Bloomberg Línea — La disparada de los precios del petróleo por el conflicto en Irán y las disrupciones en el estrecho de Ormuz abre una ventana fiscal para América Latina en medio de la creciente deuda, pero también reaviva riesgos de inflación importada, depreciación cambiaria y mayor costo financiero.
Una interrupción prolongada del estrecho de Ormuz por el conflicto en Medio Oriente tras el ataque de EE.UU. e Israel contra Irán amenaza con seguir presionando los precios del petróleo.
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Además, trae de vuelta los temores de una crisis energética como la de los años 70, generada por una oferta estrecha del crudo por la guerra árabe-israelí de 1973 y la Revolución Iraní de 1979.
De otra parte, mejores precios del petróleo impulsaron la economía de Latinoamérica en la primera década de los 2000 y sirvieron de batería para las reformas sociales adoptadas por los Gobiernos de izquierda.
Sin embargo, en un contexto inflacionario como el actual y de mayores presiones fiscales en varias economías de Latinoamérica, el escenario de un petróleo más fuerte tiene nuevos matices.
En la actualidad, “la región consume menos energía por unidad de producto que hace décadas, la mayoría de los bancos centrales opera con metas de inflación y tipos de cambio más flexibles, y los gobiernos tienen más experiencia en administrar episodios de volatilidad externa”, dijo a Bloomberg Línea Emanoelle Santos, analista de mercados de la plataforma de inversiones XTB Latam.
Consideró que, si bien un nuevo ciclo alcista del crudo podría ser una oportunidad, difícilmente se repetiría lo ocurrido en la primera década de los 2000, cuando el impulso chino, el crédito global barato y el superciclo de materias primas coincidieron durante años.
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La región puede aprovechar esta oportunidad “si la usa para recomponer los buffers fiscales y externos, reducir la vulnerabilidad de la deuda y acelerar la inversión en energía, redes y minerales críticos", según Santos. “De lo contrario, el resultado puede ser un alivio temporal seguido de mayor dependencia y mayor volatilidad”.
En las economías importadoras netas de energía, un aumento sostenido del precio del petróleo tiende a deteriorar la balanza comercial y la cuenta corriente, expuso Santos. “Ese deterioro puede moderarse si el país exporta otras materias primas que suben al mismo tiempo, como cobre en Chile o minerales en Perú”.
El mayor precio multiplica el volumen neto importado y, además, encarece los fletes y los seguros, con un traspaso gradual a combustibles y transporte.
Apuestas alcistas
Los mercados apuestan porque el alza de los precios del petróleo pueda extenderse hacia los US$90 en las próximas semanas, un nivel coherente con episodios de tensión acotados como los de 2024 y 2025, según un informe del grupo británico-estadounidense de gestión global Janus Henderson.
Solo un escenario de conflicto mayor como la invasión rusa en Ucrania de 2022, que llevó el crudo sobre los US$100, implicaría un choque más severo y prolongado para la economía global.
Irán produce alrededor del 3-4% del suministro mundial de petróleo, en tanto que el estrecho de Ormuz es un eje clave para el transporte de crudo en Medio Oriente, por el que pasa aproximadamente el 20% del suministro mundial.
¿Recuerdos del 73?
A diferencia de la década de los 70, la transmisión macro es menos automática ahora “porque la economía global es bastante menos intensiva en petróleo”, dijo a Bloomberg Línea el economista del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), Jonathan Fortun.
De acuerdo con cifras del IIF, en esa década el consumo global equivalía a cerca de un barril anual por cada US$1.000 de PIB real, mientras que actualmente esa relación ronda los 0,4 barriles por cada US$1.000 de PIB.
En palabras de Fortun, esto no elimina el impacto de un alza del crudo, pero sí implica que la sensibilidad de la inflación y de la actividad a un shock petrolero es menor hoy que hace cinco décadas.
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El petróleo sigue siendo un insumo estratégico, pero el peso directo de la energía en la generación de producto es menor, lo que reduce la magnitud del efecto macroeconómico ante un mismo movimiento del precio internacional.
Asimismo, el punto de partida macro de los emergentes, y en particular de América Latina, es distinto al de los 70.
En la actualidad, la región tiene regímenes cambiarios más flexibles, bancos centrales con mayor credibilidad y marcos de política monetaria más claros.
“También hay una gestión de deuda más sofisticada, con mayor proporción en moneda local y plazos más largos que hace cinco décadas”, dijo Fortun. “En el frente energético, la matriz es más diversificada y varios países cuentan con producción propia relevante, lo que amortigua parcialmente el impacto externo frente a lo que ocurría en los setenta”.
Además, la transición hacia la eficiencia y la electrificación “pone un techo más creíble” a la duración de los precios muy altos, por lo que la ventana de oportunidad es más corta y exige una ejecución más rápida, apuntó Emanoelle Santos.
Mayor aversión al riesgo
Según Janus Henderson, un entorno más incierto tiende a deteriorar el apetito por riesgo y presionar a la baja a los activos globales.
En consecuencia, aumenta el atractivo de los bonos soberanos de economías desarrolladas —como los del Tesoro de EE.UU.— y de las divisas refugio.
Si la tensión se extiende, considera que un petróleo más caro podría reavivar temores inflacionarios a escala global y disminuir la probabilidad de que la Reserva Federal recorte las tasas hacia finales de año, como hoy anticipa el mercado.
“Estamos asistiendo a una incertidumbre elevada, que podría alcanzar su punto álgido”, escribió en una nota Adam Hetts, director global de activos múltiples de Janus Henderson.
Doble choque: precios y condiciones financieras
Jonathan Fortun señala que el alza del petróleo se transmite por dos vías.
De un lado, encarece combustibles y costos, golpeando la inflación e ingreso real en importadores. Y al mismo tiempo, endurece las condiciones financieras al fortalecer el dólar y elevar primas de riesgo. Para América Latina, el riesgo combina ambos efectos, en su opinión.
“Cuando el mercado entra en modo risk off, el primer movimiento no es términos de intercambio, es dólar, spreads y monedas, y eso pega especialmente en importadores netos y en países con mayores necesidades de financiamiento externo”, dijo Fortun.
Con el Brent en torno a US$80, el impacto estimado sería menor crecimiento global (−0,6% anualizado) y más inflación (+1 punto), un escenario manejable pero que complica los recortes de tasas y presiona a los países con mayor dependencia de financiamiento externo, indican las proyecciones del IIF.
Capitalizar el alza de precios
Para el IIF, si bien los países de Latinoamérica pueden capitalizar un alza del petróleo, tienen retos fiscales y de gobernanza que enfrentar.
Fortun cree que si el Brent se mantiene en torno a US$80 o más durante varios meses, el excedente debería destinarse a reducir necesidades de refinanciamiento, prepagar deuda externa costosa y reforzar reservas en moneda dura.
En su opinión, el error de los años 70 fue convertir un shock temporal en gasto permanente y subsidios políticamente intocables.
“Hoy el contexto también es distinto porque los mercados penalizan más rápido la prociclicidad fiscal”, de acuerdo con Fortun. “En un shock geopolítico, incluso exportadores pueden sufrir por el canal financiero si sube la aversión al riesgo, así que usar el windfall para reducir vulnerabilidad, en vez de expandir compromisos, es la diferencia entre capitalizar y repetir el ciclo”.
El superciclo de comienzos de siglo estuvo impulsado por un fuerte crecimiento de la demanda global, mejora sostenida de los términos de intercambio y abundante liquidez internacional.
“No fue solo un alza de precios, sino un entorno externo ampliamente favorable”, comentó el economista del IIF.
Según Fortun, “un alza de petróleo por conflicto se parece más a un impuesto global, porque empuja inflación y tiende a endurecer condiciones financieras. Ese mix suele ser menos amable para emergentes que un boom de demanda”.
Aun así, considera que para algunos países sí puede haber una ventana: más dólares, mejor recaudación y mejor perfil externo. El punto clave es qué tan persistente es el episodio.
En un escenario de prima de riesgo con Brent en torno a US$80 por varios meses, el shock sería manejable, pero eleva inflación global en el margen y puede forzar a bancos centrales a ser más cautos, lo cual limita el “viento de cola” financiero típico de los booms.
“Y si el escenario se va a disrupción de oferta, con niveles en torno a US$100 o más, ya no estás hablando de oportunidad regional, estás hablando de estrés global con ganadores muy acotados y muchos perdedores”, comentó Fortun.
Para Emanoelle Santos, los exportadores de la región pueden capturar el alza si tratan el ingreso extra como transitorio y lo separan del gasto permanente, usando reglas fiscales, fondos de estabilización y una estrategia explícita de reducción de la vulnerabilidad financiera.
“La ganancia de bienestar más clara suele venir de bajar el riesgo país y el costo de deuda, por ejemplo, amortizando vencimientos cortos, recomprando deuda cara en moneda extranjera, aumentando reservas y alargando plazos, y algunos países pueden además usar coberturas”, remató Santos.
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