Fenómeno de El Niño: mapa de cultivos y países de América Latina que tendrían mayores riesgos en 2026

América Latina enfrentaría impactos desiguales por El Niño en 2026: menor crecimiento, presión fiscal y alza inflacionaria por alimentos y energía, con efectos en agricultura, logística e infraestructura.

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Bloomberg Línea — América Latina enfrentaría impactos desiguales si se materializara un fenómeno de El Niño fuerte en la segunda mitad de 2026, con riesgos inflacionarios y de menor crecimiento económico debido al impacto en los cultivos y en el sector energético.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica dice que existe un 61% de posibilidad de que el fenómeno de El Niño se presente en el trimestre mayo-julio, encima de la previsión anterior que era del 50%.

La Organización Meteorológica Mundial (WMO, por sus siglas en inglés) indicó a Bloomberg Línea que, con la información disponible hasta ahora por parte de los centros mundiales de predicción climática, aún no se puede confirmar que el actual escenario vaya a evolucionar hacia un evento fuerte de El Niño.

Sin embargo, la comunidad científica ha advertido sobre la importancia de tomar medidas para evitar impactos en caso de que se presente un evento fuerte ante “un riesgo creciente”.

“En otras palabras, debemos seguir monitoreando muy de cerca la evolución de las condiciones oceánicas y atmosféricas, pero aún es demasiado pronto para afirmar que se desarrollará un Niño fuerte”, dijo a este medio Bárbara Tapia Cortés, meteoróloga y coordinadora Técnica de Servicios en WMO. “Lo responsable, por ahora, es hablar de un riesgo creciente, no de una certeza”.

La clasificación utilizada de forma estándar distingue entre eventos débiles, moderados y fuertes, según la magnitud de las anomalías de temperatura en la región Niño 3,4 del Pacífico ecuatorial central.

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“Lo que sí muestran los pronósticos oficiales es una probabilidad creciente de que un evento de El Niño se desarrolle durante la segunda mitad de 2026, pero todavía no existe evidencia suficiente para asegurar un episodio extremo”, dijo Tapia Cortés. “Si El Niño se consolida, sus impactos en América Latina no serían uniformes. Históricamente, y también en los episodios recientes, los patrones más probables varían según la región”.

En caso de que se materialice el fenómeno de El Niño para este año, y tenga una intensidad similar a la de 2016, los principales efectos previstos para Latinoamérica son una caída en el crecimiento económico.

En los países de la región andina podría reducirse entre 0,6 y 1,7 puntos porcentuales del PIB, como se estimó en estudios previos”, según la analista Brigitte Castañeda, investigadora en temas energéticos y de riesgos climáticos y profesora del Departamento de Ingeniería Industrial en la Universidad de los Andes, en Colombia.

Dependiendo de la intensidad de El Niño también anticipa impactos fiscales, ante la necesidad de destinar recursos para responder a los desastres que puedan ocurrir y sus efectos en los años siguientes, en un contexto de menor recaudo tributario por la afectación de la economía local.

A estos efectos se suma un posible aumento de la inflación, impulsado principalmente por los precios de los alimentos, debido al impacto en sectores importantes como la agricultura, la ganadería, la pesca, la energía y también en la infraestructura.

Dante Romano, profesor e investigador del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral en Argentina, dice que el impacto del fenómeno de El Niño en Latinoamérica se generaría por varios canales.

Se refiere a un mayor costo de energía en la región por menor generación hidroeléctrica (más barata) y mayor uso de térmica, mayores costos logísticos asociados a posibles dificultades de tránsito por el Canal de Panamá y una menor producción de alimentos.

Según la Organización Meteorológica Mundial, en la costa del Pacífico de Ecuador y Perú el fenómeno de El Niño suele aumentar el riesgo de lluvias intensas, inundaciones y deslizamientos.

“El problema de este efecto es que en donde llueve las precipitaciones suelen ser excesivas, generando daños a la infraestructura, con un impacto negativo para la agricultura y la pesca”, manifestó el analista Dante Romano.

En el Corredor Seco de Centroamérica y partes del norte de Sudamérica, El Niño se asocia con mayor frecuencia a déficit de lluvia, sequía agrícola, estrés hídrico y olas de calor.

En la Amazonía, el norte de Brasil y el Pantanal, uno de los mayores riesgos es la combinación de menos lluvia, temperaturas elevadas, incendios y bajos niveles de los ríos, una situación que ya se ha observado con fuerza en los últimos años.

En contraste, en zonas del sur de Brasil, Uruguay, Paraguay y el noreste de Argentina, El Niño suele favorecer lluvias por encima de lo normal, con mayor probabilidad de crecidas e inundaciones.

“Brasil aparece como uno de los países más sensibles, por su extensión y peso agrícola, con mayor riesgo de sequía, calor e irregularidad de lluvias en el norte y parte del nordeste, mientras el sur estaría más expuesto a precipitaciones por encima de lo normal, inundaciones, exceso de humedad y problemas logísticos”, dice Yedda Monteiro, analista de inteligencia y estrategia de la firma de consultoría agrícola Biond Agro.

“En el sudeste y centro-oeste se observaría mayor calor y retrasos en la siembra por irregularidad de lluvias”, dijo Monteiro desde Brasil.

Impactos en la agricultura

De acuerdo con información de la Organización Meteorológica Mundial, uno de los principales efectos de El Niño sobre la agricultura es la alteración de los calendarios agrícolas.

El Niño puede modificar el inicio de siembras, reducir la humedad del suelo en algunas zonas, provocar anegamiento en otras (saturación con agua) y aumentar el estrés térmico sobre cultivos y el ganado.

Se estima que el sector agrícola de Latinoamérica absorbe aproximadamente el 26% de los daños por desastres climáticos y hasta el 82% en casos de sequías.

Los cultivos más expuestos suelen ser el maíz y el frijol en Centroamérica, especialmente en agricultura familiar del Corredor Seco, así como la soja en varias zonas de Sudamérica, particularmente cuando coinciden períodos de sequía o lluvias excesivas en etapas críticas del ciclo productivo.

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También pueden verse afectados el arroz, el café, el cacao, la caña de azúcar, las pasturas y la ganadería, dependiendo de la subregión y el tipo de amenaza predominante.

Para Bárbara Tapia Cortés, “lo más delicado es que el impacto no se limita al rendimiento agrícola".

También puede traducirse en mayores costos de producción, menor disponibilidad de agua para riego, afectación de infraestructura rural, incremento de plagas y enfermedades, y una mayor presión sobre la seguridad alimentaria y los ingresos de las familias rurales.

Desde Biond Agro indican que, en términos agrícolas, los impactos se transmitirían por menor productividad por estrés hídrico y exceso de lluvia o calor anómalo.

Asimismo, deterioro de la calidad de los cultivos por humedad en etapas clave como el llenado o la cosecha y disrupciones operativas por retrasos en campo, mayores costos y problemas logísticos.

Presiones energéticas

El secretario ejecutivo de la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (Olacde), Andrés Rebolledo, explica a Bloomberg Línea que el fenómeno de El Niño constituye un factor de “alta sensibilidad” para los sistemas eléctricos de América Latina y el Caribe, especialmente en aquellos países con una fuerte dependencia de la generación hidroeléctrica.

“La experiencia muestra que sus impactos son heterogéneos entre subregiones, pudiendo generar tanto déficits como excesos de precipitación, por lo que no es posible anticipar una afectación uniforme sobre la generación hidroeléctrica”, dijo Rebolledo.

No obstante, aclara que incluso en escenarios moderados, pueden surgir presiones significativas sobre la seguridad del suministro y los costos de generación, al aumentar la participación de fuentes térmicas, “generalmente más costosas y expuestas a la dinámica de los mercados energéticos”.

Según Bárbara Tapia Cortés, de la Organización Meteorológica Mundial, las implicancias pueden ser “muy significativas” en materia energética. “Cuando un evento de El Niño reduce las lluvias y los caudales en cuencas estratégicas, pueden producirse varios efectos en cadena: menor generación hidroeléctrica, presión sobre los embalses, mayor uso de generación térmica de respaldo, aumentos de costos, más emisiones y una mayor vulnerabilidad del sistema energético”, dijo.

Esto es especialmente relevante en países donde una parte de la electricidad depende del almacenamiento de agua y de condiciones hidrológicas favorables.

En Latinoamérica, aproximadamente el 50% de la energía proviene de hidroeléctricas, lo que hace que sea una región muy vulnerable ante el fenómeno del El Niño.

La profesora Brigitte Castañeda indica que los países que más dependen de la generación hidráulica son Paraguay, con un 99,8% del total; Costa Rica, con un 73,1%; Colombia, con 70,8%, seguidos de Brasil y Panamá. “Así que cuando ocurren sequías, los embalses se reducen drásticamente”.

En respuesta, explica que los países deben encender sus plantas térmicas, que generalmente usan gas o carbón, lo que aumenta, a su vez, la huella de carbono y, con el tiempo, puede reflejarse en mayores precios de la energía.

Además, como hay sequías y altas temperaturas, muchos hogares van a requerir un mayor consumo de electricidad para refrigeración y aire acondicionado, lo que, a su vez, hace que se necesite más energía.

Eficiencia energética

En este contexto, la seguridad energética pasa a depender mucho más de la diversificación de la matriz, la gestión preventiva de embalses, el fortalecimiento de interconexiones regionales, el mantenimiento de reservas y una mejor coordinación entre servicios meteorológicos, operadores eléctricos y autoridades responsables de la gestión del agua.

Olacde dice que El Niño debe entenderse como un factor de riesgo climático que refuerza la necesidad de avanzar hacia sistemas eléctricos más resilientes, a través de una mayor diversificación de la matriz energética, una incorporación más acelerada de fuentes renovables y soluciones de almacenamiento, y, fundamentalmente, una mayor integración regional.

“En el sector energético la clave está en la eficiencia y la diversificación. Se debe promover una gestión integral de los recursos hídricos, generando incentivos para que los hogares reduzcan su consumo de energía y agua”, según Brigitte Castañeda.

Asimismo, dijo que se deben establecer marcos regulatorios que faciliten la autogeneración eléctrica en hogares y empresas mediante fuentes de energía renovable, lo cual reduce la presión sobre el sistema central.

Mitigación de riesgos

Yedda Monteiro, de Biond Agro, dijo que la importancia de anticipar estos eventos radica en que muchas decisiones críticas ya se han tomado cuando los impactos se vuelven evidentes.

Experiencias previas muestran que las pérdidas no provienen solo del clima, sino de la combinación entre eventos extremos, baja preparación y respuestas tardías.

En ese sentido, comentó que los gobiernos deberían comenzar de “inmediato” revisando los escenarios climáticos, hídricos y energéticos, reforzando el monitoreo, la planificación de contingencias y los protocolos de respuesta.

También ve fundamental preparar la infraestructura logística, ampliar el acceso al seguro agrícola, facilitar el crédito para la adaptación y fortalecer los sistemas de defensa civil y de gestión de recursos hídricos.

En visión de Monteiro, en años de mayor incertidumbre climática, la planificación técnica y la disciplina en la ejecución suelen ser tan importantes como la productividad.

“Aunque todavía no haya certeza sobre un evento extremo, este es el momento adecuado para prepararse”, dijo la meteoróloga y coordinadora Técnica de Servicios en WMO.

Desde el sector público, dijo que algunas medidas prioritarias serían actualizar escenarios sectoriales de riesgo; reforzar vigilancia climática y pronósticos estacionales; preparar planes de contingencia para sequías, inundaciones e incendios.

Asimismo, desde la WMO piden revisar la operación de embalses y la seguridad de abastecimiento de agua; proteger la producción agropecuaria con asistencia técnica, semillas adaptadas, riego eficiente y seguros.

Y activar mecanismos de coordinación entre las oficinas de meteorología, protección civil, agricultura, energía, salud y comunicaciones.

Desde los sectores productivos, dice que conviene revisar calendarios de siembra, evaluar las disponibilidad de agua, diversificar cultivos o variedades, fortalecer sistemas de drenaje en zonas expuestas a lluvias intensas, prever alimento y agua para la ganadería y revisar la continuidad operativa en cadenas logísticas y energéticas.

“Todas estas medidas responden al enfoque de acción anticipatoria y se alinean directamente con los sistemas de alerta temprana multirriesgo, cuyo objetivo es transformar la información climática en decisiones concretas antes que ocurran los impactos”, según Bárbara Tapia Cortés.

“Los episodios recientes en América Latina han mostraron que sus impactos pueden sentirse de manera simultánea en múltiples sectores: agua, alimentos, energía, salud, incendios, transporte, pesca y medios de vida. Por eso, anticiparse es fundamental“, añadió.

A propósito, se refirió a los sistemas de alerta temprana multirriesgo y a la iniciativa de Naciones Unidas Alertas Tempranas para Todos (EW4All), que plantea un enfoque basado en cuatro pilares: conocimiento del riesgo, monitoreo y pronóstico, comunicación de alertas y capacidad de respuesta. “Anticiparse salva vidas, protege medios de vida y reduce costos. No basta con saber que podría desarrollarse un evento de El Niño; lo decisivo es transformar ese conocimiento en acción temprana”, indicó.

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