradicional del país, incluido el también fallido Gobierno de centroderecha entre 2015 y 2019, eligieron la opción poco ortodoxa de un libertario fanático y malhablado sin experiencia en cargos públicos.

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En la segunda vuelta de noviembre, el peronismo enfrentó a Milei con un frente unificado, controlando las maquinarias del Estado y del partido y gastando varios puntos del PIB para tratar de revertir los resultados. A pesar de todo eso, el candidato del partido perdió (¡por casi 12 puntos porcentuales!) frente a un novato en política que hizo campaña a través de TikTok y apariciones en programas de entrevistas.

Si después de eso no cala el mensaje de la necesidad de cambiar, tal vez se debería considerar dedicarse a otra cosa.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios